miércoles, 14 de noviembre de 2018

Caracteres, Costumbres y Tradición de los Primeros Gauchos



Del libro 'Folklore Bonaerense' (1883) escrito por Ventura Lynch.

Este gaucho, que puede decirse el descendiente de dos razas, la blanca y la cobriza, sentía correr por sus venas la ardiente sangre de los andaluces y la belicosa de los querandíes.

Les caracterizaba el color tostado o blanco acobrado, la cara rapada a la usanza de la época y el pelo largo y atado por detrás o trenzado a semejanza de los coyas.

Vestían los gauchos de aquel tiempo una chaqueta corta, larga muy poco más de la mitad de la espina dorsal, con cuello y solapas, blanca camisa, corbata o pañuelo a guisa de ella, chaleco muy abierto y prendido con dos botones casi sobre el esternón, dejando ver los caprichosos buches de la camisa entre él y el ceñidor.

Un pantalón hasta la rodilla, muy parecido al de los andaluces, con un entorchado a la altura del bolsillo y abotonado con cuatro ojales sobre la rodilla, destacaba un calzoncillo de hilo o de lienzo hasta el suelo, flecado y bordado de tablas.

Usaba botas de potro con sus correspondientes espuelas, cuchillo o navaja al cinto, su largo poncho o manteo que generalmente doblaba sobre el brazo y no abandonaba el rebenque, objeto indispensable para los que están habituados a vivir sobre el caballo. Su sombrero era muy parecido al de nuestros días, más alto, más cónico hacia la punta y con el ala más corta y estrecha.

Como los actuales, gastaba recao, bolas y lazo. Algunos lucían sus ricos aperos y la mayor parte manejaba el alfajor (cuchillo de regulares dimensiones) con destreza sin igual.

La música era la música de nuestros días, corrupción entonces de aires andaluces, que hoy está sumamente adulterada.

Cantaban la cifra, el cielo, el fandango y el fandanguillo, composiciones todas más parecidas a la jota, el bolero y otras muy vulgarizadas entonces y hoy en la Andalucía.

Ya el malambo comenzaba a servir de torneo o palenque, en donde el paisano iba a disputar su gloria como danzante.

El mate introducido del Paraguay, el churrasco y el cocido constituían los principales platos de su arte culinario.

Ya existían las yerras, las boleadas de avestruces y el salir a peludiar.

Aquella especie de gaucho era un gaucho cuyo tipo no volverá a existir. Valiente, atrevido y generoso, sacrificaba en aras de su lealtad hasta sus más sagradas afecciones.

Uno que otro malevo se hacía sentir de tiempo en tiempo y de trecho en trecho, pero su fama era bien pronto quebrada por las virtudes cívicas y la lealtad a toda prueba de sus contemporáneos. Este gaucho desaparece de la escena en 1831.

Sin embargo, nos legó una tradición. Los payadores, esos improvisados que empiezan a figurar en 1778, ya recorrían de un extremo a otro este Virreinato. Luchando unas veces en el rancho, otras bajo el ombú y las más en la pulpería, muchos de ellos llegaron a adquirir una fama tan sorprendente que hubo época de abandonar el gauchaje sus obligaciones para entregarse por completo al arte de payar.

En estas circunstancias fue cuando apareció Santos Vega. De triunfo en triunfo, marchando siempre de un punto a otro, pasó un día al Sud de esta Provincia. Era la única parte donde no era conocido. Llegó a una casa de negocio y después de pedir una mañanita, se retiró a un rincón con ánimo de descansar las fatigas de su viaje.

Un grupo de gauchos que allí copaba de lo lindo miró con desprecio la humildad del forastero. Entre ellos un negro altanero, mentao de malo y reconocido el primer payador de la comarca, viendo la actitud que guardaba aquel intruso, se propuso divertirse, divirtiendo a sus amigos.

Tomó la guitarra, preludió un cantar por cifra y le preguntó "quién era, de a'dónde venía y pa donde iba".

Dicen que Vega salió, tomó su guitarra que jamás faltaba en los tientos de su recao y volviendo a la enramada comenzó a cantar:

Yo soy Santos Vega
aquél de la larga fama...

