domingo, 20 de enero de 2019

Nuestro Litoral, Cuna del Gaucherío Primitivo



El 15 de noviembre de 1573 Juan de Garay fundó Santa Fe (la vieja), sobre la barranca occidental del río de los Quiloazas, hoy en día río San Javier (en Cayastá). Apenas funda la ciudad, divide sus terrenos, dando los mejores y más grandes a los españoles peninsulares (los nacidos en España), y reparte los cargos políticos, como los puestos de alcalde y alguacil mayor, entre los españoles, dejando fuera de estos a los criollos, conocidos también como mancebos de la tierra, mestizos hijos de madres guaraníes y de padres españoles nacidos en Asunción, lo que produce cada vez más resentimiento a estos hijos de la tierra americana. El Cabildo estaba formado mayoritariamente por españoles, llamados también “buenos vecinos” ya que habían ayudado a equipar a los mancebos con armas y caballos para la larga travesía con arreos desde Asunción.

Cuando Juan de Garay parte a fundar Buenos Aires en 1580, deja al mando como Teniente de Gobernador, al flamenco Simón Xaque, un hombre que se decía que no conocía los territorios que gobernaba. Esto sumó mucho descontento entre los mancebos, a lo que se sumó el reclamo de Gonzalo de Abreu, gobernador de Tucumán, que afirmaba que Santa Fe era parte de su gobernación, y ofrecería su apoyo a la causa de los criollos de Santa Fe.

Sin embargo, la mayor parte de los hombres que llegaron con Garay en 1573 eran “mancebos”, jóvenes criollos y mestizos, que legalmente no podían manejar armas de fuego, aunque luego el mismo Garay compró 53 arcabuces para armar a los que no tenían uno y estaban desprovistos de derechos políticos. A causa de las necesidades sociales, el trabajo de cría del ganado en las chacras vecinas y la defensa de la ciudad contra los indígenas, pronto obtuvieron algunos derechos, pero sin recibir ningún avance en lo político y en lo social.

Según consigna el Dr. Bernardo Alemán en sus “Camperadas”, el origen de este personaje nacional se remonta a las primeras vaquerías realizadas en los campos costeros de la provincia de Santa Fe, años después del descontento por aquellos acontecimientos que costaron la vida a los 7 jefes del motín, como escarmiento para los mestizos.

En una carta de Hernandarias de 1617, siendo gobernador de Santa Fe, consta lo siguiente: “He puesto en orden a las vaquerías de las que vivía mucha gente perdida que tenía librado su sustento en el campo...atenderán por el hambre y la necesidad a hacer chácaras y servir poniéndose a oficio a que he forzado y obligado a muchos mozos perdidos poniéndolos de mi mano a ello...”

Según Emilio Coni -continúa Alemán-, dichos “mozos perdidos”, serían los antecesores de los primeros gauchos. Y la citada carta es "la primera referencia documentada de este tipo americano y especialmente argentino", sobre el que tanto se ha escrito.

Por las expresiones del gobernador de Santa Fe se nota que no gozaban del aprecio de las autoridades, ni de los habitantes de la primitiva ciudad capital, pero se los necesitaba pues eran imprescindibles en las tareas de las vaquerías. Nadie como ellos para hacer correr de a caballo en el campo tras el ganado durante días sin cansarse, durmiendo al raso, comiendo sólo carne, y tomando sólo mate amargo.

Según estas referencias documentales y otras por el estilo, al parecer, las vaquerías habrían sido la primera escuela gaucha, en donde se forjó este prototipo de caballero andante que recorrió durante siglos nuestras llanuras, montes y sierras, al trote y al galope de su inseparable caballo criollo.

Demás está decir que, seguramente, Hernandarias fracasó en su intento de poner en oficio a estos mozos perdidos.

Vacunos alzados

La vaquería consistía en la tarea de dar caza a los animales vacunos alzados y vueltos al estado salvaje. Sin querer pecar de presuntuosos ni pretender el monopolio del origen del gaucho para Santa Fe, he aquí que las primeras vaquerías ocurrieron precisamente en esta provincia.
Un acta del Cabildo santafesino dice que el valle Calchaquí se encontraba poblado de estancias y ganados a principios del Siglo XVII, y a raíz de una peste ocurrida en 1604, dichas estancias se vieron abandonadas por sus cuidadores y el ganado se alzó esparciéndose por todo el valle.

Sería este, pues, "el primer ganado alzado en el Río de la Plata", no hay otra referencia documental anterior. Por consiguiente las primeras vaquerías tienen que haber ocurrido en dicho valle, región que se extendía al norte y al oeste de la primitiva ciudad, entre los ríos Salado al oeste y el Paraná al este, formaba así un gran triángulo con vértice en las juntas de ambos ríos y base que se perdía al norte en los confines del Gran Chaco, territorio de abipones.

Además de las vaquerías, los santafesinos se ejercitaron en la escuela gaucha de las boleadas de baguales o yeguarizos alzados de las mismas estancias abandonadas.

Para estas boleadas, se convocaba a un número determinado de jinetes y se salía en busca de las manadas salvajes, sabiendo de antemano dónde tenían sus pastaderos. Una vez encontrados, se tendía un cerco alrededor de las mismas, el que se iba estrechando hasta estar a tiro de bolas, y cada jinete podía seleccionar el de su gusto, según pelaje y estampa.

