miércoles, 4 de septiembre de 2019

La Guerra Gaucha: Estreno



«La Guerra Gaucha» es el primer libro en prosa editado por el escritor argentino Leopoldo Lugones; es un libro de relatos sobre los guerrilleros gauchos que, comandados por Martín Miguel de Güemes, combatieron contra España durante la Guerra de Independencia Hispanoamericana, entre 1815 y 1825. Cuenta con la particularidad de estar escrito en lenguaje gauchesco. La fuerza de los relatos y su naturaleza épica lo hizo un libro sumamente exitoso. Sobre la base del libro, años después en 1941, se realizó la película La Guerra Gaucha, dirigida por Lucas Demare, con guión de Ulyses Petit de Murat y Homero Manzi y protagonizada por Enrique Muiño, Francisco Petrone, Ángel Magaña, Sebastián Chiola y Amelia Bence, entre otros.

Para escribir el libro Lugones visitó la provincia de Salta para conocer personalmente los lugares en que se desarrolló la lucha y registrar la tradición oral sobre la misma. Por esa razón el libro es sumamente descriptivo, deteniéndose en extensos detalles de las características del paisaje y la naturaleza salteña.

A continuación presentamos el cuento que abre el libro, relato sumamente poderoso y complejo, que honrará los deleites patrióticos de todo buen argentino.

***
Estreno

Marcharon toda la noche, saliendo al despuntar el día sobre uno de los picos que dominaban el desfiladero donde combatieron poco antes entre la sombra.

Arriba, en el perfil de las rocas, soslayado por el cierzo que vibraba al rape su cáustica titilación, bajo el alba descolorida aunábase el grupo con el monte.

Los cerros almenaban el contorno. Aquel levantamiento de piedras, sin más terreno que llenar, gibábase en cumbres; y éstas, en un pausado insomnio, a medias se desembozaban de la noche. La misma presencia de la madrugada contribuía a la soledad. Diafanidades de hielo cristalizaban el ambiente. Algunas breñas agujereaban a trechos con sus manchones la uniformidad gris. Y en una de las cumbres, a pico sobre el valle o más bien grieta que hacheaba el hueso mismo de la montaña, el grupo de jinetes se atería en un estremecimiento de harapos.

Casi todos en mulas, algunos en caballos míseros, resguardadas las piernas por guardamontes de peludo cuero, flojas las riendas, sin mirarse, sin hablarse, esperaban algo.

Los animales trasijados de fatiga, despeados por los pedernales, ensangrentados los encuentros por el monte, empeoraban en lamentable murria. Colgaban sus crines en greñas sobre las agobiadas cervices; en las cambas de los frenos coagulábase con sus babas la herrumbre. Los guardamontes, la carona de cuatro puntas que a la vez batían la paleta y la ijada del animal, el recado y las riendas de cuero crudo, aperaban a éste.

Llevaban los hombres calzoncillo de cordellate hasta la rodilla, chiripá de picote o cocuyo, camisas andrajosas, sombreros de lana y espuelas de hierro calzadas sobre el desnudo talón.

Unos altos, delgados hasta la enjutez, tenebrosamente cabelludos y barbudos; otros retacones, lampiños, como vientres de tinaja los semblantes; prieta o cobriza la color de todos. Bajo sus girones resaltaba una pujante topografía de pechos y bíceps. Carne morena curtida a esfuerzo y a sol y relevada como a martillo. Sus ojos de carbón malvelaban preocupaciones taciturnas. Sobre sus espaldas, el pelo trenzado culebreaba con aspereza silvestre, sin una ceniza de tiempo entre sus hebras.

Las cabalgaduras vaheaban en la nitidez glacial el calor de sus bofes. Asombraba que bestias tan ruines sufrieran semejantes cargas de miembros; pero lo podían y aun dormitaban algunas encogiendo un jarrete. Hombre y bestia amalgamábanse en la mutua afición sin el estorbo de una idea. Nada más que una cosa quería el jinete: correr. Nada más que una cosa sabía el caballo: correr. Y de este modo el caballo constituía el pensamiento de su jinete.

Aquellos hombres se rebelaban despertados por el antagonismo entre su condición servil y el individualismo a que los inducían la soledad, el caso de bastarse para todo que ésta implicaba y el trabajo reducido a empresas ecuestres. El silencio de los campos se les apegaba, y así sus diálogos no excedían de dos frases: pregunta y respuesta. Sus conversaciones limitábanse a algún relato que los oyentes apoyaban con ternos. En las ocasiones graves departían meditando en alta voz. Si discrepaban, el choque de los juramentos antecedía brevemente al de los puñales. Y sólo borrachos reían.

En dos clases de montoneras organizolos el caudillo al invadir el godo. Unos formaron las partidas volantes que escaramuceaban a la continua: voluntarios, prófugos, desertores de los ejércitos regulares. Otros guarnecían sus aldeas en grupos locales, reuniéndose cuando el enemigo se introducía en sus jurisdicciones. Promulgaban en tal caso la convocatoria; reconcentraban sus ganados en las espesuras; disponían sus trojes en las copas de los árboles. Con tropilla o caballo de tiro concurrían a los puntos designados y batallaban su parte. Los que sólo tenían caballo de non, efectuábanlo en éste. Los más pobres tragábanse a pie las leguas. Pasado el trance, restituíase a su pegujal cada uno, pastoreando y cultivando otra vez como honrados labriegos.

Así, los humos de las rancherías y los incendios que por la noche bordaban con hilo de oro las sierras; los caminantes que rumiando su coca arreaban recuas de jumentos y los labradores que desvolvían sus rastrojos; el silencio en inminencia de emboscada, la población tanto como el destierro, hostilizaban de consuno al español.

