martes, 29 de enero de 2019

Presencia morisca en el Río de la Plata: Baquiano, un enigma con historia



Fragmentos de una investigación llevada a cabo por la escritora argentina María Elvira Sagarzazu y publicada en la revista virtual Sharq al-Andalus, 18 (2003-2007), pp. 113-129.

Resumen: La voz baquiano, muy difundida en el Río de la Plata y también en Venezuela desde los inicios de la colonización hispánica, se halla construida sobre un étimo árabe y ha permanecido ausente del castellano de España. El presente trabajo relaciona la implantación y vigencia del término en los territorios coloniales a la presencia de moriscos a los que, si bien la legislación prohibía el ingreso, hay documentos que prueban su presencia, como así también razonables indicios de entradas clandestinas. Destacamos el origen y extensión del uso de baquiano en relación a su portador habitual en Argentina, que suele ser un gaucho en quien otras pautas de filiación hispanoárabe habían sido ya detectadas.

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Sostiene Corominas que baquiano procede de baqiya, voz que en árabe significa "el resto, lo que queda", y que con tal significado aparece usada en 1555 por Fernández de Oviedo (Historia general y natural de Indias). La obra había sido comenzada en 1534. Entre ambas fechas, Gutiérrez de Santa Clara también emplea baquiano en 1544. Juan de Guzmán da cuenta de ella en 1586, creyéndola propia de Santo Domingo. El Padre Acosta, en 1590, la anota como procedente de Cuba y Haití. El Inca Garcilaso dice que se usaba en las islas de Barlovento (J. Corominas y J. A. Pascual, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, vol. I, p. 493).

De lo anterior se desprende una primera conclusión, y es que el término empieza a difundirse en la región del Caribe, precisamente donde comenzara la colonización española. Otro dato a tener presente es que ni Corominas ni los demás autores citados lo consideran indígena, hecho que orienta nuestra atención hacia quienes pudieron haber introducido en América una palabra que no formaba parte del castellano empleado por la mayoría de los españoles en el siglo XVI.

Por otro lado, no pervivió esta voz en los territorios caribeños con el vigor que alcanzó -y que conserva- en Venezuela y en el Río de la Plata, por lo que intentaremos explicar qué factores pudieron haber contribuido a la difusión alcanzada en estas tierras.

De los colonizadores venidos de España, sabido es que el grupo más numeroso procedió de Andalucía, la región cuyo pasado nombre, Al Ándalus, fue el dado por los árabes a todo el territorio peninsular conquistado por ellos a partir de 711.

Tanto en Argentina como en Venezuela, se denomina baquianos a los conocedores del terreno en que realizan sus actividades. Son peones a quienes su propio modo de vida, rural, obliga a desplazarse de un lado a otro, arreando ganado, guiándolo hacia otras estancias, o conduciéndolo con cualquier otro objeto hacia destinos a veces muy alejados del sitio donde se asienta normalmente el rodeo.

Ahora bien, este sentido de conocedor práctico, de guía, que la voz conlleva, no guarda aparente relación con la raíz árabe que apunta al remanente de algo; ha de hollarse más fino para llegar al punto donde el significado del étimo árabe empalma con el de conocedor. Personalizando la idea de remanente y expresándola como los que quedan, se visualiza el recorrido de las nociones que contribuyeron a la génesis semántica de la voz, ya que es remanente hace referencia a una presencia humana sometida a la acción del tiempo como condición necesaria para adquirir experiencia del terreno. La palabra resume la conexión existente entre permanecer en un lugar y llegar a conocerlo, exactamente lo que convierte a un peón en baquiano.

El término refleja, pues, una realidad, cual era que, entre los colonizadores españoles que quedaban de la primera hora, se encontraban algunos que habían alcanzado un particular dominio del hábitat en que residían. De esto y de las fechas en que aparece el vocablo escrito, se infiere que los primeros baquianos fueron españoles -y aquí español no alude a origen étnico o cultural sino al hecho de venir de España-. Y ha de tratarse de un español afincado desde el principio de la conquista, de los que no regresó a la metrópoli, como lo hacían otros que, por curiosidad o necesidad momentánea, probaban suerte en América pero tras algún desengaño regresaban a su patria.

El hecho de que exista un ejemplar humano determinado a permanecer en las colonias cualquiera fueran las condiciones imperantes en ellas, dice lo suyo a propósito del carácter o la urgencia del candidato. Los mejor dispuestos a tolerar los inconvenientes de la vida en las colonias serían aquellos cuyo presente tampoco era fácil en España. Afirma Domínguez Ortiz que venir a América "para el europeo normal se presentaba como una empresa muy costosa y arriesgada, que sólo intentarían aventureros, perseguidos políticos y religiosos y otras categorías excepcionales".

La adversidad económica suele vencerse con alguna facilidad, basta dar con un nicho laboral, descubriendo las oportunidades rentables o exitosas de cada época. Las condiciones sociales adversas, sin embargo, pueden ser consecuencia de varios factores y no se superan fácilmente cuando no requieren, para ser superadas, cambios de actitud que a menudo afectan a más de un aspecto de la existencia, tal como les ocurre a los desplazados sociales por el motivo que sea.