Sin querer pecar de presuntuosos ni pretender el monopolio del origen del gaucho, he aquí que las primeras vaquerías ocurrieron en esta provincia.

Las vaquerías

Es muy posible que la peste mencionada se tratara de carbunclo o grano malo, que ataca primero al ganado, ya sea yeguarizo o lanar, para transmitirse luego con mucha facilidad al hombre. Al no existir en aquél entonces cómo contrarrestar esa terrible enfermedad, se optaba por abandonar al campo refugiándose en los poblados y ciudades.

El ganado que se alzó en las estancias santafesinas del Valle, dio origen a las primeras vaquerías del Río de la Plata. Según el destino que tuvieran las reses que se agarraban, las vaquerías podían ser de “recoger y aquerenciar” o de “cuerear y sebear”. Las primeras consistían en reunir ganado alzado para traerlo nuevamente a las estancias y rondarlo durante varios días hasta que se aquerenciara, y una vez logrado este objetivo se procedía a marcarlo. En el segundo caso, el objetivo era extraerles el cuero y el sebo para su posterior comercialización.

sábado, 12 de enero de 2019

Retrato de un Héroe Criollo: Ángel Vicente Peñaloza



“Pocos habrá, quizá,  que conozcan una existencia extraordinaria, como la de este caudillo valiente, generoso y caballeresco, que ha sido actor en las escenas más notables  del drama de nuestras luchas civiles (…)
         Peñaloza, puede decirse muy bien, que ha sido durante su azarosa vida, una propiedad de la Patria y sus amigos. Era una de aquellas almas inspiradas sólo en el bien de los demás, uno de aquellos corazones que no conocen jamás el odio, el rencor, la venganza ni el miedo.”       (José Hernández)

         La provincia de La Rioja tiene dos hijos de inconfundible personalidad, de contextura moral extraordinaria, de abnegada actuación, con trascendencia nacional, de genuina representación de la idiosincrasia y características del ambiente, a quienes no falta, para la grandeza de su consagración póstuma, ni siquiera el sello de la tragedia: nos referimos al brigadier general don Juan Facundo Quiroga y al general don Ángel Vicente Peñaloza.

Cuenta Valdés, en sus “Tradiciones riojanas”, que Peñaloza, más conocido por el apodo de El Chacho, con que ha pasado a la historia, era un joven sin ninguna instrucción, pero simpático y bonachón. Su natural buena inclinación y los consejos -y más que éstos, los altos ejemplos de virtud que le dio su tío, el cura Peñaloza- formaron en él una conciencia recta y honrada. Los acontecimientos de la época lo sacaron de la vida tranquila que llevaba en aquel oscuro y casi desconocido rincón de su nacimiento -Guaja, pequeña población de los Llanos, donde viera la luz en 1798- y lo arrojaron a la carrera de las armas, con gran pesar de su tío, que quería para él la del sacerdocio.

Valiente sin petulancia, generoso hasta la prodigalidad, pronto se vio rodeado de amigos agradecidos que lo querían y respetaban, como al Dios tutelar de sus lares. Prudente y ecuánime, intervenía como conciliador en las rencillas de sus vecinos, poniendo término a sus diferencias y conformando -muchas veces a su costa- a una de sus partes, con una compensación muy superior al valor de lo que se pretendía. Discreto y reservado, hablaba muy poco y sólo cuando era necesario. Y fue tal su ascendiente en aquellas comarcas de su primera figuración, que su opinión era ley que debía observarse y su consejo fallo que debía ejecutarse. Con profunda atención y admirable paciencia, escuchaba las razones que los contendientes le presentaban; y al cabo de un rato de meditación, con la vista fija en el suelo, donde había estado dibujando numerosas marcas o haciendo garabatos (sin importancia ni relación con la cuestión), levantaba los ojos, miraba tranquilamente a uno y a otro litigante y decía: “Se me hace que esto debe ser así...”

Y había tal lógica en aquellas pocas y sencillas palabras, tal fondo de verdad y justicia, que no era dable rectificarlas. Es que en esta manifestación de parecer que exponía El Chacho, en el idioma propio del paisano, no campeaba el formulismo del juez de paz y la verdad convencía a los litigantes.

Peñaloza fue uno de los hombres de Quiroga. Fue su ayudante. Y le acompañó en sus más bravas campañas. En La Tablada, arremetió a la artillería de Paz y salió entre el humo de la pólvora con un cañón enlazado. Con Quiroga labró su perfil heroico. De él tomo su táctica, la de las marchas asombrosas y los ataques sorpresivos. Pero nada de arrebatos ni furores. En esto, fue su antítesis.

Con la muerte de Quiroga, Peñaloza quedó con entera libertad de obrar a su antojo. Su calidad de segundo jefe lo puso al frente del ejército que aquel organizara; de modo que tenía a su disposición y bajo sus inmediatas órdenes toda la fuerza armada de la provincia. Por otra parte, no había autoridad superior a la suya, porque su antecesor dio a entender a las creadas por él, que nada debía hacerse sin llevar el sello de su suprema aprobación y este precedente regía. Bien pudo, pues, el Chacho, continuar este orden de cosas, pero sentía en su alma los ecos de una dolorosa experiencia que le advertía la necesidad de reaccionar y cedió a ellos, cambiando el rumbo de la política imperante.