Los de las partidas volantes se asalariaban por el saqueo, consideraban a rebaños y tropillas como orejanos de la patria y aliciente de la guerra. Comían poco así, mas comían ajeno y esto les placía. Pesado a bala y medido a puñal lo saboreaban mejor. Detestaban al rey como a un patrón engreído y cargoso en la persona de sus alcaldes, bajo la especie de sus gabelas; persuadiéndolos más que un principio un instinto de libertad definido por las penurias soportadas.

Hambrunas, ojerizas contra la piel blanca tan susceptible de mancharse por lo mismo; añoranzas del aborigen, aspereza de la desnudez -todo eso acumulado, enfervorizaba su sangre-. Carnívoros feroces, abusaban del ají en sus comidas; y la llama de la especia añadía su calor al de ese entusiasmo cuyo torrente se alborotaba en el cauce de sus venas. Hacha en mano desmontaban encharcando el piso de sudor. Pialando daban contra el suelo a una yegua disparada, firmes cual monolitos en la crispación equilibre de su musculatura. Por juego retenían del corvejón a una mula, como a una cabra. Capaban sus toros chúcaros tumbándolos por los cuernos a medio campo. Acosaban al potro en doma, rasguñándole los sobacos en el peor momento con la espuela, y tendiéndolo de un rebencazo si se fatigaban. Hartos de vagar por esas cumbres en satisfacción andariega, amaban con todos sus tuétanos. Cuando no, bebían. No realizaban por cierto un ideal de hombre sino un tipo de varón.

El grupo aquel tenía armas. Fusiles que recortaron sumergiéndolos en el agua después de caldeados hasta medio cañón, suplían de tercerolas montados en urgentes escalabornes. Pertrechábanse también con chuzas de punta ferrada o simplemente endurecidas al fuego. Algunos cargaban boleadoras. Todos facones y lazos. Industria tosca, pero eficaz.

Entre las armas y los sombreros figuraban dos morriones y un sable. El hombre que lo esgrimía calzaba botas, lo cual era otra singularidad. Cierto aire bélico lo particularizaba; algo indefinible, pero definitivo. El arqueo peculiar de su bigote, su manera de combar el pecho. Después otros indicios. En el brazo derecho, adheridos a sus andrajos, ostentaba una jineta y un escudo blanco y azul en el que se leía Tupiza. Bajo el otro morrión tiritaban girones de chaqueta prendidos con seis botones de ordenanza. Aquel grupo, o mejor aún gavilla, parapetábase en el peñasco, arrecido por la intemperie. La bruma de la madrugada desvanecíase en las alturas; sus desgarrones develaban nuevas cumbres. Por un claro de horizonte entró en escena un cerro nevado.

-¡Muerde el aire!

La voz que esto decía, sonó extrañamente en aquella mar de silencio. Un chifle taraceado en colores pasó de mano en mano. Aparecieron las tabaqueras, y minutos después fumaban los jinetes doblada una pierna sobre el arzón. Esto los alegró al parecer, pues varias sonrisas apaciguaron el erizamiento de algunas barbas. Platicaron. El hombre de la chaqueta narraba. Desde muy adentro en el Alto Perú, hervían las montoneras. Todo andaba mal, sin embargo. Derrotas tras derrotas. Pero ya palparían la realidad los maturrangos así que se resolvieran un poco más. Los otros recapacitaban. Verdad. Desde el año catorce con Pezuela, el godo impertérrito tramaba invasión sobre invasión, y bien que rechazado siempre, no escarmentaba nunca. La montonera pugnaba también y el conflicto más y más se empedernía. Aquella invasión anunciábase con tropa selecta, un virrey nuevo, jefes de mi flor: mas, dividida en destacamentos, a la busca de las vituallas que secuestró desde el principio la montonera, poco ofendía.

Ésta no gozaba por su parte de un estado mejor. Hasta los Dragones Infernales disolvíanse deshechos. Dos de sus soldados, esos de los morriones, llegaron la víspera en un burro propalando el desastre. Pero la guerra seguía, y la trabajaban bien, a talonazos en el ijar de los brutos, a lanzadas en el enemigo. De pronto faltaban los recursos. Las tercerolas transformábanse en garrotes, los chuzos en leña...

Percibiendo una palabra más distinta, el sargento se volvió en ese instante; preguntó algo, la distancia, el rumbo, con un acento que apenaba. No le contestaron, y él, soliviando resignadamente los hombres, se recluyó otra vez en su silencio.

En desfilada, con la vibración de un birimbao gigantesco, cuatro, seis, diez cóndores cruzaron casi rozándolos. Describieron un vasto círculo, vinieron otra vez en una brusca conversión de diagonales. Un gaucho se refocilaba, arrollándose la camisa para que ventearan su costillar baleado. Algo les interesaba en el boquete lleno aún de brumas. Nada se veía en él, pero ya el sol, como una oblea carmesí, nacía entre nieblas de índigo. De oro y rosa bicromábanse los cerros de occidente. Flotaba un olor de aurora en el aire. Sobre la escueta cima de la loma frontera, un buey que la refracción desmesuraba, se ponía azul entre el vaho matinal. Por un momento, los escarchados ramajes parecieron entorcharse de vidrio. Al fondo, la cordillera overeaba como un cuero vacuno, manchada de ventisqueros. Algún mogote que decoraron como de un muelle encaje efímeras nieves, eslabonaba aquella enormidad con la inmediata serranía. Allá cerca, la masa arrugándose en plegaduras de acordeón, suavizaba su intensidad cerúlea; y el matiz tornábase violeta ligeramente enturbiado por un sudor de cinc. El macizo oleaje de roca apilaba en una eternidad estéril sus bloques colosos. Muy lejos, en alguna umbría, un tordo cantaba. Está rezando, decían los hombres. Algunos se persignaron en silencio.

