viernes, 28 de diciembre de 2018

El Gaucho



Sobre la base económica de la ganadería extensiva se gestó, desde los finales del siglo XVII en la Banda Oriental, en una amplia región de la Argentina y en Río Grande del Sur, una cultura peculiar del área, sustancialmente idéntica aunque en la misma se distinguieran modalidades locales. Esta cultura ganadera y ecuestre tradicional, generó un tipo humano y social similar, el gaucho de Uruguay y Argentina y el gaúcho de Río Grande del Sur.

La vida ecuestre, la alimentación carnívora, la ruda intemperie, los vientos tónicos del océano y de la pampa, le crían magro, duro y ágil. Unos sujetaban la cabellera con la vincha del indio, otros ponían sobre su suelta melena el sombrero panza de burro; todos usaban la bota de potro y el chiripá. El desierto y la soledad le hacen taciturno y silencioso (aunque según Atahualpa Yupanqui el experto puede distinguir el habla de gaucho de las llanuras del gaucho de las zonas montañosas "el primero habla como gritando para hacerse oír mejor en las distancias, el segundo habla con tono bajo para evitar avalanchas"). La libertad y la abundancia le hacen altivo, hospitalario y leal. Del conquistador recibe el caballo, el cuchillo y la guitarra; del indio el poncho, la vincha, el mate, y las boleadoras. Su lenguaje es mezcla de castellano arcaico, con elementos indígenas, a los que se agregan más tarde voces portuguesas y africanas.

Los gauchos son también grandes jinetes, excelentes en las prácticas ecuestres siendo en lo hípico sus deportes preferidos la jineteada gaucha y doma gaucha, el pato, las carreras cuadreras, la corrida de sortija, el juego de cañas, la cogoteada, la maroma, y la captura mediante boleadoras y lazo desde el caballo, también es frecuente el visteo (cuyo gerundio es vistiando) un simulacro de duelo criollo en el cual en lugar de facones (ya que no se busca herir ni matar a nadie en el visteo sino practicar una esgrima gaucha) se usan palos o trozos de caña tiznados. En el siglo XX han aparecido juegos gauchescos como la polka de la silla, el rastrín, el juego de los tachos y el ejercicio de las tropillas entabladas que de ser una práctica habitual ha pasado a ser una muestra de la destreza gaucha (el adjetivo "entablada" no significa que las cabalgaduras estén ceñidas por tablas o dispositivo parecido sino porque en el lenguaje gaucho tradicional se llama "tablada" o, coloquialmente "la tablada", a cualquier amplia zona de terreno rodeada de postes, "palos a pique" o "tablas" dentro de cuyo recinto se resguardan y crían a las tropillas de equinos).

A menudo el caballo de un gaucho constituía todo lo que este poseía en el mundo. Un gaucho sin flete (caballo) dejaba de ser gaucho, algo muy difícil ya que en el campo argentino abundan las caballadas.

Sus tareas eran básicamente trasladar el ganado vacuno entre los campos de pastoreo, o hasta sitios de mercado como el puerto de Buenos Aires. La yerra consiste en marcar a fuego con el signo del propietario del ganado vacuno. La doma de potros era otra de sus actividades habituales. El de domador era un oficio especialmente apreciado en toda la Argentina y se mantienen vigentes las competencias de doma en festivales.

La principal alimentación del gaucho era la carne vacuna asada, en primer lugar, y de caprino tanto como de ovino en segundo lugar, aunque el verdadero gaucho cocinaba casi cualquier carne si era menester. Las pocas carnes que tenía en calidad de tabú eran las de sus amigos incondicionales: el caballo, el perro e incluso el gato doméstico. Principalmente en el noroeste de la Argentina (aunque se encuentra difundido de diversas formas en casi todo el país), forma parte de la dieta el "locro", un guisado a base de maíz (u otro componente vegetal) con carne. La bebida alcohólica que mayormente consumían hasta fines de siglo XIX era la ginebra traída en importantes cantidades, y a precios accesibles entonces, principalmente desde Holanda.

Los gauchos tomaban también la infusión típica llamada mate, tradicionalmente preparada en una calabaza ahuecada sorbiendo la infusión mediante una bombilla. El agua para el mate se calienta (sin hervir) sobre fogones en un recipiente llamado pava o caldera (los dos nombres corresponden al mismo recipiente que recuerda a una tetera).