De tal forma, el Chacho -llamémoslo así, con el nombre familiar y querido por el pueblo- representó, por su bondad ingénita, por su estoicismo, por su honradez y su lealtad, las virtudes tradicionales del medio riojano, sin que pueda imputársele, en toda su larga actuación, un solo acto que disminuya la jerarquía y pureza de sus sentimientos. Pasajes recogidos por sus propios adversarios y vivos en los documentos, en el recuerdo y en la emoción del pueblo -como el tratado de la Banderita- bastara consagrar su vida y ofrecerla cono ejemplo de generosidad y de humanidad. Sabemos que no quería nada para sí: todo era para su tropa y para sus amigos, ‘los muchachos’, que lo acompañaban y de los cuales consiguió el asombroso prodigio de reunir diez mil hombres que lo seguían, sin preguntarle jamás dónde los llevaba ni contra quién; y que al carecer de artillería, fabricaban cañones de cuero y madera, que servían con piedra en lugar de metralla...

Evocamos hoy al héroe llanista como colaborador y continuador de la obra federalista de Quiroga, llevando su abnegación y su sinceridad hasta el sacrificio de Olta, para poner término a la cruenta guerra civil.

Lo evocamos en su figura severa y mansa, con sus ojos azules, profundos y penetrantes, y la frente abierta bajo el remolino de los cabellos entrecanos, como agitados por soplos de tempestades y en parte aprisionados por la vincha de los galopes heroicos.

Lo seguimos en su carrera fantástica, cuando el viento fresco de la mañana crepitaba en el fleco de su poncho y el rocío del alba ponía brillazones de plata en el casco de su caballería gaucha; lo seguimos en su galopar legendario por los Llanos de la Rioja, desde Atiles, desde Malanzan, por todos los caminos del noroeste, hasta más allá de la cordillera andina, exiliado ‘en Chile y a pie’, donde asiló su tristeza.

Luchó a la par de Quiroga por el amparo constitucional del pueblo, y luchó contra Rosas cuando se tronchó la gran esperanza con el crimen de Barranca Yaco. Y luchó también -he aquí su culpa para algunos- contra los que derrocaron y sucedieron a Rosas, deslumbrados por las luces de Europa en olvido de la naturaleza nuestra, de nuestros ríos, nuestras selvas, llanuras y cordilleras: en olvido del alma criolla, ruda, grande, que formó en las filas delanteras de la epopeya nativa.

Ángel Vicente Peñaloza no fue un general afortunado, ni un expositor de ideas, ni de planes constitucionales, lo destacan con fruición sus panfletistas. ¿Por qué, pues, el hecho de su recuerdo cariñoso, devoto y agradecido? Peñaloza no escribió libros de historia ni memorias; no participó en el brillo de los congresos ni ocupo sillones ni bancas de preeminencias. ¿Cómo explicar, pues, su auténtica gloria póstuma? He aquí el secreto de las leyes históricas y psicológicas que confunde a quienes ignoran la armonía profunda de la tierra y de los hombres.

Es que estamos en presencia de la autenticidad del heroísmo, en el concepto heleno y emersiano. Ante un héroe plasmado con sangre y tierra riojanas, con aspiraciones, dolores e ideales y esperanzas de la patria, a la que sirvió y de la que fue levadura de sus instituciones básicas. De un abanderado, condensador y guía de instintos y de ideas; de fuerza y de voluntad; de un alto e indiscutible representante de las necesidades de su época, que expresaba, con reciedumbre, las fuerzas se la tierra en su más señalada expresión telúrica.

Desde el punto de vista social y humano, la figura del Chacho adquiere dimensiones extraordinarias por el sentido profundamente humano de su vida sincera y noble, leal y desinteresada. Pese a su analfabetismo, fue el Chacho eminentemente democrático. No acumuló riquezas ni se impuso por la violencia, aun con su propia tropa. Fue un hombre que rechazó todo acto de represión, de castigo, de humillación y de vasallaje. No mató prisioneros ni desahogó instintos, depredando o vengándose del enemigo en sus familiares y hogares, como era común en su época. Este adalid de los llaneros, moralmente digno, con mucho de patriarca y de férvido patriota, encarnó para sus contemporáneos, una causa profundamente arraigada en la conciencia de las multitudes. Durante cuarenta años, puso a su vocación de lucha al servicio de su idea-sentimiento y dio testimonio de ello en la inmolación de su propia vida.

Hay un hecho, entre otros, que lo singulariza y define. Fue en el caserío de la Banderita. Lo atestiguan documentos oficiales. Ante su palabra criolla, franca, categórica, que reclamaba la devolución de ‘sus muchachos’ -pues él- como dijimos, entregaba sanos y salvos, sin faltar uno, sus prisioneros de guerra, tartamudeó la voz del adversario, quien no supo dar razones, pues sin piedad los había fusilado a todos... El asombro y el dolor anublaron el alma grande y los ojos azules del Chacho y con estoicismo de buena ley, sólo dijo: “Está bien...lo comprendo, señores...”