Son conocidas las condiciones en que quedó la comunidad musulmana española a partir de 1502 y del edicto restrictivo de 1526 dictado contra ella por Carlos V. En la España de aquel siglo y el siguiente, los moriscos resultaron la minoría más perjudicada a medida que iba haciéndose efectivo el cumplimiento de las medidas que ponían fin al estatuto jurídico que había regulado la vida de sus antepasados, garantizándoles la práctica del Islam y demás tradiciones comunitarias.

La cancelación jurídica de la comunidad musulmana no significó la desaparición total de sus miembros sino su conversión, exilio o emigración hacia otros territorios. La huida tuvo como destinos preferidos -de quienes se mantuvieron en su fe tradicional- al Norte de África y algunos puntos de la Turquía otomana. Poco se ha investigado, en cambio, el éxodo por goteo de los otros moriscos mejor cristianizados, que regresaron a España un tiempo después de su expulsión y casi nada se sabe de los que vinieron a América no por motivos religiosos sino para superar el estigma social de descender de prohibidos.

De lo anterior podría concluirse superficialmente que acaso hubiera muy pocos moriscos en el Nuevo Mundo, si no fuera porque más de dos décadas de relevamientos sistemáticos de la presencia morisca en Sudamérica permiten afirmar lo contrario, pero debe explicarse qué hizo posible la invisibilidad del morisco en el nuevo mundo. Vamos a enumerar por lo menos cuatro aspectos que han contribuido a enmascarar la presencia morisca en el medio hispanoamericano. Son ellos: 1) la inmigración ilegal, muy frecuente, 2) la pobreza de informes y procesos a moriscos incoados por la Inquisición novomundana, 3) el escaso número de criptomusulmanes entre los moriscos que llegaron, y 4) la falta de idoneidad de quienes debían detectar las herejías, entre las que figuraba el criptoislamismo.

La sociedad americana, a diferencia de la peninsular, creció sin que llegara a la mayoría un perfil nítido del morisco; nunca se aclaró en estas latitudes que un sector de la sociedad española había sido musulmán; posiblemente fue algo más conocido el caso de los judíos. De todas maneras, no es razonable conjeturar que las autoridades coloniales fueran a dar explicaciones a propósito de la minoría morisca y su situación contemporánea, lo que significó un silencio total a propósito de los moriscos en el medio americano. La Iglesia era la encargada de trabajar por la unidad confesional de todos los súbditos de la Corona española, y la Inquisición de encausarlos si había dudas, quejas o delaciones sobre la conducta de los pobladores, pero la realidad morisca, el pasado que unos y otros querían dejar atrás, no tuvo por qué constituir una cuestión preocupante para ninguna de las partes involucradas en una disputa que jamás fue sino residual en América.

Esta indiferencia frente al problema morisco en el Nuevo Mundo no debe interpretarse como resultado de una ausencia total de descendientes de aquella comunidad. Tampoco como que la sociedad colonial hubiera cambiado de código al extremo de equiparar socialmente a cristianos viejos y conversos. El comportamiento menos persecutorio de las autoridades en América hacia los descendientes de moros se entiende como parte de un expreso mandato de la Corona, y por el ajuste a las nuevas condiciones de vida que los venidos de España, en su conjunto, debían enfrentar en el Nuevo Mundo. Frente a las costumbres completamente desconocidas que volcaban la vertiente indígena -y también los negros- en la sociedad colonial, los conversos eran apenas otro modo de ser hispánico que hacían que las diferencias entre ellos y los cristianos perdieran volumen y prioridad. Este nuevo diseño social, donde los conversos dejaban de ser el grupo hostil, sería un importante paso hacia la confusión de raíces que impediría en adelante a los criollos descendientes de moriscos comprender o recordar su origen. Claro que, en el caso de que individualmente hubieran llegado a recuperar la memoria de su origen, tampoco podían publicarlo, pues descender de conversos (es decir, de moriscos) no solo informaba sino que, al estar prohibida su residencia en las Indias, era dato que incriminaba instantáneamente.

Desde la perspectiva del morisco, la imposibilidad de revelar el origen en el Nuevo Mundo hizo que sus propios hijos ignoraran los vínculos que los unían a sus antepasados en España, con lo que pasaría al olvido toda la historia de la adscripción al Islam y su posterior ilegalización. Pero, desde la perspectiva cristianovieja, si bien en América la inquina contra los conversos no alcanza la gravedad que suele tener en España, sí se trasladó la conciencia de quién es quién, motivo por el que el patriciado mantuvo distancia frente a los conversos.

Otro aspecto negativo del quién es quién quedaría reflejado en que, al momento de cuajar la separación de clases, los miembros de la clase baja hispánica quedarían difusamente asociados a una condición moral dudosa. Es esa sospecha la que el padre Furlong quiere desactivar, dignificando a quienes, sin embargo, las propias autoridades seguían viendo como próximos al delito por su propio origen, y sin que la ilicitud en cuestión fuera resultado de otra cosa que de la adscripción a una comunidad marginalizada por motivos religiosos y políticos.