Solían reunirse en las pulperías, lugar de aprovisionamiento para el medio rural, donde se realizaban intercambios y se sociabilizaba. Allí se reunían los vecinos del pago y los viajeros de paso. Tomaban bebidas alcohólicas (caña quemada, ginebra, vino, aloja), jugaban a la taba y a las cartas (por ejemplo el truco), o entraban en diversos tipos de duelos incruentos como el malambo (originalmente competencia de zapateo entre hombres) y payadas al son de guitarras o carreras a caballo llamadas cuadreras, o "jineteadas" de destreza ecuestre (sortija, doma, pato, etcétera), ocasionalmente y por diversos motivos (los más usuales eran las cuestiones de honor, donde se ponían en juego el coraje y la hombría) se producían duelos criollos a faconazos, para esta eventualidad casi todos los gauchos frecuentemente se entrenaban utilizando, en lugar de facones, palos con la punta carbonizada; tal entrenamiento es también un juego llamado muchas veces "visteo" u "ojeo" ya que los contendientes tienen que predecir rápidamente, principalmente con la mirada, cómo atacará el adversario (ver: esgrima del cuchillo gaucho).

Además de expertos jinetes, arrieros, reseros y domadores (hasta inicios de siglo XIX era frecuente que los varones gauchos comenzaran a montar a caballo desde la temprana infancia), muchos gauchos se destacaron por el conocimiento del territorio y sus condiciones climáticas, a tal capacidad se le da el nombre (procedente de los marineros del s XVI) de "baquía" y se llama "baquianos" o "baqueanos" a los gauchos más expertos en "baquía", otra capacidad próxima a la baquía es la de "rastreador", un rastreador es aquel que puede seguir la huella o rastro de otro ser humano o de un animal por varias leguas, ambas cualidades han sido recordadas laudatoriamente por alguien que se declaraba enemigo de los gauchos: Domingo Faustino Sarmiento.

Muchos gauchos, en su mayoría categorizados por las autoridades de su época como "bandidos rurales", han pasado a recibir la devoción popular.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Marginalidad y Heroísmo Gaucho



Extraído del estudio sociológico “De bandido a héroe: el poder integrador del simbolismo gaucho en la Argentina”, de Figueroa-Dreher

La figura del gaucho presenta una gran similitud con lo que Eric Hobsbawn denomina el 'bandido social' (Hobsbawn, 1983 y 2003), una figura menos revolucionaria que participó de lo que este autor denomina la protesta modesta y no revolucionaria dentro de su respectiva sociedad

Según Hobsbawn, el equilibrio tradicional es alterado, particularmente, cuando las estructuras sociales tradicionales son amenazadas por el mundo moderno. Exactamente esta idea está presente en parte del simbolismo del fenómeno gaucho. Este, como fenómeno cultural argentino particular, es un bandido social que representa la cultura tradicional folclórica argentina, que lucha contra la modificación radical que conllevó la inclusión de medios modernos de explotación de la tierra a través de la migración masiva europea, la que modificó de una forma extrema su espacio vital. Sin embargo, característicamente, el bandido social no protesta contra el hecho de que, por ejemplo, los agricultores o los jornaleros sean pobres, sino contra el hecho de que a veces son superexplotados y extremadamente pobres. Incapaz de confrontar contra el poder del mundo nuevo y moderno, el gaucho pelea contra esta situación, frecuentemente por medio de acciones que desde la perspectiva moderna del poder se sitúan en la ilegalidad, como el asesinato, etcétera.

El 'buen bandido', visto desde la perspectiva de quienes se identifican con él, lucha exitosamente contra la injusticia feudal y el abuso de poder e incorpora la búsqueda de una solución ideal para los severos problemas sociales de la época. De este modo los bandidos, como figuras históricas, permiten a los 'ciudadanos civilizados' proyectar en una figura marginal los deseos e ideas que ellos mismos poseen. Con la ayuda del tipo del rebelde social, el criticismo puede ser formulado en un sistema específico de leyes y en un orden social. Las figuras gauchescas míticas y/o literarias, objetos de identificación social, como Martín Fierro, Juan Moreira y Santos Vega, son 'ladrones generosos' y héroes que confrontan a las autoridades injustas o corruptas. Ellos constituyen una parte importante del imaginario argentino y mantienen vivo el mito del gaucho dentro del mundo rural y urbano. Así, el gaucho simboliza la rebelión contra una clase política corrupta, y contra las injustas relaciones de propiedad y explotación, así como simboliza la libertad (muchas veces entendida como individualismo), el heroísmo y el sueño de justicia. Al mismo tiempo se activa la memoria de tiempos supuestamente mejores. Las características negativas de la figura marginal del gaucho -el no estar integrado a la sociedad, la criminalidad, etc.- son simbólicamente reinterpretadas como características positivas, tales como su heroísmo, su modestia y su desinterés por la riqueza, así como el hecho de que no puede ser corrompido. El héroe argentino, el gaucho, representa simbólicamente la rebelión de los ciudadanos argentinos en contra de la frecuente corrupción de la elite política y de las autoridades estatales.