Indudablemente, el juicio histórico sobre Peñaloza fue muy poco serio. Pero ya el tiempo, supremo decantador de valores, le dio un sitial de privilegio en el seno augusto de la historia. En 1963 cumplió cien años jubilares, el recordarse su martirio en Olta. Se le han hecho justicia. Se han rectificado las falsedades escritas en su contra. Por eso, su nombre, no sólo en los Llanos, sino en la Patria toda, es clarín que suena a gloria.

¡Chacho Peñaloza! Galope en la llanura, torrente en las montañas, consejo, providencia y lucha en los ámbitos de La Rioja y de la patria, esperanza alerta, muda tristeza en el destierro, centinela de la libertad y mártir de Olta... Bien estás en tu calidad de numen, presidiendo, en figura y espíritu, al pueblo riojano, hoy, mañana y siempre.

Artículo escrito por R. E. Pusineri para el diario La Capital, Rosario, 13 de marzo de 1983.




viernes, 28 de diciembre de 2018

El Gaucho



Sobre la base económica de la ganadería extensiva se gestó, desde los finales del siglo XVII en la Banda Oriental, en una amplia región de la Argentina y en Río Grande del Sur, una cultura peculiar del área, sustancialmente idéntica aunque en la misma se distinguieran modalidades locales. Esta cultura ganadera y ecuestre tradicional, generó un tipo humano y social similar, el gaucho de Uruguay y Argentina y el gaúcho de Río Grande del Sur.

La vida ecuestre, la alimentación carnívora, la ruda intemperie, los vientos tónicos del océano y de la pampa, le crían magro, duro y ágil. Unos sujetaban la cabellera con la vincha del indio, otros ponían sobre su suelta melena el sombrero panza de burro; todos usaban la bota de potro y el chiripá. El desierto y la soledad le hacen taciturno y silencioso (aunque según Atahualpa Yupanqui el experto puede distinguir el habla de gaucho de las llanuras del gaucho de las zonas montañosas "el primero habla como gritando para hacerse oír mejor en las distancias, el segundo habla con tono bajo para evitar avalanchas"). La libertad y la abundancia le hacen altivo, hospitalario y leal. Del conquistador recibe el caballo, el cuchillo y la guitarra; del indio el poncho, la vincha, el mate, y las boleadoras. Su lenguaje es mezcla de castellano arcaico, con elementos indígenas, a los que se agregan más tarde voces portuguesas y africanas.

Los gauchos son también grandes jinetes, excelentes en las prácticas ecuestres siendo en lo hípico sus deportes preferidos la jineteada gaucha y doma gaucha, el pato, las carreras cuadreras, la corrida de sortija, el juego de cañas, la cogoteada, la maroma, y la captura mediante boleadoras y lazo desde el caballo, también es frecuente el visteo (cuyo gerundio es vistiando) un simulacro de duelo criollo en el cual en lugar de facones (ya que no se busca herir ni matar a nadie en el visteo sino practicar una esgrima gaucha) se usan palos o trozos de caña tiznados. En el siglo XX han aparecido juegos gauchescos como la polka de la silla, el rastrín, el juego de los tachos y el ejercicio de las tropillas entabladas que de ser una práctica habitual ha pasado a ser una muestra de la destreza gaucha (el adjetivo "entablada" no significa que las cabalgaduras estén ceñidas por tablas o dispositivo parecido sino porque en el lenguaje gaucho tradicional se llama "tablada" o, coloquialmente "la tablada", a cualquier amplia zona de terreno rodeada de postes, "palos a pique" o "tablas" dentro de cuyo recinto se resguardan y crían a las tropillas de equinos).

A menudo el caballo de un gaucho constituía todo lo que este poseía en el mundo. Un gaucho sin flete (caballo) dejaba de ser gaucho, algo muy difícil ya que en el campo argentino abundan las caballadas.

Sus tareas eran básicamente trasladar el ganado vacuno entre los campos de pastoreo, o hasta sitios de mercado como el puerto de Buenos Aires. La yerra consiste en marcar a fuego con el signo del propietario del ganado vacuno. La doma de potros era otra de sus actividades habituales. El de domador era un oficio especialmente apreciado en toda la Argentina y se mantienen vigentes las competencias de doma en festivales.

La principal alimentación del gaucho era la carne vacuna asada, en primer lugar, y de caprino tanto como de ovino en segundo lugar, aunque el verdadero gaucho cocinaba casi cualquier carne si era menester. Las pocas carnes que tenía en calidad de tabú eran las de sus amigos incondicionales: el caballo, el perro e incluso el gato doméstico. Principalmente en el noroeste de la Argentina (aunque se encuentra difundido de diversas formas en casi todo el país), forma parte de la dieta el "locro", un guisado a base de maíz (u otro componente vegetal) con carne. La bebida alcohólica que mayormente consumían hasta fines de siglo XIX era la ginebra traída en importantes cantidades, y a precios accesibles entonces, principalmente desde Holanda.

Los gauchos tomaban también la infusión típica llamada mate, tradicionalmente preparada en una calabaza ahuecada sorbiendo la infusión mediante una bombilla. El agua para el mate se calienta (sin hervir) sobre fogones en un recipiente llamado pava o caldera (los dos nombres corresponden al mismo recipiente que recuerda a una tetera).

