lunes, 18 de febrero de 2019

El Alfajor, primitivo cuchillo criollo



El gaucho tuvo muchas armas; entre sus filos hubo un cuchillo que llamaba “alfajor”; así se encontró  hacia fines del 1700; este cuchillo derivaba del alfanje, sable corto y corvo de origen hispano-árabe, cuyo nombre original era al janyar (origen andalusí: "alxánjal" -xanjar significa puñal en árabe-). De ángulo curvo, parecido a la cimitarra y generalmente con filo por sólo un lado, el alfanje entró a España por la influencia musulmana (norafricana) que se dispersó por la Península Ibérica; los bereberes portaban la gumía bajo la faja, de ese cuchillo corvo norafricano deriva el alfanje; alfanjon llamaron los ibéricos al alfanje corto; ya tirando a cuchillo, este “alfajor” tenía filo completo del lado externo y contrafilo del interno, ya en estas pampas empezó a tener sus características propias, y es un ejemplo claro de la influencia árabe en América…

Gumía bereber

Alfanje hispanoárabe

Su posible semejanza con el corvo y su supuesto vínculo gestacional lo observa también don Benjamín Vicuña Mackenna, en su obra "La Guerra del Pacífico" de 1880, aclaración aparte, en mi opinar, tiene el alfajor y el corvo un origen común. "Consiste en una hoja pequeña ligeramente curva como los alfanjes moriscos, y ofrece sobre el puñal recto la ventaja de la defensa, porque en las riñas obra de cierta manera como broquel para parar los golpes. Por su forma es de mucho más difícil manejo que la daga recta, usada por nuestros campesinos del sur, pero los mineros aprenden su esgrima especial que requiere mucha más flexibilidad en la muñeca que vigor en el brazo".

Entonces no es difícil imaginar como este cuchillo conocido también como alfanjon, que en España era el diminutivo de alfanje o también una manera ibérica de llamar al cuchillo con forma de alfanje, muy similar a la gumía árabe y a la jambiya.

Ya Alonso de Ercilla en “la Araucana”, allá por el año 1589, cita en sus versos como los españoles portaban cuchillos alfanjados.

En el Canto IX, por ejemplo, se lee la alusión a los cuchillos curvos de la siguiente manera:

“También Angol, soberbio y esforzado,
su corvo y gran cuchillo en torno esgrime
hiere al joven Diego Oro y del pesado
golpe en la dura tierra el cuerpo imprime;
pero en esta sazón Juan de Alvarado
la furia de una punta le reprime,
que al tiempo que el furioso alfanje alzaba
por debajo del brazo le calaba.”

En el Canto X reaparece una asociación del cuchillo curvo, esta vez con relación al alfanje:

“Caupolicán, que estaba por juez puesto
mostrándose imparcial, discretamente
la furia de Orompello aplaca presto
con sabrosas palabras blandamente;
a así, no se altercando más sobre esto,
conforme a la postura, justamente,
a Leucotón, por más aventajado,
le fue ceñido el corvo alfanje al lado.”

En el Canto XXIX, aparece como arma asociada al alfanje:

“Las robustas personas adornadas
de fuertes petos dobles relevados,
escarcelas, brazales y celadas,
hasta el empeine de los pies armados;
mazas cortas de acero barreadas,
gruesos escudos de metal herrados,
y al lado izquierdo cada cual ceñido
un corvo y ancho alfanje guarnecido.”

Ahora más cerca a nuestras tierras, y a nuestros criollos, ya el alfajor aparece en escena; en la república oriental, allá por el año 1872, el escritor uruguayo Antonio Dionisio Lussich Griffo, hombre que cultivó la literatura gauchesca, pone en boca del gaucho Centurión en “Los tres gauchos orientales” los siguientes versos:

“Tengo en el dedo un anillo
de una cola de peludo,
pa peliar soy corajudo
y ande quiera desencillo
le enseño al gaucho más pillo
de cualquier modo a chuzíar,
y al mejor he de cortar
si se descuida un poquito,
le he de enterrar yo tuitito
mi alfajor hasta pasar.”