Tres días y tres noches siguieron trovando aquellos dos payadores, hasta que al fin, habiendo entrado en un tema religioso, viéndose cercado el negro en sus últimos baluartes, estalló o reventó; porque el negro aquel había sido el mesmo diablo en persona.

Esta tradición se conserva intacta en nuestros días; pero al recorrer los pueblos del norte, se eclipsa la fama de Santos Vega, para ceder su puesto a Trillería.

Cuentan que Vega, después de vencer al diablo, pasó a esa región buscando con quién cantar. Llegó una noche a un baile donde estaba Trillería. Era éste un paisanito sencillo y nadie se ocupaba de él. Al hacer Santos Vega el reto que era de práctica, Trillería sintió arder la sangre en sus venas y arrancando una guitarra a los que estaban tocando, le contestó aceptando:

Venga esa mula
que yo me le he de afirmar.

La lucha fue viril y encarnizada. Dos días con sus noches sonó la cifra y en cada nota, cada armonía, iba una estrofa, un idilio donde brillaba el talento y la inteligencia de los payadores. Por fin, Santos Vega rompió su guitarra declarándose vencido.

Esta contra-tradición que ha invadido los pueblos del norte, ha sido inventada por los cordobeses, con ánimo de desvirtuar la tradición del gaucho porteño.

(Ventura Lynch, Folklore Bonaerense, págs 31-36, Colección Identidad Nacional, Secretaria de Cultura de la Nación, 1990).

miércoles, 17 de octubre de 2018

Esgrima Criolla - Mario A. López Osornio



Las trenzas, el lazo y la boleadora fueron objeto de un estudio minucioso, sólo me faltaba ahora para completar esa trilogía, tratar de bosquejar el estudio del uso y de la esgrima del cuchillo que, sin agregarle el aditamento de las observaciones efectuadas al resto de armas blancas utilizadas por el gaucho, no hubiera sido completo para el mayor conocimiento de nuestro folklore. Fue esa la causa por la cual le adicioné a esta obra, el aporte de varios capítulos referentes al rebenque, al poncho y a la chuza, con sus refraneros respectivos para que traten de darnos una idea no sólo de las armas que usaron nuestros hombres de cepa nativa, sino también, de la influencia que ejercieron en sus espíritus. (Mario A. López Osornio)

Compartimos un link para descarga gratuita de esta obra fundamental del arte de combate gaucho (click en el título):


sábado, 6 de octubre de 2018

¿Qué es la Identidad Nacional?



Es la identidad basada en el concepto de nación, es decir, el sentimiento de pertenencia a una colectividad histórico-cultural definido con características diversas, rasgos de cosmovisión definidos con mayor o menor localismo o universalismo (desde la cultura a la civilización), costumbres de interacción, organización social y política. La identificación con una nación suele suponer la asunción, con distintos tipos y grados de sentimiento (amor a lo propio, rechazo a lo ajeno, orgullo, etc…) de las formas concretas que esas características toman en ella. Suele tomar como referencia elementos explícitos tales como símbolos patrios, símbolos naturales y signos distintivos. Sólo la identidad nacional, arraigada en una cosmovisión determinante, puede ofrecer resistencia cultural al efervescente colonialismo mental posmoderno.

miércoles, 3 de octubre de 2018

El Duelo Criollo, una tradición de nuestro folklore...



La llamada esgrima criolla, que derivaba en el clásico duelo a cuchillo del gaucho, implicaba una técnica que no era definida en una escuela formal, como en el caso de la esgrima europea, sino que respondía a un criterio instintivo, desarrollado con el juego del “visteo” y una rara habilidad para dirigir los lances, desviar los golpes contrarios con quites o sacando el cuerpo para evitar un corte o la herida mortal. El visteo era un juego de niños que se practicaba, incluso, cuando se llegaba a la adultez. Era una preparación para la pelea con cuchillo, en la que se adquirían la velocidad de la vista y la habilidad para adivinar el destino del golpe contrario, y cómo evitarlo. Moviendo velozmente el cuerpo o efectuando un quite con rapidez. Se practicaba con palitos, con vainas vacías o, simplemente, “a dedo tiznao”, pasando el dedo por el fondo de una olla, con el objeto de “marcar” al contrario, preferiblemente en el rostro. Así se haría con el cuchillo, en caso necesario. El arma elegida para el duelo era el facón o la daga (muchas veces de hasta 70 centímetros de largo), pero eventualmente cualquier cuchillo servía, si la habilidad de quien lo empuñaba era suficiente. El duelo se desarrollaba en la “cancha“, un espacio limitado en el cual dos hombres se enfrentaban armados solamente con su cuchillo y algunas veces con el poncho enrollado en el antebrazo que no manejaba el arma. La habilidad consistía en dirigir los lances y esquivar los del contrario; realizar quites o “esquivar el bulto” sin demostrar temor y mucho menos cobardía. El duelo era ante todo, una cuestión de honor y de valentía. Una vez que había comenzado, el motivo que lo había provocado era secundario.