El término cafre resume localmente lo que podría reflejar el origen de la base popular argentina. ¿Qué es un cafre sino un cualquiera, de baja cuna? Pero lo que cafre encierra en su étimo árabe es el motivo por el que la cuna no es buena: cafre es un infiel. Cafre en su raíz conserva la memoria islámica de desvalorizar al otro por no ser de la misma fe. Desde el punto de vista del descendiente de moriscos, cafre sería el indio, pero para las autoridades, cafres eran los españoles de la otra vereda, los ex infieles. ¿Y quiénes fueron los últimos sospechados de infidelidad en la España que ya había expulsado a los judíos? Los moriscos y sus descendientes.
El sentido de la coyuntura es fundamental para comprender los caminos seguidos por los moriscos cuando se les cancela la posibilidad de ser miembros de su colectivo, que hace que la comunidad originaria deje de servirles de referente y refugio.

La deslegitimación del colectivo trajo como consecuencia sumir a los moriscos en una dudosa condición que les permitía continuar siendo españoles al tiempo que les exigía dejar de ser musulmanes. En esto último, sin embargo, descansaba la identidad de un morisco, de modo que el haber recibido el bautismo, sin desearlo, nunca pudo convertirlo en el cristiano que exteriormente debía ser.

El morisco cristianizado no pudo menos que ser un individuo desdoblado, uno por dentro, otro por fuera. Ahora bien, ¿no es esta condición, de reunir en uno mismo, un ser y un parecer que no conjugan, la que obliga a conductas ladinas? Por ese camino, ladino llega a ser un verdadero sambenito social que resume en el Río de la Plata la conducta de aquél en quien no se debe confiar, porque no es lo que parece.

La tacha social que suponía llevar sangre prohibida bien pudo dejar en sus descendientes conversos características que la mayoría se los españoles de origen cristiano acabaron resumiendo en el infamante ladino que cumple en América la función denigradora que el origen ya no puede hacerlo porque se había perdido rastro de él, o mejor dicho, memoria de él. Si un capitán no sabe a quién transporta en su navío, si el registro de pasajeros a Indias omite nombres, ¿quién podría señalar con certeza a un morisco en las colonias? (...una circunstancia capaz de facilitar el paso de moriscos a las colonias de América se infiere de la siguiente práctica: "las naves destinadas al Brasil y al Río de la Plata paraban en Canarias". Estas islas habían quedado como la única porción del territorio español de la que los moriscos no fueron expulsados. Sólo los avisados sabían que venir de las islas Canarias e ingresar indocumentado era casi sinónimo de converso).

Pero frente a este anonimato étnico, en la Argentina ha sido una constante atribuir, por un lado, un origen humilde, cuando no rayano en la marginalidad, a la primitiva población de origen hispánico, y a la vez, destacar la nobleza y dignidad del criollo nacido de esa misma gente. Aunque un pasado libre de tachas pudo figurar entre las preocupaciones de los individuos comprometidos con el proceso independentista, no hubo aquí fuerte hincapié en la limpieza de la sangre, como se encargaría de reflejar, ya en plena madurez republicana, el dicho popular "todos venimos... de los barcos". Sobre este interrogante como telón de fondo, proyectaría ocasionalmente su sombra la idea subyacente de un origen dudoso.

Toda esta cuestión, a nuestro juicio, es resultado de la supervivencia del marco ideológico de las propias autoridades coloniales españolas, que procedían o estaban aliadas al sector que detentaba el poder, los cristianos viejos. Estos funcionarios no podían ver con buenos ojos la presencia de esos otros españoles que emigraban de España. Tampoco podían identificarlos con certeza puesto que llegaban con nombres cristianos y luego de cumplir con los requisitos de limpieza de sangre, algo que no debe confundirse con no llevar efectivamente sangre prohibida, pues también estos certificados se falsificaban.

En América, los desposeídos de vieja data, los peones la gente sin propiedades -sin bienes ni raíces valga el juego de palabras- constituye la cantera donde hallar a los descendientes de moriscos, toda vez que el rechazo religioso asume, en las colonias, la forma de desposeimiento material y la ausencia de pasado. Y esas mismas condiciones reiteradas a lo largo de siglos acabarían construyendo la mentalidad propia de un grupo particular, compuesto por peones, gauchos y trabajadores rurales, gente de escasos recursos y excluidos casi siempre de las posibilidades de ascenso social. Dentro de este grupo se encuentra el baquiano.

El baquiano desempeña tareas aprendidas de manera práctica; un refrán local dice "para hacerse baquiano hay que perderse alguna vez".

A medida de que fueron ingresando las camadas de nuevos colonizadores, encontraron a otros que les habían precedido, bien afincados pero sin más capital que el conocimiento de la tierra, conocimiento que el baquiano no podía utilizar en beneficio propio, pues nunca fue -ni es- terrateniente. Son los terratenientes los que comenzarán a emplear a los baquianos como peones.

Cabe preguntarse por qué el baquiano no es dueño de la tierra que conoce mejor que su patrón. En la respuesta intervienen las disposiciones de la legislación colonial. El reparto de la tierra conquistada era resorte de la autoridad colonial, del gobierno, fundamentalmente en manos de los cristianos viejos. Era adjudicada en forma gratuita como pago de servicios y favores a la Corona, motivo por el que iba a parar a manos de gente de cierta alcurnia. El baquiano, por el contrario, fue siempre un sujeto sin contactos en el funcionariado, ajeno al mundo oficial y a los estamentos superiores de la sociedad colonial. Era, sigue siendo, un hombre de campo alejado de las autoridades y quizá poco afecto a ellas en el pasado, cuando se sentía más seguro viviendo perdido en una estancia que en la ciudad, "símbolo del dominio hispano y del triunfo del Cristianismo" y donde podía ser observado por sus vecinos de otras costumbres, o llamar la atención de allegados a la Iglesia, la Curia o a la Inquisición.