Y si nuestros gauchos vistearon con alfajor, obviamente también Juan Moreira, donde en la obra de Eduardo Gutiérrez (1878-1880), el protagonista dice: “En cuanto se ponga delante de mí lo voy a ensartar en el alfajor como quien ensarta en el asador un costillar de carnero flaco”

Ejemplares de estas armas hay en museos, con su respectiva historia y modelos, como por ejemplo en la leyenda presente bajo un cuchillo corvo que se encuentra en el Museo Polifacético Rocsen, de Cordoba, Argentina, que en referencia a la vestimenta del gaucho colonial, dice:  "...su arma era un cuchillo, al que llamaba alfajor, que calzaba adelante, en la cintura; esta denominación deriva de alfanje, una especie de sable corto y curvo, con un filo solamente por un lado, y por los dos en la punta; también usó un cuchillo largo y recto que llamó faca, de origen andaluz, y del cual deriva más adelante otro de hoja más ancha llamado facón..."

Fuentes de consulta:

Jorge Emilio Prina, Esgrima criolla, armas gauchas y otras yerbas, 2ª Edición, 2018.
Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, , Juan A. Alsina editor, Buenos Aires, 1890.
Antonio Dionisio Lussich Griffo, Los tres gauchos orientales (Imprenta de La Tribuna, 1872)
Eduardo Gutiérrez, Juan Moreira / 1880, Buenos Aires, N.Tommasi Editor.
Federico Corriente, Gramática Árabe.
Benjamín Vicuña Mackenna, "La Guerra del Pacífico" de 1880
Antonio de Ercilla, la araucana
Museo Polifacético Rocsen, Nono, Córdoba, Argentina.
Museo de Ciencias Naturales de La Plata.
Archivo Historico de La Provincia de Bs As.
http://moriscosygauchos.blogspot.com.ar/
www.esgrimaantigua.com
www.urbatoriom.blogspot.com

viernes, 15 de febrero de 2019

Retrato de Juan Moreira, por Eduardo Gutiérrez



Juan Moreira es uno de esos seres que pisan el teatro de la vida con el destino de la celebridad; es de aquellos hombres que, cualquiera que sea la senda social por donde el destino encamine sus pisadas, vienen a la vida poderosamente tallados en bronce.

Moreira no ha sido el gaucho cobarde encenagado en el crimen, con el sentido moral completamente pervertido. No ha sido el gaucho asesino que se complace en dar una puñalada y que goza de una manera inmensa viendo saltar la entraña ajena desgarrada por el puñal. No; Moreira era como la generalidad de nuestros gauchos; dotado de un alma fuerte y un corazón generoso, pero que lanzado en las sendas nobles, por ejemplo, al frente de un regimiento de caballería, hubiera sido una gloria patria; y que empujado a la pendiente del crimen, no reconoció límites a sus instintos salvajes despertados por el odio y la saña con que se le persiguió.

Moreira sabía que peleando defendía su vida amenazada de muerte, y peleaba de una manera frenética, y haciendo lujo de un valor casi sobrehumano. Moreira tenía los sentimientos tiernos e hidalgos que acompañan siempre al hombre realmente bravo.

Educado y bien dirigido, cultivadas con esmero su propensión guerrera y su astucia, inherente a la mayor parte de nuestros gauchos, ya lo hemos dicho, hubiera hecho una figura gloriosa.

Hasta la edad de treinta años fue un hombre trabajador y generalmente apreciado en el partido de Matanzas, donde habitó hasta aquella edad, cuidando unas ovejas y unos animales vacunos, que constituían su pequeña fortuna.

Domador consumado, se ocupaba en amansar aquellos potros que, por indomables, llevaban a su puesto con aquel objeto.

No concurría a las pulperías sino en los días de carreras en que iba a ellas montado sobre un magnífico caballo parejero, aperado con ese lujo del gaucho que reconcentra toda su vanidad en las prendas con que adorna su caballo en los días de paseo.

Nunca se le había visto beber con exceso, ni andando en aquellas fatales parrandas de los gauchos donde nacen las peleas que terminan generalmente enterrando un cadáver más en el cementerio y proporcionando una nueva alta a los cuerpos de caballería que guarnecen las fronteras, cuerpos de línea que guardan las leyendas más tristes de pobres gauchos enviados allí con el pretexto de ser vagos y no tener hogar conocido.

Pero dejemos aquellas fúnebres historias, de que algún día nos ocuparemos, y volvamos a Juan Moreira.

Si alguna vez se le vio desnudar su daga y guardarla en la cintura sucia de sangre, era cuando mezclado a la guardia nacional salía en persecución de alguna invasión de indios que hubiera venido a los partidos vecinos.

En esos días en que los buenos guardias nacionales abandonaban el lazo y la marca para seguir al comandante militar del partido, Moreira se presentaba montado en su mejor caballo, llevando de tiro a su soberbio parejero.