En relación con el fenómeno del gaucho, una característica que lo torna símbolo colectivo vigente aun durante las reiteradas crisis sociales, económicas y políticas por las que atraviesa la Argentina es su carácter de figura prepolítica o apolítica, en el sentido de que no posee ambición de poder, y se mantiene más bien distante -podría decirse también independiente- de toda forma de representación y autoridad. El gaucho, en su carácter de figura simbólica no espera nada del poder  político y como vimos, definitivamente no es una figura con ambiciones revolucionarias aun cuando se rebela contra la autoridad en los casos en que ésta hace abuso de poder. En estos casos, el gaucho se rebela contra la injusticia, pero no contra un sistema injusto. Asimismo, la aceptación social de la figura ideal del gaucho se basa en su desinterés por la riqueza, la acumulación material y el ascenso social, lo cual le confiere autoridad al transformarlo en un personaje "auténtico", que guía su comportamiento de acuerdo con principios éticos que se mantienen intactos frente a todo tipo de transformaciones políticas, económicas y sociales. Es por ello que las crisis reafirman su condición de símbolo, ejemplo a seguir y figura identificatoria para los argentinos.

El símbolo del gaucho representa un existencialismo argentino particular y, al mismo tiempo, define y establece la cohesión social entre aquellas comunidades sociales y entre aquellos individuos vinculados con el mito del gaucho, partícipes de los rituales, o lectores de la literatura gauchesca y que se identifican con él. Simbólicamente, se establece una realidad cotidiana trascendente, un mundo contrapuesto al mundo injusto y corrupto de la vida cotidiana en la Argentina. Este mundo contrapuesto incluye ideas y virtudes representadas por la figura del gaucho, desempeñando éste de esa manera una función integradora para los actores individuales que se identifican con él. El símbolo del gaucho sirve, de esta forma, como un elemento de conexión dentro de la relación dialéctica entre individuo y sociedad.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Esgrima Criolla: Táctica, Astucia, Pasión



En el arte de combate de la esgrima criolla se combinan inseparables táctica, astucia y pasión.

De acuerdo a su definición, la táctica es un método determinado con el fin de lograr un objetivo. En cuanto arte de combate, la esgrima criolla posee métodos precisos a emplear como medios de acción frente al adversario. Si bien la táctica puede circunscribirse a determinados movimientos ofensivos y defensivos, tanto como el ataque y la defensa con los elementos de combate (facón y poncho), el objetivo es que cada combatiente genere su estilo propio en base a las tácticas aprendidas.

La astucia no es tanto la habilidad que debe poseer el combatiente para evitar los ataques contrarios, sino la capacidad de engaño al momento de realizar los movimientos que darán lugar a un ataque efectivo. De aquí las argucias típicas de que se sirvió el gaucho para los amagues, contraataques, etc.

En tanto que la pasión es el motor afectivo que desde el Ideal da impulso contundente a la bravura del luchador.

Táctica, astucia y pasión deben unificarse en la acción para que el esgrimista criollo sea un genuino y acabado representante de esta corajuda tradición.

(Federico Mustafa Alassino)

viernes, 23 de noviembre de 2018

El Cuchillo Flamenco


Por Guillermo Palombo



Las palabras tienen la singularidad de no pasar o morir con las ideas o cosas que expresan o representan, sino de sobrevivirlas por espacio de siglos, para desesperación de los filólogos, etimologistas e historiadores., y en este caso para los coleccionistas argentinos de cuchillos criollos.

La expresión “cuchillo flamenco” aparece en la poesía gauchesca. ¿Alude a la procedencia o al modelo?. ¿Cuál es el rasgo que lo diferenciaba de los demás cuchillos de la época?

Fue su cuna Flandes, y particularmente Malinas (Bélgica). Más, para poder desplegar el cuadro de su diversificación (tarea que ni remotamente emprenderé) convendría ajustarlo previamente al eje del proceso evolutivo que puede rastrearse en diversos documentos.

El conquistador Domingo Martínez de Irala que vino al Río de la Plata con Pedro de Mendoza, en carta al emperador Carlos V, fechada en Asunción el 2 de julio de 1557, le relata que para sus tratos con los indios fabricó cuchillos “amolados y encabados al modo de los que traen de Flandes”.