Bruscamente, los animales enderezaron las orejas. Un jinete repechaba el faldeo que los patriotas escalaron de noche a tientas. Su cabalgadura apezuñaba con estrépito. Las tercerolas se prepararon. Pero casi al instante, el busto de un hombre y la cabeza de un caballo surgieron del cardonal que cerraba la senda, y aquél imprecó:

-¡Sargento!

Retrepándose en su montura, la mano en la visera, el dragón titubeaba. Sus hombres, sonrojados por el sinsabor de la derrota, agachábanse desconfiando. ¡El capitán! ¡Cómo soportarían el trepe que les echara! ¡Cómo lo moderarían sin abochornarse!

A un tiempo jefe y patriarca de sus gauchos, lo idolatraban éstos.

Nunca mandaba directamente; imbuía más bien su coraje:

-Si no vamos, creerán que es de miedo...

En las ocasiones solemnes:

-¡Vaya!... ya están con miedo; pero ellos tienen más.

Y la partida lo enmendaba con un prodigio.

Bien montado comúnmente, guiaba el fuego en una yegua manca, y acometía.

-Si no compiten, decía al partir, los boto por maturrangos.

Todos se portaban jinetes.

Presentíanlo adivino. Sus caballos le anticipaban secretos de guerra. Y como bravo... ¡el más de todos!

Cierta vez le vaciaron las tripas. Las recogió, enjuagándolas en agua tibia para que el sebo no se le enfriase; las metió dentro. Una vieja le cosió la herida, y él, en tanto, braveaba a rugidos un patético yaraví.

Hombre de familia, muy mesurado de pensamiento y obra, trocábase fácilmente en fantaseador de imposibles. El combate lo apasionaba, sin conmover, no obstante, su reposo. Araba el peligro en amelgas tan profundas, que a cada refriega remachábanle de nuevo los abismales del lanzón. Su táctica apechugaba siempre en línea recta. Designaba al enemigo con expresiones indeterminadas: allá, eso. Muy sujeto de velar tres noches al lado de un herido, preconizaba entre sus soldados locuras heroicas. Cuando alguno sucumbía en el lance enfurecíase con él, le culpaba todo. Después resarcía a la viuda con algún ganado, apadrinaba a los huérfanos. Si alguien aplaudía su acción, lo arrestaba por entrometido.

Respondíanle todos los cuatreros del pago, pues a cada cual le apañaba una trapacería. Regimentó aquella turba gregal a sus expensas, sin espulgarle mucho el doblez. Con tal que prometieran la catadura y el despejo, se toleraba de postulante al mismo diablo. Y si resultaba un poco foragido, ¡de perlas! Si perpetró homicidio en duelo leal pertenecíale impune. Ya alistado, tanteábalo en persona con una camorrita, y según las agallas del prójimo confirmaba la admisión.

Como se le extraviase cierto día una virola de las acciones paseó sin chistar durante un rato frente a la partida, arredrándola con inquisidora esquivez. De repente acogotó a uno, lo estaqueó acto continuo sentenciándolo "por bárbaro". Ejecutada la pena, le regaló la otra virola y el insurrecto confesó su delito. A los tres días desertaba. Entonces el jefe se condenó a sí mismo, "por bárbaro" otra vez.

Temían más sus sobarbadas que un cañonazo en el vientre. ¡Pobre del chapetón aprisionado en día de viento norte! Quinientos, mil azotes le educaban el genio para empezar; que emborrachándose el jefe, prefería degüello. En tales ocasiones se encelaba. Su mujer huía a campo traviesa, sin tiempo más que para arrebozarse en una sábana, encomendándose al capataz. Pacificaba éste al caudillo, acostándolo en su propia cama, con súplicas y mimos; y al día siguiente, aunque emperrado todavía por no recular, concedía lo que le pidiesen.

Halagábanlo, sobre todo, con proezas, cuanto más fantásticas mejor; y él las retribuía como un presente con francachelas rumbosas. Conocíanle por única debilidad el amor. Pero no le hipotecaba, eso no, sus bastardos al destino. Distribuía a cada uno su plantel de terneros y su rancho decente. Aliviaba a toda la parentela. Luego ¿qué firmeza le resistía? ¡Si fascinaba a la más ducha con sólo requebrarla, si la más altanera se le encariñaba como una palomita, al domesticarla en ardorosa premura el magnetismo de su enlabio! Por eso envidó siempre a quiero seguro en el juego del amor.

Allá sobre la cumbre, ya desmontado, abrazaba al grupo en el centelleo de sus ojos. Propendía sin duda a un desagrado; mas, como notara la ausencia de un hombre, encaró al sargento, y las cejas se le subieron por la frente, interrogando.

Moviéronse apenas los labios de aquél en un estupor de angustia. Los rocines derrengados, la escuálida tropa, pregonaban el contraste; y escarnecido por su evidencia, afligíalo la luz como un rubor.

La soledad amplificaba rumores. Un relincho saludó el despertar de las lejanas dehesas. Jefe y sargento aproximáronse silenciosos al desfiladero en cuyo fondo negreaban los cóndores. A poco trecho, aquél señaló un cadáver; y más allá un trozo de lanza con su banderola. La montonera discutía más lejos, refunfuñando.

El subalterno, arrimándose un poco, exponía el percance en secreto, como avergonzado de oírse.

... Oscuridad... Sorpresa... Noche...

... Encovó a los godos en la encrucijada... Setenta, más o menos... No los embistió, porque llevaban infantería... no se usaba... Operó mal con la noche... Una descarga... Otra en respuesta... Y cada grupo se desbandó por su lado...

Él pujó solo. Trucidó algo de un mandoble...

La narración se encadenaba.

... Mucho trabajó para no rezagar la gente. Esforzose toda la noche en esto, y despistado, calló por no deprimirse ante sus hombres. El resto lo presumía. Dios lo asistiese... y que lo fusilaran.

El capitán difería con malos modos.