En el duelo criollo, todo estaba permitido: pisar al contrario y tratar de hacerle perder el equilibrio; tirarle tierra en el rostro a punta de cuchillo para menguar su visión, o dirigir un flecazo del poncho con idéntico fin, eran algunas de las tretas utilizadas. Como también “hacerle pisar el poncho” y provocar la caída del distraído. Un poncho enrollado en el brazo podía servir como escudo. Era lo más habitual y servía para “parar” o “abarajar” algunos golpes. Ponchos hechos jirones atestiguan su efectividad. Pero algunas veces se solía utilizar también el rebenque como arma secundaria. Un golpe dirigido a la cabeza del oponente, podía poner fin al enfrentamiento, en forma efectiva y sin derramar sangre. Hemos dicho que, en general, no se buscaba matar al contrario, sino “marcarlo”, preferentemente en el rostro. Una afrenta mayor, que podía enardecer a quien recibía el “benteveo”, al punto de decidir que únicamente la muerte del contrario podría salvar su honor. El amago era una táctica que intentaba confundir a oponente: se pretendía lanzar una estocada a un lugar, pero en realidad,  se la dirigía a otra zona del cuerpo. Y si  el contrario no advertía el engaño, un peligroso corte afloraba en su piel.

Las puñaladas recibían distinto nombres según la forma de dirigirlos o el lugar al que llegaban: “a punto alto”, o “barbijo”, era una cuchillada tirada al rostro. El vientre era una  zona buscada solamente cuando se pretendía matar al contrario. Un  lance muy difícil y peligroso, pues uno debía descuidar su propia guardia y estirarse para llegar a esa zona del oponente más protegida mediante el poncho, la posición ligeramente agazapada, y la presencia de la rastra, que oficiaba casi como un escudo metálico de esa parte del cuerpo. Pero cuando se lograba la  peligrosa y temida  puñalada que se conocía como  “la que baja las tripas”,  el efecto era contundente y definitivo, tal como lo grafica su propio nombre. Cabía también un golpe muy peligroso, dirigido a la cabeza, con toda la furia, de arriba hacia abajo: el golpe de hacha o “Dios te guarde”, nombre  que proviene de la esgrima española con espada, también así conocido. Un golpe parecido era “el planazo”, aunque en este caso solamente se intentaba atontar, o al menos humillar al contrincante, golpéandolo con los planos laterales de la hoja. Menos sangriento, pero igual de efectivo y contundente. Cada uno de estos lances o golpes, tenía su contrapartida. De un hábil y veloz “quite” y de la efectividad con la que se efectúe y el conocimiento de las reacciones del adversario, dependía la supervivencia del duelista.

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domingo, 30 de septiembre de 2018

Martín Fierro por Meglia

En 1982 la editorial Colecciones Célebres lanzó una edición del Martín Fierro compuesta por 20 fascículos semanales a todo color, con los que se integraba un tomo de 400 páginas y más de 300 ilustraciones interiores a cuyo cargo estuvo CARLOS ROUME, un maestro del género gauchesco e insuperable en el dibujo del caballo.
   Por su parte las tapas de los fascículos fueron ilustradas por CARLOS MEGLIA, quien por entonces tenía 25 años y si bien realizaba historietas para Italia desde 1977, no era todavía muy conocido a nivel local, como lo sería sí posteriormente por sus trabajos junto a Carlos Trillo. Compartimos la portada del número 7.