Solían reunirse en las pulperías, lugar de aprovisionamiento para el medio rural, donde se realizaban intercambios y se sociabilizaba. Allí se reunían los vecinos del pago y los viajeros de paso. Tomaban bebidas alcohólicas (caña quemada, ginebra, vino, aloja), jugaban a la taba y a las cartas (por ejemplo el truco), o entraban en diversos tipos de duelos incruentos como el malambo (originalmente competencia de zapateo entre hombres) y payadas al son de guitarras o carreras a caballo llamadas cuadreras, o "jineteadas" de destreza ecuestre (sortija, doma, pato, etcétera), ocasionalmente y por diversos motivos (los más usuales eran las cuestiones de honor, donde se ponían en juego el coraje y la hombría) se producían duelos criollos a faconazos, para esta eventualidad casi todos los gauchos frecuentemente se entrenaban utilizando, en lugar de facones, palos con la punta carbonizada; tal entrenamiento es también un juego llamado muchas veces "visteo" u "ojeo" ya que los contendientes tienen que predecir rápidamente, principalmente con la mirada, cómo atacará el adversario (ver: esgrima del cuchillo gaucho).

Además de expertos jinetes, arrieros, reseros y domadores (hasta inicios de siglo XIX era frecuente que los varones gauchos comenzaran a montar a caballo desde la temprana infancia), muchos gauchos se destacaron por el conocimiento del territorio y sus condiciones climáticas, a tal capacidad se le da el nombre (procedente de los marineros del s XVI) de "baquía" y se llama "baquianos" o "baqueanos" a los gauchos más expertos en "baquía", otra capacidad próxima a la baquía es la de "rastreador", un rastreador es aquel que puede seguir la huella o rastro de otro ser humano o de un animal por varias leguas, ambas cualidades han sido recordadas laudatoriamente por alguien que se declaraba enemigo de los gauchos: Domingo Faustino Sarmiento.

Muchos gauchos, en su mayoría categorizados por las autoridades de su época como "bandidos rurales", han pasado a recibir la devoción popular.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Marginalidad y Heroísmo Gaucho



Extraído del estudio sociológico “De bandido a héroe: el poder integrador del simbolismo gaucho en la Argentina”, de Figueroa-Dreher

La figura del gaucho presenta una gran similitud con lo que Eric Hobsbawn denomina el 'bandido social' (Hobsbawn, 1983 y 2003), una figura menos revolucionaria que participó de lo que este autor denomina la protesta modesta y no revolucionaria dentro de su respectiva sociedad

Según Hobsbawn, el equilibrio tradicional es alterado, particularmente, cuando las estructuras sociales tradicionales son amenazadas por el mundo moderno. Exactamente esta idea está presente en parte del simbolismo del fenómeno gaucho. Este, como fenómeno cultural argentino particular, es un bandido social que representa la cultura tradicional folclórica argentina, que lucha contra la modificación radical que conllevó la inclusión de medios modernos de explotación de la tierra a través de la migración masiva europea, la que modificó de una forma extrema su espacio vital. Sin embargo, característicamente, el bandido social no protesta contra el hecho de que, por ejemplo, los agricultores o los jornaleros sean pobres, sino contra el hecho de que a veces son superexplotados y extremadamente pobres. Incapaz de confrontar contra el poder del mundo nuevo y moderno, el gaucho pelea contra esta situación, frecuentemente por medio de acciones que desde la perspectiva moderna del poder se sitúan en la ilegalidad, como el asesinato, etcétera.

El 'buen bandido', visto desde la perspectiva de quienes se identifican con él, lucha exitosamente contra la injusticia feudal y el abuso de poder e incorpora la búsqueda de una solución ideal para los severos problemas sociales de la época. De este modo los bandidos, como figuras históricas, permiten a los 'ciudadanos civilizados' proyectar en una figura marginal los deseos e ideas que ellos mismos poseen. Con la ayuda del tipo del rebelde social, el criticismo puede ser formulado en un sistema específico de leyes y en un orden social. Las figuras gauchescas míticas y/o literarias, objetos de identificación social, como Martín Fierro, Juan Moreira y Santos Vega, son 'ladrones generosos' y héroes que confrontan a las autoridades injustas o corruptas. Ellos constituyen una parte importante del imaginario argentino y mantienen vivo el mito del gaucho dentro del mundo rural y urbano. Así, el gaucho simboliza la rebelión contra una clase política corrupta, y contra las injustas relaciones de propiedad y explotación, así como simboliza la libertad (muchas veces entendida como individualismo), el heroísmo y el sueño de justicia. Al mismo tiempo se activa la memoria de tiempos supuestamente mejores. Las características negativas de la figura marginal del gaucho -el no estar integrado a la sociedad, la criminalidad, etc.- son simbólicamente reinterpretadas como características positivas, tales como su heroísmo, su modestia y su desinterés por la riqueza, así como el hecho de que no puede ser corrompido. El héroe argentino, el gaucho, representa simbólicamente la rebelión de los ciudadanos argentinos en contra de la frecuente corrupción de la elite política y de las autoridades estatales.