¡Lindo espectáculo ante la guardia chapetona! Ya lo supuso cuando se retardaron la víspera, rastreándolos, en consecuencia, desde el amanecer. De sus gauchos, bisoños al fin, no le extrañaba. ¡Pero de este sargentón!... ¡Pucha con los célebres Infernales!

Y a su vez, como quien derrumbaba bloques en frívola catástrofe, aludía con los nombres heroicos: Tupiza, Las Piedras, Tucumán, Salta, Potosí, Vilcapugio, Ayohuma, Venta y Media, Yavi...

Las pupilas del sargento achicáronse en chispas. Esos nombres componían su historia, sus ocho años de pelea. Cada uno le dolía en una parte, pues si no lo condecoraron por algunos, en todos lo hirieron. Y he aquí que la adversidad de un fracaso oscuro defraudaba semejante grandeza.

El capitán nada entendía. Las libaciones del chifle que le ofrecieron cuando llegó, amoscábanlo torvamente. Su escarpado rostro se oscurecía. El chambergo, el poncho de vicuña tapándolo hasta las botas, sólo descubrían un matorral de barbas, y entre ellas los ojos amarillos, la nariz ensanchada como un rastro de león, la pulpa cárdena de los labios. Amonestaba golpeándose la bota con el rebenque; y a cada tranco, la cumbre disminuía entre sus espuelas.

Detúvose por fin, impartiendo una orden que refrenó lo murmullos con un laconismo de cintarazo. Su dedo indicaba la banderola en el plan del derrumbadero. Los de la partida, arrimándose, comentaban:

-Es un pedazo de lanza...

-Cortada de un hachazo.

Las miradas se dirigieron al sable del dragón.

-¡Qué tajo!

Mientras, éste, afianzado en el arma, iniciaba su descenso por el talud. Cierta solemnidad trágica subyugó las cabezas como un viento. Preveían la cosa. El caudillo lanzaba su hombre a la muerte por esa rampa de vértigos y pedrones.

Casi vertical, no afrontaría sus llambrias gigantescas. Alguien reflexionó en voz alta que, sin descalzarse, resbalaría tal vez...

El dragón, rehuyendo toda charla, levantó una pierna. Amarilleó por debajo el pie desnudo, sin rastro de suelas. La ordenanza exigía botas, y como lo exigía...

Nadie se sorprendió pues ese pie valía un argumento en las circunstancias. El sargento descendía.

Cada paso duplicaba un riesgo de muerte. Desprendíanse grandes rocas, rodando con rebotes inmensos al fondo de la quebrada. Aguzado el ojo por la ansiedad, detallaban con precisión anómala los accidentes del terreno bajo las plantas del caminante.

Piedras crispidas de lunares multicolores o bañadas de gris ferruginoso; farallones tremendos; riñonadas de cuarzo. Las yaretas hinchándose en verrugones de musgo amarillento, lubricaban traidoramente su cojín. Cardones salteados con esbeltez guerrera, flanqueaban el declive en una dispersión de asalto.

El imponente peregrino arrostraba los riesgos, empinado su morrión y sable en mano. Ese matorral, aquel tronco, salváronlo de inminentes tabaladas. Un airecillo de puna retozó peligroso, punzando jaquecas y nauseando mareos. Supremas anhelaciones enervaban al militar. De cuando en cuando, torcido por violenta apoyadura, llameaba un lampo en el sable. Manos y piernas se crispaban entonces...

Un chispeo de mica espolvoreaba las peñas. Profundos follajes, en conos de choza o en platitud de acamados céspedes, escondían precipicios bajo sus felpas. Un molle, un aromo de anaranjadas motas, cubrían por momentos al dragón.

Arriba, apretados sobre la cornisa del abismo, los montoneros, respirando apenas, enmudecían. El jefe secó en dos gorgoritos las escurriduras del chifle. ¿Cuánto duraría eso? Un siglo y un minuto equivalían.

El sargento bajaba siempre.

A trechos dudaba un poco, enjugándose la frente con el puño. La partida resollaba entonces, enormemente. Vaciló una vez, y bajo el titubeo de sus pantorrillas, cerro y corazones se bambolearon. Un esguince lo equilibró.

Descendía siempre. A reculones ahora, pues el dolor le ceñía los tobillos. Adivinábanse crujidos, calambres bárbaros en la armazón de aquellas vértebras.

Recuperose un momento después, blandió el acero y fue a alcanzar con las últimas zancadas el fondo del precipicio, cuando el pie le falló. Claudicó un instante aún, y tropezando definitivamente saltó al abismo.

Chocando contra árboles y peñas, su cuerpo desataba enormes argayos, zangoloteábase en golpes horribles. De pronto, una rama lo encajó. Revolviose un momento con manos y piernas como un insecto panza arriba; mas las piedras que consigo deleznaba forzaron, descargándosele encima, aquel conato de resistencia...

Un rumoreo excitó sordamente el grupo.

-¡Silencio!

Las cabezas se inclinaron.

Desligándose penosamente del alud que lo trituraba, el demolido reo se incorporó sobre los codos. Demoró un momento como ratificándose; procuró salvar después el trecho que mediaba entre él y la banderola. Una sobrehumana decisión prestábale ánimo para intentar semejante esfuerzo. Reparaban desde arriba, bien que vagamente, sus piernas quebradas, su cuerpo estrujado como un odre, las desgarraduras atroces que lo lastimaban. Sobresalía bien visible una costilla rota por debajo de la chaqueta. Ni se indignaban ni compadecían, tanto estupor les causaba aquello, tanto dominio ejercía sobre su voluntad el temido jefe.

Por fin, dislocándose en contorsiones, siempre a la rastra con sus piernas, sobre los codos que sangraban sin duda hasta el hueso, el hombre no distaba ya más que un paso de su presa. Un silbido de viento atravesó el grupo. Crujieron distintamente las tascadas coscojas. La banderola palpitaba allá abajo sobre el verdegal como un ala de mariposa.

