sábado, 12 de enero de 2019

Retrato de un Héroe Criollo: Ángel Vicente Peñaloza



“Pocos habrá, quizá,  que conozcan una existencia extraordinaria, como la de este caudillo valiente, generoso y caballeresco, que ha sido actor en las escenas más notables  del drama de nuestras luchas civiles (…)
         Peñaloza, puede decirse muy bien, que ha sido durante su azarosa vida, una propiedad de la Patria y sus amigos. Era una de aquellas almas inspiradas sólo en el bien de los demás, uno de aquellos corazones que no conocen jamás el odio, el rencor, la venganza ni el miedo.”       (José Hernández)

         La provincia de La Rioja tiene dos hijos de inconfundible personalidad, de contextura moral extraordinaria, de abnegada actuación, con trascendencia nacional, de genuina representación de la idiosincrasia y características del ambiente, a quienes no falta, para la grandeza de su consagración póstuma, ni siquiera el sello de la tragedia: nos referimos al brigadier general don Juan Facundo Quiroga y al general don Ángel Vicente Peñaloza.

Cuenta Valdés, en sus “Tradiciones riojanas”, que Peñaloza, más conocido por el apodo de El Chacho, con que ha pasado a la historia, era un joven sin ninguna instrucción, pero simpático y bonachón. Su natural buena inclinación y los consejos -y más que éstos, los altos ejemplos de virtud que le dio su tío, el cura Peñaloza- formaron en él una conciencia recta y honrada. Los acontecimientos de la época lo sacaron de la vida tranquila que llevaba en aquel oscuro y casi desconocido rincón de su nacimiento -Guaja, pequeña población de los Llanos, donde viera la luz en 1798- y lo arrojaron a la carrera de las armas, con gran pesar de su tío, que quería para él la del sacerdocio.

Valiente sin petulancia, generoso hasta la prodigalidad, pronto se vio rodeado de amigos agradecidos que lo querían y respetaban, como al Dios tutelar de sus lares. Prudente y ecuánime, intervenía como conciliador en las rencillas de sus vecinos, poniendo término a sus diferencias y conformando -muchas veces a su costa- a una de sus partes, con una compensación muy superior al valor de lo que se pretendía. Discreto y reservado, hablaba muy poco y sólo cuando era necesario. Y fue tal su ascendiente en aquellas comarcas de su primera figuración, que su opinión era ley que debía observarse y su consejo fallo que debía ejecutarse. Con profunda atención y admirable paciencia, escuchaba las razones que los contendientes le presentaban; y al cabo de un rato de meditación, con la vista fija en el suelo, donde había estado dibujando numerosas marcas o haciendo garabatos (sin importancia ni relación con la cuestión), levantaba los ojos, miraba tranquilamente a uno y a otro litigante y decía: “Se me hace que esto debe ser así...”

Y había tal lógica en aquellas pocas y sencillas palabras, tal fondo de verdad y justicia, que no era dable rectificarlas. Es que en esta manifestación de parecer que exponía El Chacho, en el idioma propio del paisano, no campeaba el formulismo del juez de paz y la verdad convencía a los litigantes.

Peñaloza fue uno de los hombres de Quiroga. Fue su ayudante. Y le acompañó en sus más bravas campañas. En La Tablada, arremetió a la artillería de Paz y salió entre el humo de la pólvora con un cañón enlazado. Con Quiroga labró su perfil heroico. De él tomo su táctica, la de las marchas asombrosas y los ataques sorpresivos. Pero nada de arrebatos ni furores. En esto, fue su antítesis.

Con la muerte de Quiroga, Peñaloza quedó con entera libertad de obrar a su antojo. Su calidad de segundo jefe lo puso al frente del ejército que aquel organizara; de modo que tenía a su disposición y bajo sus inmediatas órdenes toda la fuerza armada de la provincia. Por otra parte, no había autoridad superior a la suya, porque su antecesor dio a entender a las creadas por él, que nada debía hacerse sin llevar el sello de su suprema aprobación y este precedente regía. Bien pudo, pues, el Chacho, continuar este orden de cosas, pero sentía en su alma los ecos de una dolorosa experiencia que le advertía la necesidad de reaccionar y cedió a ellos, cambiando el rumbo de la política imperante.

De tal forma, el Chacho -llamémoslo así, con el nombre familiar y querido por el pueblo- representó, por su bondad ingénita, por su estoicismo, por su honradez y su lealtad, las virtudes tradicionales del medio riojano, sin que pueda imputársele, en toda su larga actuación, un solo acto que disminuya la jerarquía y pureza de sus sentimientos. Pasajes recogidos por sus propios adversarios y vivos en los documentos, en el recuerdo y en la emoción del pueblo -como el tratado de la Banderita- bastara consagrar su vida y ofrecerla cono ejemplo de generosidad y de humanidad. Sabemos que no quería nada para sí: todo era para su tropa y para sus amigos, ‘los muchachos’, que lo acompañaban y de los cuales consiguió el asombroso prodigio de reunir diez mil hombres que lo seguían, sin preguntarle jamás dónde los llevaba ni contra quién; y que al carecer de artillería, fabricaban cañones de cuero y madera, que servían con piedra en lugar de metralla...