En el combate se lucía, en la persecución siempre salía adelante en alas de su caballo que parecía volar, y concluido el combate y derrotada la indiada, regresaba a su puesto sin pedir la menor recompensa, apreciando lo que acababa de hacer como el cumplimiento de una obligación ineludible.

En ese género de correrías se había conquistado el nombre de El Guapo , con que lo distinguían aun fuera de su pago, llegando sus compañeros hasta no considerar eficaz una persecución a los indios si en ella no había tomado parte el amigo Moreira.

Moreira vivía casado con una paisanita, hija de un honrado vecino de su mismo partido, y tenía de ella un hijito que constituía toda su aspiración y todo su haber en el mundo, fuera de su mujer, a quien quería con idolatría.

Jamás se alejaba a las persecuciones de indios, sin estrechar en sus brazos al pequeño Juan Moreira, a quien llamaba mi crédito, y últimamente lo llevaba consigo a todos sus paseos, ya a las cabezadas de su lujoso apero, ya a su lado, gauchamente montado sobre un peticito que domara expresamente para él y en cuyas prendas figuraban los más bellos trenzados de tiento de potro que salían de sus manos primorosas para este género de trabajos.

Moreira poseía una tropa de carretas, que era su capital más productivo y en la que traía a la estación del tren inmediata grandes acopios de frutos del país, que se le confiaban conociendo su honradez acrisolada.

Allá en sus pagos y años atrás, él había sido también una especie de trovador romancesco.

Dotado de una hermosa voz, solía templar su guitarra, llena de incrustaciones de nácar, en algún baile de amigos, y echar un par de tiernas y amorosas décimas, con ese sentimiento delicado de que está dotado nuestro gaucho payador, sentimiento que se ve rebosar en su cara inteligente y que da a su canto una modulación rara y quejumbrosa y que llega hasta el fondo del alma.
Cuando un gaucho canta un triste parece que vertiera él todo un compendio de desventuras.

Su rostro moreno se baña de una intensa palidez; su voz tiembla; brilla su pupila humedecida por una lágrima; los dedos con que oprime la cuerda sobre el diapasón parece que quisieran encarnar en ella todo lo que siente; la guitarra gime de un modo particular, y el que escucha se siente dominado por un éxtasis arrobador.

El gaucho trovador de nuestra pampa, el verdadero trovador, el Santos Vega, en fin, cantando una décima amorosa, es algo sublime, algo de otro mundo, que arrastra en su canto, completamente dominado, a nuestro espíritu.

¡Es una gran raza la raza de nuestros gauchos! Todos ellos están dotados de un poderoso sentimiento artístico.

Tocan la guitarra por intuición, sin tener la más remota idea de lo que es la música, y cantan con la misma ternura que improvisan sus huellas , llegando, como Santos Vega, a construir esta sublimidad:

De terciopelo negro
tengo cortinas,
para enlutar mi cama
si tú me olvidas.

Y el sentimiento artístico estaba poderosamente desarrollado en Moreira.

Cuando preludiaba la guitarra, la asamblea enmudecía, y cuando de su poderosa garganta partía, como un quejido, una trova, las paisanas se sentían atraídas y los hombres se conmovían.

Hemos hablado una sola vez con Moreira, el año (18)74, y el timbre de su voz ha quedado grabado en nuestra memoria.

Cuando hablamos con él, entonces Moreira estaba tachado de bandido y su fama recorría los pueblos de nuestra campaña.

Y había sin embargo en el conjunto de su arrogante apostura tanta nobleza, tal sello de simpática bravura, que uno se hacía en su pensamiento esta fuerte conclusión: es imposible que este hombre sea un bandido.

No había en su semblante una sola línea innoble, su continente era marcial y esbelto, y hablaba con un acento profundo de ternura, bañando, por decirlo así, el semblante de su interlocutor con la intensa y suavísima mirada que brotaba de su pupila de terciopelo.

Era una cabeza estatuaria colocada en un tronco escultural.

Entonces Moreira tenía apenas treinta y cuatro años.

Era alto y regularmente grueso, vestía, con lujo pintoresco, el traje nacional, que llevaba con una desenvoltura y una arrogancia notable.

Su hermosa cabeza estaba adornada de una tupida cabellera negra, cuyos magníficos rizos caían divididos sobre sus hombros; usaba la barba entera, barba magnífica y sedosa que descendía hasta el pecho, sombreando graciosamente una boca algo gruesa donde se hallaba eternamente dibujada una sonrisa de suprema amargura.