Cuando el herido la aseguró en sus manos irguió el busto ante la partida que lo observaba, empavesado de arambeles, tan pálido que lo advertían a pesar de la altura.

Pero mientras sacudía el trofeo, un gesto de victoria lo transfiguró. Vieron en su boca el grito que hasta ellos no ascendía, sintiéronlo en el corazón, y en un eco de sollozante clarinada se lo devolvieron:

¡VIVA LA PATRIA!

Y el capitán, con el pecho como una fogata de alcohol, transportado por el alma que irrumpía en ese grito; fatal de entusiasmo, tremendo de justicia, devorando en su crueldad un frenesí de remordimiento y de orgullo, atrajo uno de los hombres al azar, estrecholo entre sus brazos, y sobre aquellas crines épicas, ante el pueblo de montes, en presencia del sol, lloró de gloria.

miércoles, 21 de agosto de 2019

El Hombre del Facón



(Autor: Godofredo Daireaux, de Las veladas del tropero)

Había una vez en la pampa, al sur, cuando todavía la población por aquellos pagos era escasa y la civilización poco adelantada, un gaucho muy malo, que debía muchas muertes y que era el terror de toda la comarca.

Siempre llevaba en la cintura un larguísimo facón, de cabo de plata y de hoja de acero, cortante como navaja y puntiaguda como aguja de coser; y contaban todos que con él había vertido la sangre de un sinnúmero de seres humanos, gauchos y extranjeros, policianos o trabajadores, sin que nunca hubiera todavía encontrado al hombre que le hiciera frente, si no con valor, por lo menos con suerte.

Aun peleando en son de juego, muchas veces, sin pensar, se le había ido la mano, y en medio de la inocente distracción, acostumbrada entonces entre los gauchos, de sacarse con destreza unas pocas gotas de sangre de algún tajo leve en el brazo o en el rostro, de repente había hundido entre las costillas el facón hasta la ese, matando sin remedio al que sólo había querido marcar.

Nadie sabía cuál era su nombre de pila, pero todos creían que no lo tenía, por parecer imposible que ningún santo, ni entre los de más humilde ralea, hubiera permitido que llevase el suyo semejante criminal; y todos, sin averiguar tampoco por su nombre de familia, le llamaban «el hombre del facón».

Y el hombre del facón era temido en todas partes de tal modo, que bastaba su aparición en alguna pulpería o en alguna carrera, para que muy pronto se disolviera la reunión, escurriéndose despacio cada uno para su casa, deseoso de rehuir las peleas y bochinches, inevitables donde él estaba, y que casi siempre acababan por un velorio.

No siempre se podían ir todos; pues, apenas entrado, convidaba a los presentes, y desgraciado del que se negase a aceptar; ya empezaba él a mover los ojos de terrible modo, amenazando, chocando, insultando y tomando copas y más copas, hasta que sacaba a relucir el facón, desafiando a algún infeliz que pronto le servía de pretexto para «desgraciarse» una vez más, y cuya muerte, aunque fuera sin combate, aumentaba en algo su prestigio de matón.

Su fama de gaucho malo era tal, que cuando algún niño hacía alguna picardía o lloraba muy fuerte, bastaba que la madre, enojada, gritase:

-¡Ya viene el hombre del facón! -para que se callara o disparara el muchacho, temblando de susto.

Y Manuelito, lo mismo que los demás chicos, y también que muchos grandes, tenía, sin haberlo visto jamás, un miedo cerval al hombre del facón.

Una tarde que estaba cuidando en el campo la majada, vio venir derechito a él, saliendo de la pulpería, a un gaucho que, por las señas -pues llevaba a la cintura un gran facón-, adivinó que debía ser el hombre famoso aquel. De buenas ganas hubiera abandonado la majada, a pesar de las recomendaciones paternas, por estar ella en plena parición, pero no pudo; quedó como paralizado por el terror. Y el hombre del facón se venía acercando, muy despacio, por suerte.

El muchacho lo estaba mirando de lejos, con los ojos redondos de miedo, creyendo llegada su última hora, cuando de repente se vio rodeado por los geniecitos de la pradera. Eran muchos, y en un minuto se treparon en el caballo de Manuelito, saludándolo gentilmente, acariciándolo con flores, dándole, entre sonrisas afables consejos para el buen cuidado de su majada y la buena preparación de su parejero. Eran muy amigos con Manuelito porque éste siempre trataba bien a los animales, y por esto lo querían mucho, ayudándolo en todo, divulgándole los secretos de su madre la naturaleza, enseñándole poco a poco esas mil cositas, indiferentes, al parecer, o inútiles, pero que sin embargo constituyen la ciencia del pastor, establecen y conservan su dominio sobre las haciendas y le permiten contrarrestar, siquiera en parte, los males y las plagas que nunca dejan de perseguirlo.

Ya se sintió confortado el muchacho con la presencia de sus pequeños amigos, y les contó en voz baja su inquietud, su temor, enseñándoles al hombre del facón que se venía acercando.

Los geniecitos de la pradera son pequeños seres, visibles sólo cuando quieren, lo que raras veces sucede, y únicamente para los a quienes quieren, que son pocos. Su poder consiste en que son muchos, muy vivos, muy activos, muy traviesos, y dispuestos siempre para la chacota. Cuando vieron al hombre del facón -pues era él, nomás-, al momento se dieron cuenta de que venía completamente ebrio. Andaba al tranco, bamboleándose, y con una guitarra en la mano. Los geniecitos, en el acto, organizaron la función.

No se puede decir que de veras aparecieron, vestidos de policianos, bien armados y montados en buenos caballos, pues nadie los vio así más que el mismo hombre del facón y Manuelito; pero ambos, después, así lo contaron, y fuera de algunos detalles que al gaucho le incomodaban y que por esto calló, o modificó, ambos lo contaron del mismo modo.

