viernes, 23 de noviembre de 2018

El Cuchillo Flamenco


Por Guillermo Palombo



Las palabras tienen la singularidad de no pasar o morir con las ideas o cosas que expresan o representan, sino de sobrevivirlas por espacio de siglos, para desesperación de los filólogos, etimologistas e historiadores., y en este caso para los coleccionistas argentinos de cuchillos criollos.

La expresión “cuchillo flamenco” aparece en la poesía gauchesca. ¿Alude a la procedencia o al modelo?. ¿Cuál es el rasgo que lo diferenciaba de los demás cuchillos de la época?

Fue su cuna Flandes, y particularmente Malinas (Bélgica). Más, para poder desplegar el cuadro de su diversificación (tarea que ni remotamente emprenderé) convendría ajustarlo previamente al eje del proceso evolutivo que puede rastrearse en diversos documentos.

El conquistador Domingo Martínez de Irala que vino al Río de la Plata con Pedro de Mendoza, en carta al emperador Carlos V, fechada en Asunción el 2 de julio de 1557, le relata que para sus tratos con los indios fabricó cuchillos “amolados y encabados al modo de los que traen de Flandes”.

Casi dos siglos después, el Decreto de 8 de octubre de 1749, librado para concretar cuáles eran los cuchillos prohibidos por Bando del 29 de octubre del mismo año dictado en España por la Real Audiencia y Chancillería de Granada, aclara que los cuchillos flamencos eran de “nueva moda, que traían hasta aquí con vaina en la faldriguera, y son de muy aguda punta, y filo sutil, los cuales no se han de poder traer”. Moda reciente, habla por una parte de una generalización en su uso. Filo sutil y aguda punta, de las características de su hoja. Y el detalle sobre que se llevaban envainados y en la faltriquera, revela la modalidad de su portación.

Para juzgar la abundancia de su producción, basta con reparar que en una lista de productos introducidos en Buenos Aires ese mismo año de 1749 por cuenta y riesgo del marqués de Casa Madrid, según los registros del navío “Gran Poder de Dios”, se mencionan 25.000 docenas de “cuchillos flamencos ordinarios” y otras 400 docenas de “cuchillos flamencos” en 19 barricas.

La esclarecedora noticia de 1748 viene ahora a completarse con la que una década después suministra la Real Orden dada en Madrid el 1° de septiembre de 1760, que dispone:“Se prohíbe a toda la gente de mar, y a cualquiera otro pasajero que salte en tierra en los puertos el uso de cuchillos flamencos de que se sirven en sus maniobras y faenas a bordo en la embarcación. En los casos ejecutivos, y que no pueda ser hallado Escribano basten tres testigos para justificar la aprehensión del arma prohibida”.

Es decir que se limita su uso para las faenas realizadas a bordo de las embarcaciones, acaso en virtud de sus escasas dimensiones y corto peso que no estorbarían la movilidad de los marineros en su labor con velámenes y cabullería, aunque tampoco conozcamos la forma de la hoja, ni la empuñaduras, ni las dimensiones, ni si guardaron en general regla que los uniformara o al menos asimilase, No hay, que sepamos, ejemplar alguno en el Museo Naval de Madrid.

Debemos a dos estudiosos españoles, que han tomado como objeto de estudio a los clérigos homicidas en el siglo XVIII, haber analizado el proceso criminal seguido en 1774 contra Fray Pablo de San Benito en Sanlúcar de Barrameda, despechado pretendiente de la joven María Luisa Tassara. Cuando ésta salía de la iglesia, el fraile “metiendo la mano por debajo de su escapulario, sacó un cuchillo flamenco y le tiró con él una puñalada en la cara, con cuyo golpe cayó en el suelo” la nombrada y fue acometida a puñaladas. Así lo declaró un testigo. Y el Escribano de la causa, notario Baltasar Rizo, como era de estilo, dibujó el arma homicida (esto es, el cuchillo flamenco), en su contorno real, en el margen de una de las fojas del expediente. Por lo que fácil es determinar su tamaño real teniendo presente el tamaño standard del papel sellado de actuación judicial empleado. El Fiscal de la Real Audiencia de Sevilla, consideró que se trataba de un “arma prohibida” por las Pragmáticas. De modo que ya disponemos del dibujo “original”, certificado notarialmente, de un cuchillo flamenco del siglo XVIII.

Una Real Orden de 1° de junio de 1785 vedó el ingreso de tales cuchillos a España e Indias: “Se prohíbe en estos Reinos de Castilla la entrada y uso de cuchillos flamencos, concediéndose un año para que se consuman los existentes en ellos, y tres meses más para los que vengan navegando y se den las providencias, y auxilios necesarios a efecto de que se hagan en las fábricas de España con punta roma. Y los jueces de arribadas y administradores de Aduanas de los puertos habilitados de España e Indias, no permitan que pasado el año se embarquen para América ni Filipinas los expresados cuchillos flamencos, sin embargo de que estén habilitados en el Arancel primero del Reglamento de comercio libre de 12 de octubre de 1778, el cual queda revocado en este punto”.

Otra Real Orden de 2 de noviembre de 1787, remitiéndose a una anterior de 10 de septiembre de ese año, recordó que podían introducirse en España tanto hojas de espadas, espadines y cutoes como cuchillos de fábricas nacionales o extranjeras, “excepto los flamencos”.

Aproximadamente por esa fecha, el marino y naturalista guatemalteco Antonio de Pineda y Ramírez, al servicio de la Real Armada española, apuntó que en su visita a la zona rural de Montevideo observó que el “guazo” o “gauderio” vestía “una bota de medio pie, unas espuelas de latón de peso de dos o tres libras, que llaman nazarenas, un calzoncillo con fleco sueldo, un calzón de tripe azul o colorado, abierto hasta más arriba del muslo, que deja lucir el calzoncillo, de cuya cinta está preso el cuchillo flamenco...”

No obstante las disposiciones legales prohibitorias, desde mayo de 1801 se mencionan “cuchillos flamencos” entre los “efectos de Castilla” cuya cotizaciones se publican en el Telégrafo Mercantil de Buenos Aires.

Según el “Almanak mercantil” de Madrid, de 1802, “flamenco” se aplicaba a los cuchillos más ordinarios. Estos eran indistintamente del uso de mesa, de la casa o de faltriquera, pues llevaban como accesorio vaina; diferenciándose en ello de los restantes cuchillos de procedencia inglesa, sevillana, catalana, alemana o francesa, marca “del Pajarito” o de la fábrica, que se empleaban para picar carne y otros usos de la cocina.

Cuchillos flamencos se usaron durante las Invasiones Inglesas, y los portaron algunas de las primeras expediciones de los ejércitos patriotas. En España, un Decreto de las Cortes de 21 de mayo de 1823 dispuso que se admitirían a libre comercio “los cuchillos extranjeros conocidos con el nombre de flamencos, hasta que la industria nacional pueda proveer de este artículo a precios equitativos, pagando a su introducción un decreto de; veinte y cinco por ciento sobre el aforo de veinte reales docena”.

Queda así aclarado, creo, el misterio del “cuchillo flamenco”.


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