Casi dos siglos después, el Decreto de 8 de octubre de 1749, librado para concretar cuáles eran los cuchillos prohibidos por Bando del 29 de octubre del mismo año dictado en España por la Real Audiencia y Chancillería de Granada, aclara que los cuchillos flamencos eran de “nueva moda, que traían hasta aquí con vaina en la faldriguera, y son de muy aguda punta, y filo sutil, los cuales no se han de poder traer”. Moda reciente, habla por una parte de una generalización en su uso. Filo sutil y aguda punta, de las características de su hoja. Y el detalle sobre que se llevaban envainados y en la faltriquera, revela la modalidad de su portación.

Para juzgar la abundancia de su producción, basta con reparar que en una lista de productos introducidos en Buenos Aires ese mismo año de 1749 por cuenta y riesgo del marqués de Casa Madrid, según los registros del navío “Gran Poder de Dios”, se mencionan 25.000 docenas de “cuchillos flamencos ordinarios” y otras 400 docenas de “cuchillos flamencos” en 19 barricas.

La esclarecedora noticia de 1748 viene ahora a completarse con la que una década después suministra la Real Orden dada en Madrid el 1° de septiembre de 1760, que dispone:“Se prohíbe a toda la gente de mar, y a cualquiera otro pasajero que salte en tierra en los puertos el uso de cuchillos flamencos de que se sirven en sus maniobras y faenas a bordo en la embarcación. En los casos ejecutivos, y que no pueda ser hallado Escribano basten tres testigos para justificar la aprehensión del arma prohibida”.

Es decir que se limita su uso para las faenas realizadas a bordo de las embarcaciones, acaso en virtud de sus escasas dimensiones y corto peso que no estorbarían la movilidad de los marineros en su labor con velámenes y cabullería, aunque tampoco conozcamos la forma de la hoja, ni la empuñaduras, ni las dimensiones, ni si guardaron en general regla que los uniformara o al menos asimilase, No hay, que sepamos, ejemplar alguno en el Museo Naval de Madrid.

Debemos a dos estudiosos españoles, que han tomado como objeto de estudio a los clérigos homicidas en el siglo XVIII, haber analizado el proceso criminal seguido en 1774 contra Fray Pablo de San Benito en Sanlúcar de Barrameda, despechado pretendiente de la joven María Luisa Tassara. Cuando ésta salía de la iglesia, el fraile “metiendo la mano por debajo de su escapulario, sacó un cuchillo flamenco y le tiró con él una puñalada en la cara, con cuyo golpe cayó en el suelo” la nombrada y fue acometida a puñaladas. Así lo declaró un testigo. Y el Escribano de la causa, notario Baltasar Rizo, como era de estilo, dibujó el arma homicida (esto es, el cuchillo flamenco), en su contorno real, en el margen de una de las fojas del expediente. Por lo que fácil es determinar su tamaño real teniendo presente el tamaño standard del papel sellado de actuación judicial empleado. El Fiscal de la Real Audiencia de Sevilla, consideró que se trataba de un “arma prohibida” por las Pragmáticas. De modo que ya disponemos del dibujo “original”, certificado notarialmente, de un cuchillo flamenco del siglo XVIII.

Una Real Orden de 1° de junio de 1785 vedó el ingreso de tales cuchillos a España e Indias: “Se prohíbe en estos Reinos de Castilla la entrada y uso de cuchillos flamencos, concediéndose un año para que se consuman los existentes en ellos, y tres meses más para los que vengan navegando y se den las providencias, y auxilios necesarios a efecto de que se hagan en las fábricas de España con punta roma. Y los jueces de arribadas y administradores de Aduanas de los puertos habilitados de España e Indias, no permitan que pasado el año se embarquen para América ni Filipinas los expresados cuchillos flamencos, sin embargo de que estén habilitados en el Arancel primero del Reglamento de comercio libre de 12 de octubre de 1778, el cual queda revocado en este punto”.

Otra Real Orden de 2 de noviembre de 1787, remitiéndose a una anterior de 10 de septiembre de ese año, recordó que podían introducirse en España tanto hojas de espadas, espadines y cutoes como cuchillos de fábricas nacionales o extranjeras, “excepto los flamencos”.