El perfil económico y social del baquiano era el de un desheredado, circunstancia que comparte con el morisco peninsular. El parentesco se refuerza al destacar que, en los territorios rioplatenses, este ejemplar social conserva la tradición semita de no consumir carne porcina. El rechazo al cerdo quedaría como la señal de adscripción al Islam por antonomasia, y a ella se apegaron con firmeza los moriscos. De modo que la existencia de igual práctica en suelo americano no puede adjudicarse a los cristianos viejos, sino a los moriscos.

El empleo de una raíz árabe podría indicar que, entre quienes componían la peonada colonial, fueran o no baquianos, abundaba gente con un léxico particular, diferenciado del de sus primeros patrones godos y todavía en condiciones de crear algún término sobre étimos no siempre de origen latino. Porque pasa lo mismo con argelar, una voz desconocida en España que significa fastidiar y procede del árabe ar-riyl, el pie, por extensión también una enfermedad del vaso de los caballos que los pone molestos.

Lo que estamos sugiriendo es que los introductores de baquiano podrían haber sido peninsulares que no hubiesen perdido totalmente el contacto con su primitiva lengua, aunque hiciera variable tiempo que la hubiesen abandonado, según vinieran de Castilla, de Aragón, de Valencia, o de Magacela.

Pero, sobre todo en lo tocante a la lengua, el arraigo afectivo a ella cuenta, y es lo que hace que sus hablantes conserven giros o voces sueltas por mucho tiempo aunque ya no se comuniquen a diario en ella. Es lo que ha sucedido con el castellano de los descendientes de moriscos radicados en Túnez, quienes con el afán de conservar una identidad cultural distinta de la local, recurrieron al empleo esporádico de voces hispánicas cuando el español ya no era de uso cotidiano. El mismo tipo de fenómeno, pero al revés -empleo de voces árabes en el castellano- podría explicar la presencia de esos arabismos en suelo sudamericano, arabismos que aparecen relacionados a las ocupaciones por excelencia de los moriscos en América, tareas rurales, especialmente de arriería, medio en que perviven por igual argelado y baquiano.

Merece atención otro aspecto de baquiano, la confusión ortográfica que a menudo suscita incluso entre personas ilustradas, porque cuando esto sucede, es señal de desorientación lingüística. No es raro verlo escrito vaqueano, por asociación con vacuno, tipo de ganado que conforma el grueso de la ganadería argentina.

La ganadería en Argentina sigue tradicionalmente en la cría de bovinos y, en menor medida, de ganado lanar. En ese esquema no es secundario señalar que el gaucho, mano de obra por excelencia en ese medio, rehúye la cría del cerdo: sencillamente no lo hace. Este animal que consumían los cristianos viejos, se conservó allá donde los cuidadores, los peones, tenían origen indígena, como sucede en la zona andina, pero desaparece en las grandes estancias donde el trabajo queda a cargo de criollos de origen peninsular. Así ocurrió en la cuenca cisplatina, desde Río Grande do Sul hasta el sur pampeano. Y así desapareció prácticamente el cerdo de la mesa argentina, al punto de perderse a nivel popular el tocino. Esa preparación vuelve al léxico argentino -más que a la gastronomía- con los inmigrantes italianos del siglo XIX, como lo refleja la denominación vigente: el italianismo panceta.

Los criollos de las colonias no tuvieron conciencia de haram (lo ilícito según la ley islámica), porque tampoco serían musulmanes, sino más bien descendientes de conversos, según denotan estos rasgos que apuntan a una arabidad que sobrevive a una desislamización del acervo moro. Pero la contaminación de vaca sufrido por baquiano acaba añadiendo una última connotación indirectamente relacionada con el tabú islámico.

A manera de conclusión y como señala Bernabé Pons: "Empieza a ser un lugar clásico en la historiografía referida a los moriscos el hacer notar que existe una enorme diferencia entre la atención prestada a éstos mientras permanecieron en el territorio peninsular y la que han merecido una vez que abandonan España". Cabe agregar que esta merma de atención, sin embrago, todavía hace referencia a los estudios realizados sobre los moriscos radicados en el Magreb y Turquía, y es una situación privilegiada si la comparamos con lo que ocurre con los vestigios moriscos en América, donde la tarea pendiente es grande, sin conseguir la debida atención académica ni una apropiada cobertura institucional.

jueves, 24 de enero de 2019

Un poco de historia...


La esgrima criolla existe desde hace tiempo, ya hablaremos de eso, pero desde cuando tiene este nombre, "Esgrima Criolla", bueno si recabamos en la historia, la primera aparición con ese nombre se la debemos Horacio Quiroga, quien en 1906 realiza una muestra fotográfica para la revista Caras y caretas, llamada, exactamente Esgrima Criolla.