En relación con el fenómeno del gaucho, una característica que lo torna símbolo colectivo vigente aun durante las reiteradas crisis sociales, económicas y políticas por las que atraviesa la Argentina es su carácter de figura prepolítica o apolítica, en el sentido de que no posee ambición de poder, y se mantiene más bien distante -podría decirse también independiente- de toda forma de representación y autoridad. El gaucho, en su carácter de figura simbólica no espera nada del poder  político y como vimos, definitivamente no es una figura con ambiciones revolucionarias aun cuando se rebela contra la autoridad en los casos en que ésta hace abuso de poder. En estos casos, el gaucho se rebela contra la injusticia, pero no contra un sistema injusto. Asimismo, la aceptación social de la figura ideal del gaucho se basa en su desinterés por la riqueza, la acumulación material y el ascenso social, lo cual le confiere autoridad al transformarlo en un personaje "auténtico", que guía su comportamiento de acuerdo con principios éticos que se mantienen intactos frente a todo tipo de transformaciones políticas, económicas y sociales. Es por ello que las crisis reafirman su condición de símbolo, ejemplo a seguir y figura identificatoria para los argentinos.

El símbolo del gaucho representa un existencialismo argentino particular y, al mismo tiempo, define y establece la cohesión social entre aquellas comunidades sociales y entre aquellos individuos vinculados con el mito del gaucho, partícipes de los rituales, o lectores de la literatura gauchesca y que se identifican con él. Simbólicamente, se establece una realidad cotidiana trascendente, un mundo contrapuesto al mundo injusto y corrupto de la vida cotidiana en la Argentina. Este mundo contrapuesto incluye ideas y virtudes representadas por la figura del gaucho, desempeñando éste de esa manera una función integradora para los actores individuales que se identifican con él. El símbolo del gaucho sirve, de esta forma, como un elemento de conexión dentro de la relación dialéctica entre individuo y sociedad.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Esgrima Criolla: Táctica, Astucia, Pasión



En el arte de combate de la esgrima criolla se combinan inseparables táctica, astucia y pasión.

De acuerdo a su definición, la táctica es un método determinado con el fin de lograr un objetivo. En cuanto arte de combate, la esgrima criolla posee métodos precisos a emplear como medios de acción frente al adversario. Si bien la táctica puede circunscribirse a determinados movimientos ofensivos y defensivos, tanto como el ataque y la defensa con los elementos de combate (facón y poncho), el objetivo es que cada combatiente genere su estilo propio en base a las tácticas aprendidas.

La astucia no es tanto la habilidad que debe poseer el combatiente para evitar los ataques contrarios, sino la capacidad de engaño al momento de realizar los movimientos que darán lugar a un ataque efectivo. De aquí las argucias típicas de que se sirvió el gaucho para los amagues, contraataques, etc.

En tanto que la pasión es el motor afectivo que desde el Ideal da impulso contundente a la bravura del luchador.

Táctica, astucia y pasión deben unificarse en la acción para que el esgrimista criollo sea un genuino y acabado representante de esta corajuda tradición.

(Federico Mustafa Alassino)

viernes, 23 de noviembre de 2018

El Cuchillo Flamenco


Por Guillermo Palombo



Las palabras tienen la singularidad de no pasar o morir con las ideas o cosas que expresan o representan, sino de sobrevivirlas por espacio de siglos, para desesperación de los filólogos, etimologistas e historiadores., y en este caso para los coleccionistas argentinos de cuchillos criollos.

La expresión “cuchillo flamenco” aparece en la poesía gauchesca. ¿Alude a la procedencia o al modelo?. ¿Cuál es el rasgo que lo diferenciaba de los demás cuchillos de la época?

Fue su cuna Flandes, y particularmente Malinas (Bélgica). Más, para poder desplegar el cuadro de su diversificación (tarea que ni remotamente emprenderé) convendría ajustarlo previamente al eje del proceso evolutivo que puede rastrearse en diversos documentos.

El conquistador Domingo Martínez de Irala que vino al Río de la Plata con Pedro de Mendoza, en carta al emperador Carlos V, fechada en Asunción el 2 de julio de 1557, le relata que para sus tratos con los indios fabricó cuchillos “amolados y encabados al modo de los que traen de Flandes”.

Casi dos siglos después, el Decreto de 8 de octubre de 1749, librado para concretar cuáles eran los cuchillos prohibidos por Bando del 29 de octubre del mismo año dictado en España por la Real Audiencia y Chancillería de Granada, aclara que los cuchillos flamencos eran de “nueva moda, que traían hasta aquí con vaina en la faldriguera, y son de muy aguda punta, y filo sutil, los cuales no se han de poder traer”. Moda reciente, habla por una parte de una generalización en su uso. Filo sutil y aguda punta, de las características de su hoja. Y el detalle sobre que se llevaban envainados y en la faltriquera, revela la modalidad de su portación.

Para juzgar la abundancia de su producción, basta con reparar que en una lista de productos introducidos en Buenos Aires ese mismo año de 1749 por cuenta y riesgo del marqués de Casa Madrid, según los registros del navío “Gran Poder de Dios”, se mencionan 25.000 docenas de “cuchillos flamencos ordinarios” y otras 400 docenas de “cuchillos flamencos” en 19 barricas.