Sus más hermosas facciones eran los ojos y la nariz: los primeros iluminaban su semblante atrayente, dándole una expresión inteligente y altiva; la segunda, ligeramente aguileña, contribuía a aquella expresión de simpática bravura que dominaba en aquel semblante.

Vestía entonces un chiripá de paño negro sujeto a la cintura por un tirador cubierto de monedas de plata, que le servía para oprimir su estómago algo saliente.

De este tirador pendían por la parte de adelante dos brillantes trabucos de bronce, y sujetaba sobre el vacío, al alcance de la mano derecha, una daga lujosamente engastada.

El aseo de su ropa, que se veía en su blanquísima camisa y en el prolijo cribo del calzoncillo, era notable.

Su traje estaba completado por una bota militar flamante, adornada con espuelas de plata, un saco de paño negro, un pañuelo de seda graciosamente enrollado al cuello, y un sombrero de anchas alas.

En su mano derecha, pendiente de la muñeca, se veía un látigo de plata, de los llamados brasileros; en el dedo meñique usaba un brillante de gran valor, y sobre su pecho, cayendo hasta uno de los bolsillitos del tirador, brillaba una gruesa cadena de oro que sujetaba un reloj remontoir.

Este era Juan Moreira, cuyos hechos han pasado a ser el tema de las canciones gauchas, y cuyas acciones nobles se cantan tristemente al melancólico acompañamiento de la guitarra.

¿Qué motivo poderoso, qué fuerza fatal fue la que empujó por la pendiente del crimen a un hombre nacido con todas las condiciones de un bello espíritu, y que hasta la edad de treinta años fue un ejemplo de moral y de virtudes?

Tomemos su vida diez años atrás y encontraremos la razón de la conducta que observó Moreira en el último tercio de su vida.

Hemos hecho un viaje expreso a recoger datos en los partidos que este gaucho habitó primero y aterrorizó después, sin encontrar en su vida una acción cobarde que arroje una sola sombra sobre lo atrayente de la relación que emprendemos.

Era una especie de judío errante que combatía eternamente, disputando a la justicia su cabeza, porque sabía que entregarse era morir irremediablemente y porque en su insolente orgullo había dicho y repetido que no existía una partida de policía suficientemente fuerte para prenderlo.

La gran causa de la inmensa criminalidad en la campaña está en nuestras autoridades excepcionales.

El gaucho habitante de nuestra pampa tiene dos caminos forzosos para elegir: uno es el camino del crimen, por las razones que expondremos; otro es el camino de los cuerpos de línea, que le ofrecen su puesto de carne de cañón.

El gaucho, en el estado de criminal abandono en que vive, está privado de todos los derechos del ciudadano y del hombre; sobre su cabeza está eternamente levantado el sable del comandante militar y de la partida de plaza a quien no puede resistirse, porque entonces, para castigarlo, habrá siempre un cuerpo de línea.

Ve para sí cerrados todos los caminos del honor y del trabajo, porque lleva sobre su frente este terrible anatema: hijo del país.

En la estancia, como en el puesto, prefieren al suyo el trabajo del extranjero, porque el hacendado que tiene peones del país está expuesto a quedarse sin ellos cuando se moviliza la guardia nacional, o cuando son arriados como carneros a una campaña electoral.

El gaucho viene a ser un paria en su propia tierra, que no sirve para otra cosa que para votar en las elecciones con el juez de paz o el comandante, o para engrosar las filas de los regimientos de línea, a que tiene horror.

¡Y que tiene razón de sentir aquel horror a los cuerpos de línea! El gaucho marcha a la frontera, enviado por vago (no encuentra trabajo), por falta de papeleta (no votó con el comandante, sino con su patrón), o simplemente porque su mujer es una paisanita hermosa y codiciada.

Va a la frontera con una barra de grillos en los pies, como si fuera un criminal miserable; allí sufre durante dos años de desnudez, el hambre y los horribles tratos de un cuerpo de línea, pudiéndose dar por feliz si al cabo de este tiempo puede obtener su cédula de baja.

El gaucho vuelve a su pago, creyendo olvidar sus sufrimientos en la tranquilidad de su rancho y al lado de su mujer y sus hijos, pero es precisamente allí, en su rancho, donde le espera la desventura, el dolor y la vergüenza.