El nombre no fue usado anteriormente por José Hernández, ni por Ricardo Gutiérrez en su “Juan Moreira”, ni por Pepe Podesta en su Circo criollo, para que tenga un nombre propio esta disciplina, necesito un por qué…

Situémonos en el momento dos clases sociales bien definidas, Horacio Quiroga era un “cogotudo” o joven de la clase alta, pero conoció el interior, se enamoró de nuestras tierras y tradiciones, asi mantuvo una fidelidad, admirador de la pelea a cuchillo que vio en el litoral, sabiendo que Horacio desde joven, como todo “Muchacho de buena familia”, practico la esgrima clásica, como hacia semanalmente, su amigo, Leopoldo Lugones, en el Círculo Militar.

Encontró la manera de fusionar, dar respeto y bautizar una disciplina que hasta ahora se llamaba vistear, ojear, y… duelo criollo (enfrentamientos violentos informales llamados también “lances” o “riñas) y el “duelo entre caballeros”, que bien sabemos, no es lo mismo.

La nota no salió publicada en “El Hogar”, la revista consagrada por la alta sociedad de entonces, se publicó en la más popular Caras y Caretas. Entonces, encontramos la adecuación de una práctica deportiva y social prestigiosa convirtiéndola en criolla, mediatizándola desde magazine “Caras y Caretas”, mediatizándola adaptándola a otra clase social que no practicaba habitualmente, ni naturalmente ese deporte. Criollo sería creemos el término de clase social alta y privilegiada al momento de decidir qué deporte era prestigioso, criollo para delinear el color local de las viejas familias tradicionales frente a los nuevos pobladores inmigrados. Esgrima criolla, para socializar/ nivelar/ igualar/ asimilar/ integrar la esgrima a los lectores no criollos posibles de Caras y Caretas. Esgrima criolla a caballo entre una práctica social/ deportiva respetable, criolla porque buscaría simbolizar una práctica propia de las familias bien posicionadas socialmente por su viejo arraigo a la tierra frente a los nuevos pobladores inmigrados.

¿Qué hace allí Horacio Quiroga? No encontramos entonces antecedentes de escritores posando en algo que no sea su propia representación. Aquí no se lo identifica. Es simplemente un modelo para una clase, es “el esgrimista de la daga”. El escritor esta borrado, no importa su identidad, importa lo que pueda aportar a uno de sus medios de trabajo, como un trabajador más de Caras y Caretas, postura a la que abogaba ya en aquellos primeros años de profesionalización del ejercicio de la escritura. No parece importarle que lo filien con una práctica obligada para la gente bien, se desenvuelve menos pautado por las obligaciones y más decidido con el placer, y con plegarse a apoyar un proyecto editorial que lo publica y Caras y Caretas lo reconoce como exponente de la cultura desde el lugar que ya sabía ocupaba: la de semanario que se constituye un nuevo intermediario cultural y Horacio Quiroga se presenta como un nuevo intermediario cultural en un medio nuevo con un recurso nuevo y desde un lugar nuevo.

Más adelante, ya se plasma esta identidad, siendo usada esta denominación de Esgrima Criolla, hasta quedar plasmada en el excelente trabajo, de Mario Lopez Osornio “Esgrima Criolla, cuchillo, rebenque, poncho y Chuza” editado en 1942.

Y los últimos libros que hablan sobre esgrima criolla son “Esgrima Criolla, armas gauchas y otras yerbas…” de Jorge E. Prina, editado en el año 2014, y el libro “Esgrima Maleva, Buenos Aires del 900” de Alejandro Fuertes, editado en el 2016, como vemos esta joven disciplina de combate, va documentándose y creciendo poco a poco…

En conclusión podemos decir que la esgrima criolla recibió su nombre a inicios del 1900, pero ya estaba crecidita!!!, combatió en la independencia, como guerras gauchas, se batió a duelos criollos durante un siglo, por honor, o por coraje, reconocida por famosos visitantes a nuestras tierras, como Charles Darwin, y respetado hasta por sus detractores internos como el nefasto Sarmiento, admirada hasta en matreros como Moreira, símbolos de la tradición, entonado en nuestra más santa poesía, como el Martin Fierro, hoy día está más que presente, pero eso es para otro post.

Fuente:http://esgrimacriolla.blogspot.com/2017/02/esgrima-criolla-documentando.html

domingo, 20 de enero de 2019

Nuestro Litoral, Cuna del Gaucherío Primitivo



El 15 de noviembre de 1573 Juan de Garay fundó Santa Fe (la vieja), sobre la barranca occidental del río de los Quiloazas, hoy en día río San Javier (en Cayastá). Apenas funda la ciudad, divide sus terrenos, dando los mejores y más grandes a los españoles peninsulares (los nacidos en España), y reparte los cargos políticos, como los puestos de alcalde y alguacil mayor, entre los españoles, dejando fuera de estos a los criollos, conocidos también como mancebos de la tierra, mestizos hijos de madres guaraníes y de padres españoles nacidos en Asunción, lo que produce cada vez más resentimiento a estos hijos de la tierra americana. El Cabildo estaba formado mayoritariamente por españoles, llamados también “buenos vecinos” ya que habían ayudado a equipar a los mancebos con armas y caballos para la larga travesía con arreos desde Asunción.