La esclarecedora noticia de 1748 viene ahora a completarse con la que una década después suministra la Real Orden dada en Madrid el 1° de septiembre de 1760, que dispone:“Se prohíbe a toda la gente de mar, y a cualquiera otro pasajero que salte en tierra en los puertos el uso de cuchillos flamencos de que se sirven en sus maniobras y faenas a bordo en la embarcación. En los casos ejecutivos, y que no pueda ser hallado Escribano basten tres testigos para justificar la aprehensión del arma prohibida”.

Es decir que se limita su uso para las faenas realizadas a bordo de las embarcaciones, acaso en virtud de sus escasas dimensiones y corto peso que no estorbarían la movilidad de los marineros en su labor con velámenes y cabullería, aunque tampoco conozcamos la forma de la hoja, ni la empuñaduras, ni las dimensiones, ni si guardaron en general regla que los uniformara o al menos asimilase, No hay, que sepamos, ejemplar alguno en el Museo Naval de Madrid.

Debemos a dos estudiosos españoles, que han tomado como objeto de estudio a los clérigos homicidas en el siglo XVIII, haber analizado el proceso criminal seguido en 1774 contra Fray Pablo de San Benito en Sanlúcar de Barrameda, despechado pretendiente de la joven María Luisa Tassara. Cuando ésta salía de la iglesia, el fraile “metiendo la mano por debajo de su escapulario, sacó un cuchillo flamenco y le tiró con él una puñalada en la cara, con cuyo golpe cayó en el suelo” la nombrada y fue acometida a puñaladas. Así lo declaró un testigo. Y el Escribano de la causa, notario Baltasar Rizo, como era de estilo, dibujó el arma homicida (esto es, el cuchillo flamenco), en su contorno real, en el margen de una de las fojas del expediente. Por lo que fácil es determinar su tamaño real teniendo presente el tamaño standard del papel sellado de actuación judicial empleado. El Fiscal de la Real Audiencia de Sevilla, consideró que se trataba de un “arma prohibida” por las Pragmáticas. De modo que ya disponemos del dibujo “original”, certificado notarialmente, de un cuchillo flamenco del siglo XVIII.

Una Real Orden de 1° de junio de 1785 vedó el ingreso de tales cuchillos a España e Indias: “Se prohíbe en estos Reinos de Castilla la entrada y uso de cuchillos flamencos, concediéndose un año para que se consuman los existentes en ellos, y tres meses más para los que vengan navegando y se den las providencias, y auxilios necesarios a efecto de que se hagan en las fábricas de España con punta roma. Y los jueces de arribadas y administradores de Aduanas de los puertos habilitados de España e Indias, no permitan que pasado el año se embarquen para América ni Filipinas los expresados cuchillos flamencos, sin embargo de que estén habilitados en el Arancel primero del Reglamento de comercio libre de 12 de octubre de 1778, el cual queda revocado en este punto”.

Otra Real Orden de 2 de noviembre de 1787, remitiéndose a una anterior de 10 de septiembre de ese año, recordó que podían introducirse en España tanto hojas de espadas, espadines y cutoes como cuchillos de fábricas nacionales o extranjeras, “excepto los flamencos”.

Aproximadamente por esa fecha, el marino y naturalista guatemalteco Antonio de Pineda y Ramírez, al servicio de la Real Armada española, apuntó que en su visita a la zona rural de Montevideo observó que el “guazo” o “gauderio” vestía “una bota de medio pie, unas espuelas de latón de peso de dos o tres libras, que llaman nazarenas, un calzoncillo con fleco sueldo, un calzón de tripe azul o colorado, abierto hasta más arriba del muslo, que deja lucir el calzoncillo, de cuya cinta está preso el cuchillo flamenco...”

No obstante las disposiciones legales prohibitorias, desde mayo de 1801 se mencionan “cuchillos flamencos” entre los “efectos de Castilla” cuya cotizaciones se publican en el Telégrafo Mercantil de Buenos Aires.

Según el “Almanak mercantil” de Madrid, de 1802, “flamenco” se aplicaba a los cuchillos más ordinarios. Estos eran indistintamente del uso de mesa, de la casa o de faltriquera, pues llevaban como accesorio vaina; diferenciándose en ello de los restantes cuchillos de procedencia inglesa, sevillana, catalana, alemana o francesa, marca “del Pajarito” o de la fábrica, que se empleaban para picar carne y otros usos de la cocina.

Cuchillos flamencos se usaron durante las Invasiones Inglesas, y los portaron algunas de las primeras expediciones de los ejércitos patriotas. En España, un Decreto de las Cortes de 21 de mayo de 1823 dispuso que se admitirían a libre comercio “los cuchillos extranjeros conocidos con el nombre de flamencos, hasta que la industria nacional pueda proveer de este artículo a precios equitativos, pagando a su introducción un decreto de; veinte y cinco por ciento sobre el aforo de veinte reales docena”.

Queda así aclarado, creo, el misterio del “cuchillo flamenco”.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

Caracteres, Costumbres y Tradición de los Primeros Gauchos



Del libro 'Folklore Bonaerense' (1883) escrito por Ventura Lynch.

Este gaucho, que puede decirse el descendiente de dos razas, la blanca y la cobriza, sentía correr por sus venas la ardiente sangre de los andaluces y la belicosa de los querandíes.