Aseguró Manuelito -y a él se le podía creer, porque no era muchacho embustero-, que al ver por delante una gran partida de policía, el hombre del facón casi recuperó su sangre fría. Acostumbrado como estaba a poner en fuga a los milicos con sólo desenvainar la famosa daga, se fue sobre ellos con ella en una mano y la guitarra en la otra.

El desbande fue todavía más rápido que de costumbre, pues de repente el gaucho se encontró con que nadie le hacía frente; sujetó entonces el caballo, blandió el facón y la guitarra y haciendo, de un espolazo, revolear el mancarrón, cuyos movimientos seguía su cuerpo flexible, ablandado por la borrachera, como si hubiera sido una bolsa de estopa, empezó a insultar a gritos «a esos maulas que siempre disparaban».

Y todavía gritaba cuando volvieron, de repente, ¿quién sabe por dónde?, y sintió el hombre del facón que un policiano le quitaba la guitarra y otro la daga. Otro le volteó el sombrero, otro le rajó el saco; entre dos o tres le quitaron las botas, le desgarraron el chiripá y el poncho, y después de pegarle, entre risas, una paliza jefe con la guitarra y el facón, lo dejaron, molido, asustado, atontado. Quedo así un rato largo, hasta que apeándose, alzó del suelo su sombrero hecho trizas, los pedazos de la guitarra y su facón todo enclenque, con la empuñadura medio despegada, la hoja torcida y mellada; de las botas no pudo  encontrar más que una, el rebenque se le habían perdido, y para colmo de vergüenza, le habían tusado la cola al flete, ¡estando él encima!

Casi lloró, ese día, el hombre del facón. Trató de volver a envainar el arma, pero estaba tan torcida la hoja, que no pudo, y cuando llegó a su rancho, llevándola en la mano como cirio de funeral, al ver la facha con que volvía, no pudieron contener la risa los mismos hijos de él.

-Pero, ¿qué policía sería ésa? -repetía sin cesar, en un lamento.

Los geniecitos, después de reírse mucho con Manuelito de lo que acababan de hacer, regalaron al muchacho un cuchillito pequeño, lindísimo para señalar corderos, y lo dejaron cuidar su majada, después de asegurarle que con esa arma no debía tenerle miedo a nadie y menos al hombre del facón, que, al fin y al cabo, no era más que un cobarde y un tonto, engreído por haber peleado siempre con gente floja o débil.

A pesar de la risueña lección así recibida, no pasaron muchos días sin que el gaucho malo fomentase otro bochinche en la pulpería. Había elegido por su víctima a un puestero de una estancia vecina, buen hombre, padre de familia, incapaz de buscar camorra a nadie. Lo había primero fastidiado con indirectas groseras, después lo había insultado de veras, y viendo que no lo podía hacer salir de quicio, ya lo estaba amenazando, acariciando el puño del facón, pronto a desenvainar.

Manuelito estaba ahí; había venido a buscar los vicios para la familia, y lo estaban despachando. Cuando oyó los gritos del hombre del facón, lo miró con la mera curiosidad de saber lo que iba a suceder, pero sin inquietud, por haberle asegurado los geniecitos de que ya no debía, con su cuchillo, temer a nadie.

Al ver que el gaucho iba a sacar el arma para herir al puestero, también pensó -inspirado sin duda por una vocecita conocida que le susurró algo al oído-, que muy bien lo podría atajar; y colocándose resuelto, con el cuchillito en la mano, frente al hombre del facón, le gritó:

-Deje usted de molestar aquí a la gente, ¡hombre fastidioso!, ¡compadrón!

Todos los presentes se quedaron admirados del valor, más bien dicho, de la imprudencia del niño, y algunos lo quisieron detener, temerosos de que, en su enojo, el matrero lo matase. Pero más admirado que todos quedó el hombre del facón; no fue cólera lo que más sintió, ni desdén tampoco, sino más bien, al contrario, una especie de respeto para el pequeño adversario que le mandaba la suerte. Asimismo, no le permitía su fama de guapo dejarse insultar impunemente.

-Quítate de ahí, mocoso -gritó-, para que no te castigue.

Y se adelantó hacia él con el rebenque levantado.

-¿Lo encontraste? -le preguntó el muchacho, con aire socarrón-, ¿o compraste otro? ¿Y la daga?, ¿quién te la enderezó?

El gaucho se paró, atónito; pues creía que sólo él, en el pago, podía saber lo que le habían pasado con la famosa partida de policía, días antes. Borracho, como andaba, aquel día, no se había fijado en Manuelito, y quedó confuso al oír sus palabras irónicas. Pero pronto, de la confusión pasó al enojo, y ciego de ira, sacó el facón de la cintura y se quiso abalanzar sobre el muchacho. Los presentes, demasiado cobardes para interponerse, creyeron, a pesar del valor que demostraba el chiquilín, que iba a ser éste el combate del tigre con el cordero.

El hombre del facón primero le quiso pegar un planazo en la cabeza, pero con sólo levantar la mano armada del cuchillito, Manuelito rechazó la daga con tanta fuerza, que tuvo que recular de un paso su agresor, y cuando éste volvió con el arma de punta para atravesarle el pecho, el cuchillito del muchacho se alargó solo de tal manera, que la punta entró en el brazo del matrero. Sintió el pinchazo y se hubiera vuelto furioso, si su prudencia instintiva y salvadora no le hubiera hecho adivinar en Manuelito un adversario temible: no se daba bien cuenta de cómo, con un arma tan corta, lo había podido alcanzar, pero justamente por esto, no se atrevía a acercársele mucho. Se hizo entonces el que lo tomaba todo a risa, y retirándose algo, para envainar el facón:

-Corajudo había sido el gallito -dijo.

-Como gallina había sido el gallo viejo -contestó el muchacho.

Sin querer haberlo oído, agregó el otro:

-Cosa de creer que es hijo mío.