Cuando Juan de Garay parte a fundar Buenos Aires en 1580, deja al mando como Teniente de Gobernador, al flamenco Simón Xaque, un hombre que se decía que no conocía los territorios que gobernaba. Esto sumó mucho descontento entre los mancebos, a lo que se sumó el reclamo de Gonzalo de Abreu, gobernador de Tucumán, que afirmaba que Santa Fe era parte de su gobernación, y ofrecería su apoyo a la causa de los criollos de Santa Fe.

Sin embargo, la mayor parte de los hombres que llegaron con Garay en 1573 eran “mancebos”, jóvenes criollos y mestizos, que legalmente no podían manejar armas de fuego, aunque luego el mismo Garay compró 53 arcabuces para armar a los que no tenían uno y estaban desprovistos de derechos políticos. A causa de las necesidades sociales, el trabajo de cría del ganado en las chacras vecinas y la defensa de la ciudad contra los indígenas, pronto obtuvieron algunos derechos, pero sin recibir ningún avance en lo político y en lo social.

Según consigna el Dr. Bernardo Alemán en sus “Camperadas”, el origen de este personaje nacional se remonta a las primeras vaquerías realizadas en los campos costeros de la provincia de Santa Fe, años después del descontento por aquellos acontecimientos que costaron la vida a los 7 jefes del motín, como escarmiento para los mestizos.

En una carta de Hernandarias de 1617, siendo gobernador de Santa Fe, consta lo siguiente: “He puesto en orden a las vaquerías de las que vivía mucha gente perdida que tenía librado su sustento en el campo...atenderán por el hambre y la necesidad a hacer chácaras y servir poniéndose a oficio a que he forzado y obligado a muchos mozos perdidos poniéndolos de mi mano a ello...”

Según Emilio Coni -continúa Alemán-, dichos “mozos perdidos”, serían los antecesores de los primeros gauchos. Y la citada carta es "la primera referencia documentada de este tipo americano y especialmente argentino", sobre el que tanto se ha escrito.

Por las expresiones del gobernador de Santa Fe se nota que no gozaban del aprecio de las autoridades, ni de los habitantes de la primitiva ciudad capital, pero se los necesitaba pues eran imprescindibles en las tareas de las vaquerías. Nadie como ellos para hacer correr de a caballo en el campo tras el ganado durante días sin cansarse, durmiendo al raso, comiendo sólo carne, y tomando sólo mate amargo.

Según estas referencias documentales y otras por el estilo, al parecer, las vaquerías habrían sido la primera escuela gaucha, en donde se forjó este prototipo de caballero andante que recorrió durante siglos nuestras llanuras, montes y sierras, al trote y al galope de su inseparable caballo criollo.

Demás está decir que, seguramente, Hernandarias fracasó en su intento de poner en oficio a estos mozos perdidos.

Vacunos alzados

La vaquería consistía en la tarea de dar caza a los animales vacunos alzados y vueltos al estado salvaje. Sin querer pecar de presuntuosos ni pretender el monopolio del origen del gaucho para Santa Fe, he aquí que las primeras vaquerías ocurrieron precisamente en esta provincia.
Un acta del Cabildo santafesino dice que el valle Calchaquí se encontraba poblado de estancias y ganados a principios del Siglo XVII, y a raíz de una peste ocurrida en 1604, dichas estancias se vieron abandonadas por sus cuidadores y el ganado se alzó esparciéndose por todo el valle.

Sería este, pues, "el primer ganado alzado en el Río de la Plata", no hay otra referencia documental anterior. Por consiguiente las primeras vaquerías tienen que haber ocurrido en dicho valle, región que se extendía al norte y al oeste de la primitiva ciudad, entre los ríos Salado al oeste y el Paraná al este, formaba así un gran triángulo con vértice en las juntas de ambos ríos y base que se perdía al norte en los confines del Gran Chaco, territorio de abipones.

Además de las vaquerías, los santafesinos se ejercitaron en la escuela gaucha de las boleadas de baguales o yeguarizos alzados de las mismas estancias abandonadas.

Para estas boleadas, se convocaba a un número determinado de jinetes y se salía en busca de las manadas salvajes, sabiendo de antemano dónde tenían sus pastaderos. Una vez encontrados, se tendía un cerco alrededor de las mismas, el que se iba estrechando hasta estar a tiro de bolas, y cada jinete podía seleccionar el de su gusto, según pelaje y estampa.

Sin querer pecar de presuntuosos ni pretender el monopolio del origen del gaucho, he aquí que las primeras vaquerías ocurrieron en esta provincia.

Las vaquerías

Es muy posible que la peste mencionada se tratara de carbunclo o grano malo, que ataca primero al ganado, ya sea yeguarizo o lanar, para transmitirse luego con mucha facilidad al hombre. Al no existir en aquél entonces cómo contrarrestar esa terrible enfermedad, se optaba por abandonar al campo refugiándose en los poblados y ciudades.