Les caracterizaba el color tostado o blanco acobrado, la cara rapada a la usanza de la época y el pelo largo y atado por detrás o trenzado a semejanza de los coyas.

Vestían los gauchos de aquel tiempo una chaqueta corta, larga muy poco más de la mitad de la espina dorsal, con cuello y solapas, blanca camisa, corbata o pañuelo a guisa de ella, chaleco muy abierto y prendido con dos botones casi sobre el esternón, dejando ver los caprichosos buches de la camisa entre él y el ceñidor.

Un pantalón hasta la rodilla, muy parecido al de los andaluces, con un entorchado a la altura del bolsillo y abotonado con cuatro ojales sobre la rodilla, destacaba un calzoncillo de hilo o de lienzo hasta el suelo, flecado y bordado de tablas.

Usaba botas de potro con sus correspondientes espuelas, cuchillo o navaja al cinto, su largo poncho o manteo que generalmente doblaba sobre el brazo y no abandonaba el rebenque, objeto indispensable para los que están habituados a vivir sobre el caballo. Su sombrero era muy parecido al de nuestros días, más alto, más cónico hacia la punta y con el ala más corta y estrecha.

Como los actuales, gastaba recao, bolas y lazo. Algunos lucían sus ricos aperos y la mayor parte manejaba el alfajor (cuchillo de regulares dimensiones) con destreza sin igual.

La música era la música de nuestros días, corrupción entonces de aires andaluces, que hoy está sumamente adulterada.

Cantaban la cifra, el cielo, el fandango y el fandanguillo, composiciones todas más parecidas a la jota, el bolero y otras muy vulgarizadas entonces y hoy en la Andalucía.

Ya el malambo comenzaba a servir de torneo o palenque, en donde el paisano iba a disputar su gloria como danzante.

El mate introducido del Paraguay, el churrasco y el cocido constituían los principales platos de su arte culinario.

Ya existían las yerras, las boleadas de avestruces y el salir a peludiar.

Aquella especie de gaucho era un gaucho cuyo tipo no volverá a existir. Valiente, atrevido y generoso, sacrificaba en aras de su lealtad hasta sus más sagradas afecciones.

Uno que otro malevo se hacía sentir de tiempo en tiempo y de trecho en trecho, pero su fama era bien pronto quebrada por las virtudes cívicas y la lealtad a toda prueba de sus contemporáneos. Este gaucho desaparece de la escena en 1831.

Sin embargo, nos legó una tradición. Los payadores, esos improvisados que empiezan a figurar en 1778, ya recorrían de un extremo a otro este Virreinato. Luchando unas veces en el rancho, otras bajo el ombú y las más en la pulpería, muchos de ellos llegaron a adquirir una fama tan sorprendente que hubo época de abandonar el gauchaje sus obligaciones para entregarse por completo al arte de payar.

En estas circunstancias fue cuando apareció Santos Vega. De triunfo en triunfo, marchando siempre de un punto a otro, pasó un día al Sud de esta Provincia. Era la única parte donde no era conocido. Llegó a una casa de negocio y después de pedir una mañanita, se retiró a un rincón con ánimo de descansar las fatigas de su viaje.

Un grupo de gauchos que allí copaba de lo lindo miró con desprecio la humildad del forastero. Entre ellos un negro altanero, mentao de malo y reconocido el primer payador de la comarca, viendo la actitud que guardaba aquel intruso, se propuso divertirse, divirtiendo a sus amigos.

Tomó la guitarra, preludió un cantar por cifra y le preguntó "quién era, de a'dónde venía y pa donde iba".

Dicen que Vega salió, tomó su guitarra que jamás faltaba en los tientos de su recao y volviendo a la enramada comenzó a cantar:

Yo soy Santos Vega
aquél de la larga fama...

Tres días y tres noches siguieron trovando aquellos dos payadores, hasta que al fin, habiendo entrado en un tema religioso, viéndose cercado el negro en sus últimos baluartes, estalló o reventó; porque el negro aquel había sido el mesmo diablo en persona.

Esta tradición se conserva intacta en nuestros días; pero al recorrer los pueblos del norte, se eclipsa la fama de Santos Vega, para ceder su puesto a Trillería.

Cuentan que Vega, después de vencer al diablo, pasó a esa región buscando con quién cantar. Llegó una noche a un baile donde estaba Trillería. Era éste un paisanito sencillo y nadie se ocupaba de él. Al hacer Santos Vega el reto que era de práctica, Trillería sintió arder la sangre en sus venas y arrancando una guitarra a los que estaban tocando, le contestó aceptando:

Venga esa mula
que yo me le he de afirmar.

La lucha fue viril y encarnizada. Dos días con sus noches sonó la cifra y en cada nota, cada armonía, iba una estrofa, un idilio donde brillaba el talento y la inteligencia de los payadores. Por fin, Santos Vega rompió su guitarra declarándose vencido.

Esta contra-tradición que ha invadido los pueblos del norte, ha sido inventada por los cordobeses, con ánimo de desvirtuar la tradición del gaucho porteño.

(Ventura Lynch, Folklore Bonaerense, págs 31-36, Colección Identidad Nacional, Secretaria de Cultura de la Nación, 1990).