Aproximadamente por esa fecha, el marino y naturalista guatemalteco Antonio de Pineda y Ramírez, al servicio de la Real Armada española, apuntó que en su visita a la zona rural de Montevideo observó que el “guazo” o “gauderio” vestía “una bota de medio pie, unas espuelas de latón de peso de dos o tres libras, que llaman nazarenas, un calzoncillo con fleco sueldo, un calzón de tripe azul o colorado, abierto hasta más arriba del muslo, que deja lucir el calzoncillo, de cuya cinta está preso el cuchillo flamenco...”

No obstante las disposiciones legales prohibitorias, desde mayo de 1801 se mencionan “cuchillos flamencos” entre los “efectos de Castilla” cuya cotizaciones se publican en el Telégrafo Mercantil de Buenos Aires.

Según el “Almanak mercantil” de Madrid, de 1802, “flamenco” se aplicaba a los cuchillos más ordinarios. Estos eran indistintamente del uso de mesa, de la casa o de faltriquera, pues llevaban como accesorio vaina; diferenciándose en ello de los restantes cuchillos de procedencia inglesa, sevillana, catalana, alemana o francesa, marca “del Pajarito” o de la fábrica, que se empleaban para picar carne y otros usos de la cocina.

Cuchillos flamencos se usaron durante las Invasiones Inglesas, y los portaron algunas de las primeras expediciones de los ejércitos patriotas. En España, un Decreto de las Cortes de 21 de mayo de 1823 dispuso que se admitirían a libre comercio “los cuchillos extranjeros conocidos con el nombre de flamencos, hasta que la industria nacional pueda proveer de este artículo a precios equitativos, pagando a su introducción un decreto de; veinte y cinco por ciento sobre el aforo de veinte reales docena”.

Queda así aclarado, creo, el misterio del “cuchillo flamenco”.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

Caracteres, Costumbres y Tradición de los Primeros Gauchos



Del libro 'Folklore Bonaerense' (1883) escrito por Ventura Lynch.

Este gaucho, que puede decirse el descendiente de dos razas, la blanca y la cobriza, sentía correr por sus venas la ardiente sangre de los andaluces y la belicosa de los querandíes.

Les caracterizaba el color tostado o blanco acobrado, la cara rapada a la usanza de la época y el pelo largo y atado por detrás o trenzado a semejanza de los coyas.

Vestían los gauchos de aquel tiempo una chaqueta corta, larga muy poco más de la mitad de la espina dorsal, con cuello y solapas, blanca camisa, corbata o pañuelo a guisa de ella, chaleco muy abierto y prendido con dos botones casi sobre el esternón, dejando ver los caprichosos buches de la camisa entre él y el ceñidor.

Un pantalón hasta la rodilla, muy parecido al de los andaluces, con un entorchado a la altura del bolsillo y abotonado con cuatro ojales sobre la rodilla, destacaba un calzoncillo de hilo o de lienzo hasta el suelo, flecado y bordado de tablas.

Usaba botas de potro con sus correspondientes espuelas, cuchillo o navaja al cinto, su largo poncho o manteo que generalmente doblaba sobre el brazo y no abandonaba el rebenque, objeto indispensable para los que están habituados a vivir sobre el caballo. Su sombrero era muy parecido al de nuestros días, más alto, más cónico hacia la punta y con el ala más corta y estrecha.

Como los actuales, gastaba recao, bolas y lazo. Algunos lucían sus ricos aperos y la mayor parte manejaba el alfajor (cuchillo de regulares dimensiones) con destreza sin igual.

La música era la música de nuestros días, corrupción entonces de aires andaluces, que hoy está sumamente adulterada.

Cantaban la cifra, el cielo, el fandango y el fandanguillo, composiciones todas más parecidas a la jota, el bolero y otras muy vulgarizadas entonces y hoy en la Andalucía.

Ya el malambo comenzaba a servir de torneo o palenque, en donde el paisano iba a disputar su gloria como danzante.

El mate introducido del Paraguay, el churrasco y el cocido constituían los principales platos de su arte culinario.

Ya existían las yerras, las boleadas de avestruces y el salir a peludiar.

Aquella especie de gaucho era un gaucho cuyo tipo no volverá a existir. Valiente, atrevido y generoso, sacrificaba en aras de su lealtad hasta sus más sagradas afecciones.

Uno que otro malevo se hacía sentir de tiempo en tiempo y de trecho en trecho, pero su fama era bien pronto quebrada por las virtudes cívicas y la lealtad a toda prueba de sus contemporáneos. Este gaucho desaparece de la escena en 1831.