El ganado que se alzó en las estancias santafesinas del Valle, dio origen a las primeras vaquerías del Río de la Plata. Según el destino que tuvieran las reses que se agarraban, las vaquerías podían ser de “recoger y aquerenciar” o de “cuerear y sebear”. Las primeras consistían en reunir ganado alzado para traerlo nuevamente a las estancias y rondarlo durante varios días hasta que se aquerenciara, y una vez logrado este objetivo se procedía a marcarlo. En el segundo caso, el objetivo era extraerles el cuero y el sebo para su posterior comercialización.

sábado, 12 de enero de 2019

Retrato de un Héroe Criollo: Ángel Vicente Peñaloza



“Pocos habrá, quizá,  que conozcan una existencia extraordinaria, como la de este caudillo valiente, generoso y caballeresco, que ha sido actor en las escenas más notables  del drama de nuestras luchas civiles (…)
         Peñaloza, puede decirse muy bien, que ha sido durante su azarosa vida, una propiedad de la Patria y sus amigos. Era una de aquellas almas inspiradas sólo en el bien de los demás, uno de aquellos corazones que no conocen jamás el odio, el rencor, la venganza ni el miedo.”       (José Hernández)

         La provincia de La Rioja tiene dos hijos de inconfundible personalidad, de contextura moral extraordinaria, de abnegada actuación, con trascendencia nacional, de genuina representación de la idiosincrasia y características del ambiente, a quienes no falta, para la grandeza de su consagración póstuma, ni siquiera el sello de la tragedia: nos referimos al brigadier general don Juan Facundo Quiroga y al general don Ángel Vicente Peñaloza.

Cuenta Valdés, en sus “Tradiciones riojanas”, que Peñaloza, más conocido por el apodo de El Chacho, con que ha pasado a la historia, era un joven sin ninguna instrucción, pero simpático y bonachón. Su natural buena inclinación y los consejos -y más que éstos, los altos ejemplos de virtud que le dio su tío, el cura Peñaloza- formaron en él una conciencia recta y honrada. Los acontecimientos de la época lo sacaron de la vida tranquila que llevaba en aquel oscuro y casi desconocido rincón de su nacimiento -Guaja, pequeña población de los Llanos, donde viera la luz en 1798- y lo arrojaron a la carrera de las armas, con gran pesar de su tío, que quería para él la del sacerdocio.

Valiente sin petulancia, generoso hasta la prodigalidad, pronto se vio rodeado de amigos agradecidos que lo querían y respetaban, como al Dios tutelar de sus lares. Prudente y ecuánime, intervenía como conciliador en las rencillas de sus vecinos, poniendo término a sus diferencias y conformando -muchas veces a su costa- a una de sus partes, con una compensación muy superior al valor de lo que se pretendía. Discreto y reservado, hablaba muy poco y sólo cuando era necesario. Y fue tal su ascendiente en aquellas comarcas de su primera figuración, que su opinión era ley que debía observarse y su consejo fallo que debía ejecutarse. Con profunda atención y admirable paciencia, escuchaba las razones que los contendientes le presentaban; y al cabo de un rato de meditación, con la vista fija en el suelo, donde había estado dibujando numerosas marcas o haciendo garabatos (sin importancia ni relación con la cuestión), levantaba los ojos, miraba tranquilamente a uno y a otro litigante y decía: “Se me hace que esto debe ser así...”

Y había tal lógica en aquellas pocas y sencillas palabras, tal fondo de verdad y justicia, que no era dable rectificarlas. Es que en esta manifestación de parecer que exponía El Chacho, en el idioma propio del paisano, no campeaba el formulismo del juez de paz y la verdad convencía a los litigantes.

Peñaloza fue uno de los hombres de Quiroga. Fue su ayudante. Y le acompañó en sus más bravas campañas. En La Tablada, arremetió a la artillería de Paz y salió entre el humo de la pólvora con un cañón enlazado. Con Quiroga labró su perfil heroico. De él tomo su táctica, la de las marchas asombrosas y los ataques sorpresivos. Pero nada de arrebatos ni furores. En esto, fue su antítesis.

Con la muerte de Quiroga, Peñaloza quedó con entera libertad de obrar a su antojo. Su calidad de segundo jefe lo puso al frente del ejército que aquel organizara; de modo que tenía a su disposición y bajo sus inmediatas órdenes toda la fuerza armada de la provincia. Por otra parte, no había autoridad superior a la suya, porque su antecesor dio a entender a las creadas por él, que nada debía hacerse sin llevar el sello de su suprema aprobación y este precedente regía. Bien pudo, pues, el Chacho, continuar este orden de cosas, pero sentía en su alma los ecos de una dolorosa experiencia que le advertía la necesidad de reaccionar y cedió a ellos, cambiando el rumbo de la política imperante.

De tal forma, el Chacho -llamémoslo así, con el nombre familiar y querido por el pueblo- representó, por su bondad ingénita, por su estoicismo, por su honradez y su lealtad, las virtudes tradicionales del medio riojano, sin que pueda imputársele, en toda su larga actuación, un solo acto que disminuya la jerarquía y pureza de sus sentimientos. Pasajes recogidos por sus propios adversarios y vivos en los documentos, en el recuerdo y en la emoción del pueblo -como el tratado de la Banderita- bastara consagrar su vida y ofrecerla cono ejemplo de generosidad y de humanidad. Sabemos que no quería nada para sí: todo era para su tropa y para sus amigos, ‘los muchachos’, que lo acompañaban y de los cuales consiguió el asombroso prodigio de reunir diez mil hombres que lo seguían, sin preguntarle jamás dónde los llevaba ni contra quién; y que al carecer de artillería, fabricaban cañones de cuero y madera, que servían con piedra en lugar de metralla...