-Cuando las gamas paran leones -replicó Manuelito.

Y quedó calladito el hombre del facón, mascando su vergüenza, hasta que como si quisiera tomar el fresco, se deslizó hasta el patio, despacito, y sin ruido, montó en su caballo y se mandó mudar.

Todos, ya que lo vieron irse, rodearon a Manuelito y le preguntaron qué le había querido decir al hablarle del rebenque perdido y de la daga torcida; y el muchacho les contó lo de la partida de policía, sin divulgar, por supuesto, quiénes habían sido los policianos. El cuento pronto corrió, y casi sufrió un eclipse total el prestigio del hombre del facón.

Al saber que había sido apaleado por los milicos  y que un muchacho se había atrevido a desafiarlo, ya nadie le tuvo miedo y cualquiera se creyó capaz de ponerlo a raya. En esto se apuraban quizá mucho, pues sucedió que una comisión de policía, habiéndolo querido prender, el hombre del facón mató a un soldado y puso a los demás en precipitada fuga, recuperando él, por lo tanto, parte de su fama.

Para recuperarla toda, pensó en deshacerse de una vez de Manuelito, el único que, cuando empezaba a pasarse y a ponerse chocante con la gente, lo supiera llamar a sosiego. Y siempre, en esos casos, encontraba por delante al muchacho, avisado de antemano por los geniecitos de la pradera.

Varias veces trató de herir al muchacho con el facón, pero recibió otros tantos tajos, y, ¡cosa rara!, los tajos iban haciéndose cada vez mayores, cada vez más visibles y más peligrosos. Ya llevaba en la cara dos o tres de los buenos, que lo habían puesto bastante feo, y seguramente, si porfiase, iba todo esto a acabar mal, como se lo había dejado entender Manuelito.

-¿Cómo diablos hará esa criatura para cortarme con su cuchillito cuando le tengo en el mismo pecho la punta de mi facón? -se preguntaba el matrero; y de rabia, quiso probar otra vez la suerte. Lo provocó al muchacho y se le cuadró en el mismo medio de una cancha de bochas, en piso firme y parejo; no había querido, ese día, tomar más que dos o tres copas de ginebra como para sólo puntearse un poco y avivar sus fuerzas y sus vivezas de gaucho peleador.

Manuelito no se hizo de rogar y se le puso de frente, con el cuchillo en la mano. El hombre del facón, de chiripá de paño y de blusa negra, se había arrollado el poncho en el brazo izquierdo; había levantado bien el ala del chambergo, y con la daga en la mano, culebreando el cuerpo y centelleándole los ojos, buscaba ya el sitio propicio para pegarle al muchacho la puñalada mortal que debía por fin quitar de su camino ese ridículo estorbo.

Manuelito, sereno, risueño, con la boina echada un poco atrás, bien plantado en sus alpargatas, de chiripá de algodón y de camiseta, sin poncho en el brazo, lo miraba al gaucho, esperando el envite. Fue tremenda la embestida: vino como relámpago, viboreando la hoja del facón y reluciendo, pero el chiquilín la evitó con un quite rápido: se echó a un lado, y acercándose al gaucho mientras se enderezaba, le alargó en el mismo segundo un puntazo que a través de los dobleces del poncho, hecho una espumadera, le pinchó fuerte el brazo, y un revés que le tajeó la mejilla izquierda.

No se quiso todavía dar por vencido el hombre del facón; volvió sobre el muchacho con la daga en ristre, y después de unas cuantas fintas, extendió el brazo en inflexible rigidez, echándose adelante para agregar a la fuerza del golpe todo el peso de su cuerpo. Manuelito no reculó, contentándose con presentar al agresor la punta de su arma; y la hoja del cuchillito, estirándose como pescuezo de mirasol, vino a herir al matrero en el mismo medio del pecho.

El tajo no era mortal, pero sí sugestivo, pues un centímetro más y no hubiera contado el cuento el que lo recibió. El hombre del facón cayó desmayado, perdiendo mucha sangre, lo llevaron adentro y quedó en asistencia más de un mes, durante el cual pensó mucho en Manuelito y en el cuchillito tan raro con el cual casi lo había muerto. Se levantó bien curado de la herida y casi también de su maña vieja de querer matar a todos.

Cualquier cuchillito ahora le infundía respeto, pues siempre creía que iba a verlo alargarse, sobre todo que, por una casualidad singular, cada vez que le daba por pasarse con la gente y por amenazar a alguno, siempre le sucedía algún contraste que lo obligaba a dejar en la vaina el facón. O se le volaba el sombrero, en el mejor momento, o se le iba del palenque el caballo ensillado, o se le desprendía el tirador o el chiripá, de modo que quedaba imposibilitado por un rato para pelear, y mientras tanto se le pasaba el arrebato.

Manuelito ya no necesitaba salir a su encuentro; su recuerdo bastaba para conservarlo manso al gaucho.

Una vez, y fue la última, éste sacó la daga para acometer a un hombre indefenso. Manuelito, justamente, llegaba a la pulpería. En un abrir y cerrar de ojos estuvo encima del agresor; cuando éste lo vio armado del cuchillito, retrocedió tan ligero que fue a dar con el cerco, donde la punta de un alambre cortado le rajó el chiripá y le lastimó las carnes. Al sentirse herido, se dejó caer al suelo, y llorando como un niño, imploró el perdón de Manuelito. Éste se contentó con quitarle el facón, y quebrándoselo en dos pedazos, dijo:

-Toma, que todavía te alcanza para cuchillo.