Sin embargo, nos legó una tradición. Los payadores, esos improvisados que empiezan a figurar en 1778, ya recorrían de un extremo a otro este Virreinato. Luchando unas veces en el rancho, otras bajo el ombú y las más en la pulpería, muchos de ellos llegaron a adquirir una fama tan sorprendente que hubo época de abandonar el gauchaje sus obligaciones para entregarse por completo al arte de payar.

En estas circunstancias fue cuando apareció Santos Vega. De triunfo en triunfo, marchando siempre de un punto a otro, pasó un día al Sud de esta Provincia. Era la única parte donde no era conocido. Llegó a una casa de negocio y después de pedir una mañanita, se retiró a un rincón con ánimo de descansar las fatigas de su viaje.

Un grupo de gauchos que allí copaba de lo lindo miró con desprecio la humildad del forastero. Entre ellos un negro altanero, mentao de malo y reconocido el primer payador de la comarca, viendo la actitud que guardaba aquel intruso, se propuso divertirse, divirtiendo a sus amigos.

Tomó la guitarra, preludió un cantar por cifra y le preguntó "quién era, de a'dónde venía y pa donde iba".

Dicen que Vega salió, tomó su guitarra que jamás faltaba en los tientos de su recao y volviendo a la enramada comenzó a cantar:

Yo soy Santos Vega
aquél de la larga fama...

Tres días y tres noches siguieron trovando aquellos dos payadores, hasta que al fin, habiendo entrado en un tema religioso, viéndose cercado el negro en sus últimos baluartes, estalló o reventó; porque el negro aquel había sido el mesmo diablo en persona.

Esta tradición se conserva intacta en nuestros días; pero al recorrer los pueblos del norte, se eclipsa la fama de Santos Vega, para ceder su puesto a Trillería.

Cuentan que Vega, después de vencer al diablo, pasó a esa región buscando con quién cantar. Llegó una noche a un baile donde estaba Trillería. Era éste un paisanito sencillo y nadie se ocupaba de él. Al hacer Santos Vega el reto que era de práctica, Trillería sintió arder la sangre en sus venas y arrancando una guitarra a los que estaban tocando, le contestó aceptando:

Venga esa mula
que yo me le he de afirmar.

La lucha fue viril y encarnizada. Dos días con sus noches sonó la cifra y en cada nota, cada armonía, iba una estrofa, un idilio donde brillaba el talento y la inteligencia de los payadores. Por fin, Santos Vega rompió su guitarra declarándose vencido.

Esta contra-tradición que ha invadido los pueblos del norte, ha sido inventada por los cordobeses, con ánimo de desvirtuar la tradición del gaucho porteño.

(Ventura Lynch, Folklore Bonaerense, págs 31-36, Colección Identidad Nacional, Secretaria de Cultura de la Nación, 1990).

miércoles, 17 de octubre de 2018

Esgrima Criolla - Mario A. López Osornio



Las trenzas, el lazo y la boleadora fueron objeto de un estudio minucioso, sólo me faltaba ahora para completar esa trilogía, tratar de bosquejar el estudio del uso y de la esgrima del cuchillo que, sin agregarle el aditamento de las observaciones efectuadas al resto de armas blancas utilizadas por el gaucho, no hubiera sido completo para el mayor conocimiento de nuestro folklore. Fue esa la causa por la cual le adicioné a esta obra, el aporte de varios capítulos referentes al rebenque, al poncho y a la chuza, con sus refraneros respectivos para que traten de darnos una idea no sólo de las armas que usaron nuestros hombres de cepa nativa, sino también, de la influencia que ejercieron en sus espíritus. (Mario A. López Osornio)

Compartimos un link para descarga gratuita de esta obra fundamental del arte de combate gaucho (click en el título):


sábado, 6 de octubre de 2018

¿Qué es la Identidad Nacional?



Es la identidad basada en el concepto de nación, es decir, el sentimiento de pertenencia a una colectividad histórico-cultural definido con características diversas, rasgos de cosmovisión definidos con mayor o menor localismo o universalismo (desde la cultura a la civilización), costumbres de interacción, organización social y política. La identificación con una nación suele suponer la asunción, con distintos tipos y grados de sentimiento (amor a lo propio, rechazo a lo ajeno, orgullo, etc…) de las formas concretas que esas características toman en ella. Suele tomar como referencia elementos explícitos tales como símbolos patrios, símbolos naturales y signos distintivos. Sólo la identidad nacional, arraigada en una cosmovisión determinante, puede ofrecer resistencia cultural al efervescente colonialismo mental posmoderno.

miércoles, 3 de octubre de 2018

El Duelo Criollo, una tradición de nuestro folklore...