Evocamos hoy al héroe llanista como colaborador y continuador de la obra federalista de Quiroga, llevando su abnegación y su sinceridad hasta el sacrificio de Olta, para poner término a la cruenta guerra civil.

Lo evocamos en su figura severa y mansa, con sus ojos azules, profundos y penetrantes, y la frente abierta bajo el remolino de los cabellos entrecanos, como agitados por soplos de tempestades y en parte aprisionados por la vincha de los galopes heroicos.

Lo seguimos en su carrera fantástica, cuando el viento fresco de la mañana crepitaba en el fleco de su poncho y el rocío del alba ponía brillazones de plata en el casco de su caballería gaucha; lo seguimos en su galopar legendario por los Llanos de la Rioja, desde Atiles, desde Malanzan, por todos los caminos del noroeste, hasta más allá de la cordillera andina, exiliado ‘en Chile y a pie’, donde asiló su tristeza.

Luchó a la par de Quiroga por el amparo constitucional del pueblo, y luchó contra Rosas cuando se tronchó la gran esperanza con el crimen de Barranca Yaco. Y luchó también -he aquí su culpa para algunos- contra los que derrocaron y sucedieron a Rosas, deslumbrados por las luces de Europa en olvido de la naturaleza nuestra, de nuestros ríos, nuestras selvas, llanuras y cordilleras: en olvido del alma criolla, ruda, grande, que formó en las filas delanteras de la epopeya nativa.

Ángel Vicente Peñaloza no fue un general afortunado, ni un expositor de ideas, ni de planes constitucionales, lo destacan con fruición sus panfletistas. ¿Por qué, pues, el hecho de su recuerdo cariñoso, devoto y agradecido? Peñaloza no escribió libros de historia ni memorias; no participó en el brillo de los congresos ni ocupo sillones ni bancas de preeminencias. ¿Cómo explicar, pues, su auténtica gloria póstuma? He aquí el secreto de las leyes históricas y psicológicas que confunde a quienes ignoran la armonía profunda de la tierra y de los hombres.

Es que estamos en presencia de la autenticidad del heroísmo, en el concepto heleno y emersiano. Ante un héroe plasmado con sangre y tierra riojanas, con aspiraciones, dolores e ideales y esperanzas de la patria, a la que sirvió y de la que fue levadura de sus instituciones básicas. De un abanderado, condensador y guía de instintos y de ideas; de fuerza y de voluntad; de un alto e indiscutible representante de las necesidades de su época, que expresaba, con reciedumbre, las fuerzas se la tierra en su más señalada expresión telúrica.

Desde el punto de vista social y humano, la figura del Chacho adquiere dimensiones extraordinarias por el sentido profundamente humano de su vida sincera y noble, leal y desinteresada. Pese a su analfabetismo, fue el Chacho eminentemente democrático. No acumuló riquezas ni se impuso por la violencia, aun con su propia tropa. Fue un hombre que rechazó todo acto de represión, de castigo, de humillación y de vasallaje. No mató prisioneros ni desahogó instintos, depredando o vengándose del enemigo en sus familiares y hogares, como era común en su época. Este adalid de los llaneros, moralmente digno, con mucho de patriarca y de férvido patriota, encarnó para sus contemporáneos, una causa profundamente arraigada en la conciencia de las multitudes. Durante cuarenta años, puso a su vocación de lucha al servicio de su idea-sentimiento y dio testimonio de ello en la inmolación de su propia vida.

Hay un hecho, entre otros, que lo singulariza y define. Fue en el caserío de la Banderita. Lo atestiguan documentos oficiales. Ante su palabra criolla, franca, categórica, que reclamaba la devolución de ‘sus muchachos’ -pues él- como dijimos, entregaba sanos y salvos, sin faltar uno, sus prisioneros de guerra, tartamudeó la voz del adversario, quien no supo dar razones, pues sin piedad los había fusilado a todos... El asombro y el dolor anublaron el alma grande y los ojos azules del Chacho y con estoicismo de buena ley, sólo dijo: “Está bien...lo comprendo, señores...”

Indudablemente, el juicio histórico sobre Peñaloza fue muy poco serio. Pero ya el tiempo, supremo decantador de valores, le dio un sitial de privilegio en el seno augusto de la historia. En 1963 cumplió cien años jubilares, el recordarse su martirio en Olta. Se le han hecho justicia. Se han rectificado las falsedades escritas en su contra. Por eso, su nombre, no sólo en los Llanos, sino en la Patria toda, es clarín que suena a gloria.

¡Chacho Peñaloza! Galope en la llanura, torrente en las montañas, consejo, providencia y lucha en los ámbitos de La Rioja y de la patria, esperanza alerta, muda tristeza en el destierro, centinela de la libertad y mártir de Olta... Bien estás en tu calidad de numen, presidiendo, en figura y espíritu, al pueblo riojano, hoy, mañana y siempre.

Artículo escrito por R. E. Pusineri para el diario La Capital, Rosario, 13 de marzo de 1983.