Desde entonces, se volvió humilde y manso el hombre del facón, tan manso, tan humilde, que cuando las madres dicen a sus hijos, para asustarlos: «¡Ya viene el hombre del facón!», se ríen los muchachos, y en vez de disparar, se golpean la boca.

lunes, 18 de febrero de 2019

El Alfajor, primitivo cuchillo criollo



El gaucho tuvo muchas armas; entre sus filos hubo un cuchillo que llamaba “alfajor”; así se encontró  hacia fines del 1700; este cuchillo derivaba del alfanje, sable corto y corvo de origen hispano-árabe, cuyo nombre original era al janyar (origen andalusí: "alxánjal" -xanjar significa puñal en árabe-). De ángulo curvo, parecido a la cimitarra y generalmente con filo por sólo un lado, el alfanje entró a España por la influencia musulmana (norafricana) que se dispersó por la Península Ibérica; los bereberes portaban la gumía bajo la faja, de ese cuchillo corvo norafricano deriva el alfanje; alfanjon llamaron los ibéricos al alfanje corto; ya tirando a cuchillo, este “alfajor” tenía filo completo del lado externo y contrafilo del interno, ya en estas pampas empezó a tener sus características propias, y es un ejemplo claro de la influencia árabe en América…

Gumía bereber

Alfanje hispanoárabe

Su posible semejanza con el corvo y su supuesto vínculo gestacional lo observa también don Benjamín Vicuña Mackenna, en su obra "La Guerra del Pacífico" de 1880, aclaración aparte, en mi opinar, tiene el alfajor y el corvo un origen común. "Consiste en una hoja pequeña ligeramente curva como los alfanjes moriscos, y ofrece sobre el puñal recto la ventaja de la defensa, porque en las riñas obra de cierta manera como broquel para parar los golpes. Por su forma es de mucho más difícil manejo que la daga recta, usada por nuestros campesinos del sur, pero los mineros aprenden su esgrima especial que requiere mucha más flexibilidad en la muñeca que vigor en el brazo".

Entonces no es difícil imaginar como este cuchillo conocido también como alfanjon, que en España era el diminutivo de alfanje o también una manera ibérica de llamar al cuchillo con forma de alfanje, muy similar a la gumía árabe y a la jambiya.

Ya Alonso de Ercilla en “la Araucana”, allá por el año 1589, cita en sus versos como los españoles portaban cuchillos alfanjados.

En el Canto IX, por ejemplo, se lee la alusión a los cuchillos curvos de la siguiente manera:

“También Angol, soberbio y esforzado,
su corvo y gran cuchillo en torno esgrime
hiere al joven Diego Oro y del pesado
golpe en la dura tierra el cuerpo imprime;
pero en esta sazón Juan de Alvarado
la furia de una punta le reprime,
que al tiempo que el furioso alfanje alzaba
por debajo del brazo le calaba.”

En el Canto X reaparece una asociación del cuchillo curvo, esta vez con relación al alfanje:

“Caupolicán, que estaba por juez puesto
mostrándose imparcial, discretamente
la furia de Orompello aplaca presto
con sabrosas palabras blandamente;
a así, no se altercando más sobre esto,
conforme a la postura, justamente,
a Leucotón, por más aventajado,
le fue ceñido el corvo alfanje al lado.”

En el Canto XXIX, aparece como arma asociada al alfanje:

“Las robustas personas adornadas
de fuertes petos dobles relevados,
escarcelas, brazales y celadas,
hasta el empeine de los pies armados;
mazas cortas de acero barreadas,
gruesos escudos de metal herrados,
y al lado izquierdo cada cual ceñido
un corvo y ancho alfanje guarnecido.”

Ahora más cerca a nuestras tierras, y a nuestros criollos, ya el alfajor aparece en escena; en la república oriental, allá por el año 1872, el escritor uruguayo Antonio Dionisio Lussich Griffo, hombre que cultivó la literatura gauchesca, pone en boca del gaucho Centurión en “Los tres gauchos orientales” los siguientes versos:

“Tengo en el dedo un anillo
de una cola de peludo,
pa peliar soy corajudo
y ande quiera desencillo
le enseño al gaucho más pillo
de cualquier modo a chuzíar,
y al mejor he de cortar
si se descuida un poquito,
le he de enterrar yo tuitito
mi alfajor hasta pasar.”

Y si nuestros gauchos vistearon con alfajor, obviamente también Juan Moreira, donde en la obra de Eduardo Gutiérrez (1878-1880), el protagonista dice: “En cuanto se ponga delante de mí lo voy a ensartar en el alfajor como quien ensarta en el asador un costillar de carnero flaco”

Ejemplares de estas armas hay en museos, con su respectiva historia y modelos, como por ejemplo en la leyenda presente bajo un cuchillo corvo que se encuentra en el Museo Polifacético Rocsen, de Cordoba, Argentina, que en referencia a la vestimenta del gaucho colonial, dice:  "...su arma era un cuchillo, al que llamaba alfajor, que calzaba adelante, en la cintura; esta denominación deriva de alfanje, una especie de sable corto y curvo, con un filo solamente por un lado, y por los dos en la punta; también usó un cuchillo largo y recto que llamó faca, de origen andaluz, y del cual deriva más adelante otro de hoja más ancha llamado facón..."

Fuentes de consulta:

Jorge Emilio Prina, Esgrima criolla, armas gauchas y otras yerbas, 2ª Edición, 2018.
Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, , Juan A. Alsina editor, Buenos Aires, 1890.
Antonio Dionisio Lussich Griffo, Los tres gauchos orientales (Imprenta de La Tribuna, 1872)
Eduardo Gutiérrez, Juan Moreira / 1880, Buenos Aires, N.Tommasi Editor.
Federico Corriente, Gramática Árabe.
Benjamín Vicuña Mackenna, "La Guerra del Pacífico" de 1880
Antonio de Ercilla, la araucana
Museo Polifacético Rocsen, Nono, Córdoba, Argentina.
Museo de Ciencias Naturales de La Plata.
Archivo Historico de La Provincia de Bs As.
http://moriscosygauchos.blogspot.com.ar/
www.esgrimaantigua.com
www.urbatoriom.blogspot.com