La llamada esgrima criolla, que derivaba en el clásico duelo a cuchillo del gaucho, implicaba una técnica que no era definida en una escuela formal, como en el caso de la esgrima europea, sino que respondía a un criterio instintivo, desarrollado con el juego del “visteo” y una rara habilidad para dirigir los lances, desviar los golpes contrarios con quites o sacando el cuerpo para evitar un corte o la herida mortal. El visteo era un juego de niños que se practicaba, incluso, cuando se llegaba a la adultez. Era una preparación para la pelea con cuchillo, en la que se adquirían la velocidad de la vista y la habilidad para adivinar el destino del golpe contrario, y cómo evitarlo. Moviendo velozmente el cuerpo o efectuando un quite con rapidez. Se practicaba con palitos, con vainas vacías o, simplemente, “a dedo tiznao”, pasando el dedo por el fondo de una olla, con el objeto de “marcar” al contrario, preferiblemente en el rostro. Así se haría con el cuchillo, en caso necesario. El arma elegida para el duelo era el facón o la daga (muchas veces de hasta 70 centímetros de largo), pero eventualmente cualquier cuchillo servía, si la habilidad de quien lo empuñaba era suficiente. El duelo se desarrollaba en la “cancha“, un espacio limitado en el cual dos hombres se enfrentaban armados solamente con su cuchillo y algunas veces con el poncho enrollado en el antebrazo que no manejaba el arma. La habilidad consistía en dirigir los lances y esquivar los del contrario; realizar quites o “esquivar el bulto” sin demostrar temor y mucho menos cobardía. El duelo era ante todo, una cuestión de honor y de valentía. Una vez que había comenzado, el motivo que lo había provocado era secundario.

En el duelo criollo, todo estaba permitido: pisar al contrario y tratar de hacerle perder el equilibrio; tirarle tierra en el rostro a punta de cuchillo para menguar su visión, o dirigir un flecazo del poncho con idéntico fin, eran algunas de las tretas utilizadas. Como también “hacerle pisar el poncho” y provocar la caída del distraído. Un poncho enrollado en el brazo podía servir como escudo. Era lo más habitual y servía para “parar” o “abarajar” algunos golpes. Ponchos hechos jirones atestiguan su efectividad. Pero algunas veces se solía utilizar también el rebenque como arma secundaria. Un golpe dirigido a la cabeza del oponente, podía poner fin al enfrentamiento, en forma efectiva y sin derramar sangre. Hemos dicho que, en general, no se buscaba matar al contrario, sino “marcarlo”, preferentemente en el rostro. Una afrenta mayor, que podía enardecer a quien recibía el “benteveo”, al punto de decidir que únicamente la muerte del contrario podría salvar su honor. El amago era una táctica que intentaba confundir a oponente: se pretendía lanzar una estocada a un lugar, pero en realidad,  se la dirigía a otra zona del cuerpo. Y si  el contrario no advertía el engaño, un peligroso corte afloraba en su piel.

Las puñaladas recibían distinto nombres según la forma de dirigirlos o el lugar al que llegaban: “a punto alto”, o “barbijo”, era una cuchillada tirada al rostro. El vientre era una  zona buscada solamente cuando se pretendía matar al contrario. Un  lance muy difícil y peligroso, pues uno debía descuidar su propia guardia y estirarse para llegar a esa zona del oponente más protegida mediante el poncho, la posición ligeramente agazapada, y la presencia de la rastra, que oficiaba casi como un escudo metálico de esa parte del cuerpo. Pero cuando se lograba la  peligrosa y temida  puñalada que se conocía como  “la que baja las tripas”,  el efecto era contundente y definitivo, tal como lo grafica su propio nombre. Cabía también un golpe muy peligroso, dirigido a la cabeza, con toda la furia, de arriba hacia abajo: el golpe de hacha o “Dios te guarde”, nombre  que proviene de la esgrima española con espada, también así conocido. Un golpe parecido era “el planazo”, aunque en este caso solamente se intentaba atontar, o al menos humillar al contrincante, golpéandolo con los planos laterales de la hoja. Menos sangriento, pero igual de efectivo y contundente. Cada uno de estos lances o golpes, tenía su contrapartida. De un hábil y veloz “quite” y de la efectividad con la que se efectúe y el conocimiento de las reacciones del adversario, dependía la supervivencia del duelista.