Sus caballos y sus animalitos se los han repartido como botín de guerra los que han saqueado su rancho; su mujer, sitiada por hambre, vive con el mismo alcalde o teniente alcalde que lo envió a la frontera, engrillado, con este solo objeto, y sus hijitos, sus pobres hijitos, han sido regalados a diferentes familias a quienes servirán de criados sabe Dios hasta cuándo.

El dolor rebosa en su alma al contemplar este cuadro de desolación y dolor supremo, su corazón absorbe todo el veneno que tanta maldad ha derramado en él, y el gaucho se lanza al camino lleno de odio y ansioso de venganza.

Entonces es puesto fuera de la ley que para él no existió nunca, y condenado a pelear en el campo para defender su cabeza que codicia la partida de plaza, con la que pelea hasta morir, porque sabe que una vez rendido será inmediatamente muerto por haberse resistido a la autoridad, o por cualquier otro pretexto.

El alcalde teme que el gaucho venga una noche a cobrarle con su puñal la cuenta de sus desventuras, y quiere deshacerse de él a todo trance para librarse de aquella venganza, tardía a veces, pero segura siempre.

Aquel hombre tiene que vivir huyendo como un bandido; tiene que robar para llenar las necesidades de la vida; empieza por matar defendiendo su cabeza y concluye por matar por costumbre y por placer, porque la vida errante le ha hecho contraer el vicio de la bebida y los que acompañan a este o son engendradas por él.

He aquí por qué este hombre de hermosísimas prendas de carácter, dotado de una inteligencia natural y de un corazón de raro temple, se lanza a la senda del crimen, que recorre paso a paso, hasta sucumbir como Moreira, combatiendo contra una partida de gendarmes ayudados por la tropa, que ha ido directamente a matarlo, o caer entre las manos de la justicia, cuando el sueño y la fatiga lo han rendido, como Julián Andrade.

¿Tenemos nosotros derecho para condenar a este criminal con todo el peso de la ley? Y sin embargo nuestros presidios están llenos de estos tipos que habían nacido para todo, menos para asesinos y bandidos, a quienes se aplica la última pena, que sufren con una serenidad hermosa y un valor inquebrantable.

He aquí la existencia de nuestro gaucho, narrada a grandes rasgos, pero con una exactitud innegable.

lunes, 4 de febrero de 2019

Breve aproximación a los maragatos



Como ya hemos apuntado anteriormente, el biotipo gaucho no ha sido históricamente una entidad restringida únicamente al ámbito de la Argentina, sino de la América en general, y de su origen moruno también da testimonio la migración de un pueblo particular que cumplirá un rol fundamental en la historia no sólo de Argentina, sino también del Brasil y el Uruguay: los Maragatos.

En el capítulo II, página 28, del libro 'El Payador', haciendo referencia a la llegada del español a nuestras costas sudamericanas, el escritor argentino Leopoldo Lugones dice: "...o intentaron quedarse como la chusma de Egipto, sin conseguirlo más que sobre la desierta costa atlántica, en las cuevas del Carmen de Patagones". Ahora bien, ¿quién es esta 'chusma' egipcia que quiso el destino se asentara en Carmen de Patagones?

A sesenta kilómetros al sur de Asyut, en Egipto, a mitad de camino entre las localidades de Tahta y Suhaj, se encuentra la población de al-Maraghat (en árabe: caverna, gruta). A principios del siglo VIII, un grupo de ciudadanos maragatos se sumaron al contingente de 18 mil hombres que Musa Ibn Nusair (640-714), gobernador del califato Omeya en el Norte de África, llevó a la Península Ibérica hacia 712 para consolidar las posiciones que su lugarteniente bereber Tariq Ibn Ziyad había conseguido el año anterior (de aquí que el antropólogo español Dr. Aragón y Escacena, en su obra 'Estudio antropológico del pueblo maragato' -Madrid, 1902-, considere a los maragatos descendientes de una inmigración berberisca).