Evocamos hoy al héroe llanista como colaborador y continuador de la obra federalista de Quiroga, llevando su abnegación y su sinceridad hasta el sacrificio de Olta, para poner término a la cruenta guerra civil.

Lo evocamos en su figura severa y mansa, con sus ojos azules, profundos y penetrantes, y la frente abierta bajo el remolino de los cabellos entrecanos, como agitados por soplos de tempestades y en parte aprisionados por la vincha de los galopes heroicos.

Lo seguimos en su carrera fantástica, cuando el viento fresco de la mañana crepitaba en el fleco de su poncho y el rocío del alba ponía brillazones de plata en el casco de su caballería gaucha; lo seguimos en su galopar legendario por los Llanos de la Rioja, desde Atiles, desde Malanzan, por todos los caminos del noroeste, hasta más allá de la cordillera andina, exiliado ‘en Chile y a pie’, donde asiló su tristeza.

Luchó a la par de Quiroga por el amparo constitucional del pueblo, y luchó contra Rosas cuando se tronchó la gran esperanza con el crimen de Barranca Yaco. Y luchó también -he aquí su culpa para algunos- contra los que derrocaron y sucedieron a Rosas, deslumbrados por las luces de Europa en olvido de la naturaleza nuestra, de nuestros ríos, nuestras selvas, llanuras y cordilleras: en olvido del alma criolla, ruda, grande, que formó en las filas delanteras de la epopeya nativa.

Ángel Vicente Peñaloza no fue un general afortunado, ni un expositor de ideas, ni de planes constitucionales, lo destacan con fruición sus panfletistas. ¿Por qué, pues, el hecho de su recuerdo cariñoso, devoto y agradecido? Peñaloza no escribió libros de historia ni memorias; no participó en el brillo de los congresos ni ocupo sillones ni bancas de preeminencias. ¿Cómo explicar, pues, su auténtica gloria póstuma? He aquí el secreto de las leyes históricas y psicológicas que confunde a quienes ignoran la armonía profunda de la tierra y de los hombres.

Es que estamos en presencia de la autenticidad del heroísmo, en el concepto heleno y emersiano. Ante un héroe plasmado con sangre y tierra riojanas, con aspiraciones, dolores e ideales y esperanzas de la patria, a la que sirvió y de la que fue levadura de sus instituciones básicas. De un abanderado, condensador y guía de instintos y de ideas; de fuerza y de voluntad; de un alto e indiscutible representante de las necesidades de su época, que expresaba, con reciedumbre, las fuerzas se la tierra en su más señalada expresión telúrica.

Desde el punto de vista social y humano, la figura del Chacho adquiere dimensiones extraordinarias por el sentido profundamente humano de su vida sincera y noble, leal y desinteresada. Pese a su analfabetismo, fue el Chacho eminentemente democrático. No acumuló riquezas ni se impuso por la violencia, aun con su propia tropa. Fue un hombre que rechazó todo acto de represión, de castigo, de humillación y de vasallaje. No mató prisioneros ni desahogó instintos, depredando o vengándose del enemigo en sus familiares y hogares, como era común en su época. Este adalid de los llaneros, moralmente digno, con mucho de patriarca y de férvido patriota, encarnó para sus contemporáneos, una causa profundamente arraigada en la conciencia de las multitudes. Durante cuarenta años, puso a su vocación de lucha al servicio de su idea-sentimiento y dio testimonio de ello en la inmolación de su propia vida.

Hay un hecho, entre otros, que lo singulariza y define. Fue en el caserío de la Banderita. Lo atestiguan documentos oficiales. Ante su palabra criolla, franca, categórica, que reclamaba la devolución de ‘sus muchachos’ -pues él- como dijimos, entregaba sanos y salvos, sin faltar uno, sus prisioneros de guerra, tartamudeó la voz del adversario, quien no supo dar razones, pues sin piedad los había fusilado a todos... El asombro y el dolor anublaron el alma grande y los ojos azules del Chacho y con estoicismo de buena ley, sólo dijo: “Está bien...lo comprendo, señores...”

Indudablemente, el juicio histórico sobre Peñaloza fue muy poco serio. Pero ya el tiempo, supremo decantador de valores, le dio un sitial de privilegio en el seno augusto de la historia. En 1963 cumplió cien años jubilares, el recordarse su martirio en Olta. Se le han hecho justicia. Se han rectificado las falsedades escritas en su contra. Por eso, su nombre, no sólo en los Llanos, sino en la Patria toda, es clarín que suena a gloria.

¡Chacho Peñaloza! Galope en la llanura, torrente en las montañas, consejo, providencia y lucha en los ámbitos de La Rioja y de la patria, esperanza alerta, muda tristeza en el destierro, centinela de la libertad y mártir de Olta... Bien estás en tu calidad de numen, presidiendo, en figura y espíritu, al pueblo riojano, hoy, mañana y siempre.

Artículo escrito por R. E. Pusineri para el diario La Capital, Rosario, 13 de marzo de 1983.




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