Herederos de Fierro - Contactos


domingo, 30 de septiembre de 2018

Martín Fierro por Meglia

En 1982 la editorial Colecciones Célebres lanzó una edición del Martín Fierro compuesta por 20 fascículos semanales a todo color, con los que se integraba un tomo de 400 páginas y más de 300 ilustraciones interiores a cuyo cargo estuvo CARLOS ROUME, un maestro del género gauchesco e insuperable en el dibujo del caballo.
   Por su parte las tapas de los fascículos fueron ilustradas por CARLOS MEGLIA, quien por entonces tenía 25 años y si bien realizaba historietas para Italia desde 1977, no era todavía muy conocido a nivel local, como lo sería sí posteriormente por sus trabajos junto a Carlos Trillo. Compartimos la portada del número 7.



Esgrima Criolla Rosario

Entrenamos los lunes a las 18hs en el centro de la tradición El Hornero, J.M. de Rosas 1147, Rosario, Santa Fe.

sábado, 29 de septiembre de 2018

De Fierro...


Tradición y Tradicionalistas



Hay cosas en las que nuestro espíritu deposita cargas de afecto. Nos emocionan, nos satisfacen, nos atraen nos resultan cómodas, nos entretienen; según el grado de fervor y lo que sean. Estas cosas son las que elegimos de entre las muchas que hemos heredado y es común observar que los hombres se aficionan o apegan a su idioma, a ciertas ideas, danzas, costumbres, modos, etc.

La “tradición” incluye todas las cosas que heredamos de nuestros mayores, pero nosotros queremos referirnos sólo a las que movilizan el espíritu y engendran actividades, esto es, al conjunto de cosas heredadas que han merecido nuestro afecto. Todas las cosas tradicionales se trasmiten de persona a persona por cualquier medio; son cosas de hombres. Las personas que desarrollan inclinaciones afectivas por esa selección de bienes antiguos y por su ambiente reciben el nombre de tradicionalistas.

No todos son o pueden ser tradicionalistas. La condición de tradicionalista requiere una aptitud pasiva especial, mezcla de amor, de tendencias, de educación, de orientación, y una capacidad de exaltación y militancia cuando advierte que su patrimonio afectivo está amenazado por tendencias opuestas o simplemente por un ritmo de progreso más vivo y eficaz. Pero el tradicionalista produce además una nota muy suya: su amor se extiende también al ambiente en que funcionan sus cosas; a la tierra, a los árboles, al río, a la montaña, al caballo y a otros animales, en fin al contorno natural que condiciona el género de vida que añora y prefiere.

Más allá de las cosas mismas y de los grupos sociales, el tradicionalista busca el personaje de antaño que, al vitalizar su patrimonio, definió un modo de ser, pensar y hacer. En la Argentina los tradicionalistas han elegido, a modo de símbolo, un tipo rural: el gaucho. O, de modo más general, los tipos rurales de las diversas regiones del país. Pero el gaucho significa para casi todos un ideal de vida y de conducta. Sobre la base del admirado jinete de la llanura los tradicionalistas han creado el hombre que cada uno quisiera ser, el hombre que todos quisieran ver en cada uno, pues aunque los verdaderos no fueron todos modelos de virtud –ni era posible-, se puede admitir que en sus buenos tiempos los más de ellos fueron hábiles, generosos, buenos cristianos, dignos, honrados y valientes, y las mujeres, piadosas, sufridas, trabajadoras, fieles esposas y madres ejemplares. Por eso, en un impulso de identificación, muchos tradicionalistas usan ocasionalmente algunas prendas del vestuario gaucho, se deleitan con sus platos y con el mate, recitan –y hasta escriben- prosas y versos gauchescos, tocan la guitarra y cantan, bailan, y actúan entre paredes urbanas decoradas con escenas rurales.

La creación del modelo es un acto espontáneo de voluntad colectiva aceptado sin examen por las generaciones de tradicionalistas, y así se reproduce en el orden privado, la premeditada ejemplaridad de los próceres históricos que con carácter formativo difunde la docencia oficial.

Hemos explicado que los tradicionalistas son ciudadanos sensibles que vuelcan su afecto de modo espontáneo sobre las cosas de sus mayores y suyas propias. Son propensos, y se exaltan cuando notan que las pierden. Los tradicionalistas proceden como por intuición de propietarios, y distinguen los bienes folklóricos antes que la Ciencia del folklore aparezca discriminando, definiendo y aclarando.

Los tradicionalistas somos, en nuestro hacer, los continuadores del ejercicio de las pautas culturales heredadas del gaucho, arquetipo de la nacionalidad argentina y de quien se desprenden las más auténticas manifestaciones de la verdadera cultura nacional argentina.

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