Desde un principio los maragatos se asentaron en la provincia ibérica de León, en un área montañosa que sería llamada La Maragatería, situada en la zona central de la provincia hacia el suroeste de la ciudad de León. Hacia fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, llegan al Río de la Plata numerosas familias de maragatos de León procedentes del puerto de La Coruña, y otras tantas procedentes de los Azores. Los maragatos serán los pobladores pioneros de los Establecimientos Patagónicos, fundando las poblaciones argentinas de Carmen de Patagones (la ciudad más austral de Buenos Aires), Mercedes de Patagones (actual Viedma), San Julian y Puerto Deseado. De ésta última población, otros grupos de maragatos se dirigieron hacia la Banda Oriental, fundando allí la ciudad de San José de Mayo, en el actual territorio de Uruguay. Por esta razón es que los actuales pobladores de San José de Mayo y su entorno, así como los de Carmen de Patagones, suelen recibir el gentilicio de 'maragatos', aún cuando tengan otros orígenes. Ya a fines del siglo XVIII serán identificados con los gauchos de la región. El tradicionalista y estanciero bonaerense Ronaldo Urruti, investigador de los orígenes andalusíes del gaucho rioplatense, aporta un dato no menor: los maragatos serán los encargados de imponer algunas pilchas gauchas como el calzoncillo cribado (con flecos).

Durante todo el siglo XIX, los maragatos tendrán un rol activo en la política de la región del sur de Brasil.

Río Grande del Sur es uno de los 26 estados que junto al distrito federal componen Brasil. Es. Además, el estado más meridional del país localizándose en la Región Sur de Brasil. El actual territorio de Río Grande del Sur, en tiempos de la colonia, se hallaba comprendido dentro del Virreinato del Río de la Plata, constituyendo el centro y centro-norte de la gran Banda Oriental de las primeras épocas coloniales.

Entre el 20 de septiembre de 1835 y el 1 de marzo de 1845, movilizados por las ansias de libertad e independencia, los maragatos forman parte de las fuerzas gauchas riograndenses en la llamada 'Guerra de los Farrapos', cuyo desenlace fue la proclama como país independiente del Río Grande del Sur. También tuvieron una notable participación en la Revolución Federalista, llamada justamente 'Revolución de los Maragatos', que estalló en Río Grande del Sur en febrero de 1893 contra los recién proclamados Estados Unidos del Brasil que, con el cambio de nombre, fueron la continuación del Imperio del Brasil. La Revolución Federalista contó con la participación de miles de gauchos montoneros brasileños, argentinos y uruguayos. La inestabilidad política llevó a los federalistas a intentar derrocar a las fuerzas leales del presidente estatal Júlio Prates de Castilhos (cuyos seguidores eran llamados 'picapaus' o 'chimangos'), esperando conseguirse nuevamente la autonomía riograndense y la descentralización del estado naciente. Los líderes militares de la Revolución fueron los caudillos nacionalistas Gumersindo Saravia (1852-1894) y Aparicio Saravia (1855-1904).

En su 'Vida de Aparicio Saravia. El gaucho de la libertad', el historiador revisionista argentino Manuel Gálvez nos aporta el siguiente dato esclarecedor: "Popularmente, cada bando ha puesto a su contrario un mote: para los federalistas o revolucionarios, los partidarios del gobierno son los 'picapaos', nombre de un pájaro, y les llaman así porque, como el picapote o carpintero, en el árbol, ellos están siempre 'picando' al pueblo con impuestos y exacciones; y para ellos los federalistas son los 'maragatos'. ¿Dícenles así por haber entre ellos algunos uruguayos de San José, llamados 'maragatos'? En España se da ese nombre a los habitantes de las Hurdes (comarca que se extiende a través de las provincias españolas de Cáceres y Salamanca), a quienes se les cree descendientes puros de los moriscos y muy peleadores" (pág. 62).

Así es que aún en nuestros días, Río Grande del Sur, en Brasil, mantiene una cultura gauchesca prominente. "La singular cultura gauchesca es el sello de Río Grande del Sur, donde los vaqueros de piel tostada rondan las pampas sureñas con su inconfundible sombrero plano y barbijo, pantalones amplios, pañuelo rojo al cuello y botas de cuero", señala la guía turística Insight Guides-Brazil.

Para concluir esta breve reseña haremos mención de un investigador brasileño que ha acreditado la estirpe andalusí del gaúcho del Brasil: Manoelito de Ornellas (1903-1969), etnógrafo y estanciero, que en la década de 1950 escribió varias monografías eruditas probando la herencia morisca en el gaúcho riograndense, por ej.: 'Gaúchos e Beduínos. A origen étnica e a formaçao do Rio Grande du Sul', Río de Janeiro, 1948 y 1956; 'A Filigrana Arabe nas Tradiçoes Gaúchas', Porto Alegre, 1950; 'A cruz e o alfanje. A expansao da cultura árabe', Bahia, 1960.